Los “arrepentidos”

25 septiembre, 2006

En la jerga política del exilio político cubano en Miami la palabra “arrepentido” ha adquirido carta de ciudadanía a modo de etiqueta para descalificar a quienes han decidido por voluntad propia o por determinadas circunstancias romper los vínculos que mantenían con el régimen cubano.

Los que se apresuran en endilgar a otros etiquetas de “arrepentidos” son aquellos que piensan que los seres humanos no deben cambiar nunca y deben seguir siendo fieles a los conceptos o ideas que profesaron en su época de juventud o de temprana madurez.

Quienes juzgan a los demás de manera tan festinada olvidan que ellos mismos han evolucionado a lo largo de su vida y que también, de una manera u otra, han cambiado asumiendo nuevas ideas y rechazando otras.

Criticar a las personas porque en determinado momento de su vida asuman nuevas posturas y abandonen otras como resultado de un proceso lógico y natural de su evolución como ser humano, es querer detener el desarrollo de los seres humanos como especie, es querer imponer una actitud inmovilista contraria a su esencia. Y es tratar de erigirse en nuevos dioses infalibles y sapientes que desde la altura juzgan y deciden en el destino de los dioses. Pero olvidan con demasiada frecuencia aquella máxima antiquísima de “no juzgues si no quieres ser juzgado”, o aquella otra de “que tire la primera piedra quien esté libre de culpa”.

Hay quien se arrepiente de actos pasados y hay quien no lo hace. Hay quien usa el arrepentimiento como fórmula para ser aceptado en otro medio con fines oportunistas. Y hay quien modifica valores y puntos de vista anteriores sin arrepentirse de su posición o postura política anterior. El arrepentimiento es una decisión personal y es el resultado de un análisis detenido ante un comportamiento dado.

Toda esta situación me recuerda la historia del príncipe Sidarta Gautama. Su padre, para que no conociera los dolores de la vida, lo aisló en el palacio rodeándole sólo de lo más bello y placentero. Un día el príncipe decidió conocer qué existía más allá de los muros del palacio y descubrió la pobreza, las enfermedades, los achaques de la vejez, la injusticia. Desde ese momento decidió dedicar su vida a luchar por el mejoramiento de la vida humana y alcanzar estadíos superiores para la existencia. Este hombre se convirtió después en el Buda (el iluminado) y es hoy una figura venerada por millones en todo el mundo. Me pregunto si los “expertos juzgadores de hombres” del exilio político cubano de Miami también le llamarían a Buda (quien primero fue el príncipe Sidarta Gautama) como “arrepentido”?