El hospital que trata a los amputados de la violencia en el mundo árabe.


Hace seis años un grupo de cirujanos abrió una clínica temporal en Jordania, para operar a los iraquíes que no podían ser tratados en su propio país. Sin embargo, debido a la violencia reciente en Libia, Yemen y Siria, la clínica se vio obligada a continuar y expandir sus actividades. Caroline Hawley de la BBC visitó este establecimiento que trata de brindarles a sus pacientes la oportunidad de vivir una vida normal.

Caroline Hawley | BBC
Domingo, 27 de mayo de 2012

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Khitam (a la derecha) estaba jugando en el jardín de su casa en Faluya cuando explotó una bomba destinada a las tropas estadounidenses.

Abdullah Dawoud yace en una cama de hospital. Apenas parpadea cuando la enfermera le retira las suturas alrededor de su ojo artificial.

En 2006, durante un funeral de la familia en Bagdad, una bomba le quitó el lado izquierdo de su rostro y su pierna izquierda. Varios de sus parientes murieron a raíz de la explosión.

Desde entonces ha sido sometido a 25 operaciones. Y sólo tiene 12 años de edad.


“No se queja nunca”, dice la enfermera. “Es muy amable y muy tranquilo”.

Abdullah se encuentra en un ala especial de un hospital de Amman, la capital, en la que un grupo de médicos de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) realiza cirugías reconstructivas de avanzada en las víctimas de la violencia en el Medio Oriente.

La clínica se estableció en 2006 como un proyecto temporal para tratar a los heridos de Irak, cuyas heridas eran demasiado complejas para ser tratadas en el país.

Pero las convulsiones políticas y la inestabilidad en la región en los últimos años obligaron a los médicos a ampliar los alcances del proyecto para lidiar con la creciente demanda.

En los últimos meses, además de iraquíes, llegan al hospital yemeníes, libios, palestinos y sirios.

Vivir después del horror

El hospital es el único en la región que está dispuesto o que tiene la capacidad de tratar a estos pacientes, muchos de los cuales han sobrevivido horrores inimaginables.

“Todos los pacientes tiene algo en común”, dice el cirujano ortopédico Majd el-Rass. “Han sido aterrorizados por explosiones, balas… por la catástrofe. Yo los admiro, son increíbles. Son fuertes”.

La admiración y el respeto que los pacientes y el personal sienten el uno por el otro son palpables.

“El doctor Majd es un héroe”, dice Sa’id, un conductor sirio de 27 años al que le amputaron la pierna, después de que recibió un disparo de un francotirador simpatizante del gobierno el año pasado.

Atemorizado por la situación, Sa¡’d se escondió en una granja durante siete meses -en los que no logró dormir a causa del dolor- hasta que logró escapar del país.

“Si hubiese llegado antes mi pierna se podría haber salvado”, dice.

En otra de las atestadas salas está Abu Husam, un sirio de 43 años que fue arrestado, interrogado y torturado por liderar una manifestación de jóvenes cerca de Deraa, en el sur de Siria.

Como Husam se negó a cumplir con las exigencias de su interrogador que quería que él haga una confesión televisada afirmando que había recibido armas del extranjero, lo castigaron quemándole los pies con carbón caliente y echándole agua hirviendo sobre sus heridas.

También le ataron su pene con bandas elásticas para que no pudiese orinar, lo cual le causó una infección en los riñones.

Husam logró huir más tarde de su país junto a su familia.

Es evidente que sólo los heridos que se pueden movilizar llegan a este hospital en Jordania. Los médicos saben que hay muchos más sirios que pueden llegar a necesitar su ayuda, si es que logran salir del país.

“Desafortunadamente, vamos a estar muy ocupados”, afirma Ashraf al-Bustanji, el cirujano plástico que operó a a Abdullah Dawoud.

Niños sin infancia

Para él y otros doctores, la mayoría de los cuales son iraquíes, lo más duro es ver a los niños amputados.

“No se cómo un niño puede experimentar lo que vivió Abdullah y continuar viviendo. Quedó tan traumatizado, que juro que por un año entero no le escuché la voz”, me dice al-Bustanji. “Pero Abdullah tiene suerte de no haber perdido los dos ojos. Tiene suerte de que todavía puede hablar y caminar”, añade.

Este niño de 12 años camina gracias a una pierna artificial. Todavía no tiene dientes, pero los médicos le reconstruyeron su rostro mediante una compleja operación -poco frecuente en el mundo- en la que utilizaron músculo de su espalda para reconstruir sus labios.

Los niños representan el 10% de los pacientes, y en una habitación del hotel donde se alojan los familiares de los pacientes existe ahora una escuela improvisada para ellos.

Uno de los compañeros de Abullah, que se unió recientemente a la clase es Hussein, un niño de 9 años que tiene la cara y el cuerpo quemados por la explosión de una bomba en Bagdad.

Otro es Kitham un niño de 12 años de Faluya, uno de las ciudades más afectadas por la violencia en Irak, donde miles de niños han sufrido amputaciones en los últimos 10 años.

Khitam resultó herido durante un ataque con bomba contra las tropas estadounidenses. En el momento de la explosión estaba jugando en el jardín de su casa junto a su cuñada.

Todo menos milagros

En ese hospital, médicos y psicólogos tienen la oportunidad de ver a sus pacientes asomarse del encierro en el que se refugiaron después de resultar heridos.

“Al principio algunos no se quieren ir”, explica la psicóloga social Muntaha Mashayekh, quien trabaja con niños y mujeres, muchas de las cuales fueron abandonadas por sus maridos por que sus rostros sufrieron desfiguraciones. “Tenemos que forzarlos a hacer cosas normales”.

Pero lo que no pueden hacer son milagros.

“Los pacientes llegan y depositan grandes esperanzas en nosotros”, dice el cirujano al-Bustanji. “Lo único que podemos hacer es darles un resultado satisfactorio para que puedan volver y, con suerte, convertirse en miembros activos de sus comunidades”. Pero todavía creen que podemos hacer algo extraordinario, y ese no es el caso”.

Sin embargo, para la gran mayoría, el equipo de Médicos sin Fronteras en Jordania es su última esperanza de recibir tratamiento.

“Si este hospital no existiese sería una catástrofe para ellos, dice Majd el-Rass. “Rezo cada día para no recibir heridos. Si no tuviese que hacer otra cirugía, sería muy feliz”, agrega mientras se aleja apurado a examinar al próximo grupo de pacientes.

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Tomado de: BBC Mundo

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