El paseador de almas


Por: Mariana Escobar Roldán |[2012-01-17]

Jesús Torres, mejor conocido como “Chucho Huevo”, tiene un oficio espeluznante: es animero. Cada noviembre recoge las ánimas del purgatorio en el cementerio de un municipio de Antioquia, las pasea, pone al pueblo entero a rezar padrenuestros por ellas y las devuelve a sus tumbas después de la media noche.

La figura del animero surge hacia el siglo XVI en el suroeste de España, cuando se formó la primera Hermandad de Ánimas, un grupo de católicos que recogía limosnas para las misas de los difuntos, con el fin de evitarles o acortarles las penas del Purgatorio. Se denominaban Cofradías de Ánimas o Animeros.

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El paseador de almas


Durante la Inquisición fueron perseguidos. Los monjes capuchinos los denominaban  malvada raza de animeros y consideraban su saber como errático y repleto de falsas creencias.

En Antioquia esta tradición tuvo fuerte arraigo en pueblos como Amagá, Ituango y Yolombó, pero en la actualidad solo se conserva en algunos municipios.

En Copacabana, al norte del departamento, todavía hay animero. Su nombre es Jesús Torres, pero desde pequeño lo llaman “Chucho Huevo”,  porque desde los once años se le cayó el pelo y su cabeza quedó con este aspecto.

Desde hace cuarenta años, cada noviembre, mes de las ánimas del purgatorio, las saca a pasear por todo el pueblo. Con una campana de hierro forjado transita por las noches, en compañía de vivos y muertos, y despierta a los que aún duermen para que recen padrenuestros por el descanso de las almas en pena.

El recorrido empieza a las 12 de la noche. “Chucho Huevo” se pone una capa de cuero café con un mensaje inscrito: “Que Dios les dé el descanso eterno” y una calavera blanca dibujada.

Luego se pone un gorro negro que le impide mirar a los lados, ya que según la tradición, los animeros no pueden mirar hacia otro lado que no sea abajo. “Si miro a los lados, al frente o hacia atrás, veo a las ánimas y ellas me privan, y no puedo dejarlas por ahí hasta más de las tres de la mañana porque se vuelven almas malignas”, dijo.

Mientras va tocando la campana, Chucho pronuncia una sola frase decenas de veces: “Un Padre Nuestro por las benditas ánimas del purgatorio. Por amor a Dios” y reza esta oración mil veces por noche.

Un grupo de creyentes va detrás de él acompañándolo con plegarias, sin embargo, nunca faltan los ociosos que se suman al recorrido para hacer chistes.

Y es que en Copacabana, “Chucho Huevo” se ha convertido en un todo un mito. Los niños escuchan horrorizados el sonido de esta campana y saben que detrás del misterioso hombre con capa podría haber una recua de almas en pena que, si se portan mal, como les han dicho sus padres, podrían venir a asustarlos en las noches.

“Chucho Huevo” se inició en esta práctica en 1968, en compañía de sus dos amigos Germán Villa y José Leonardo Bedoya. Diez años después de haber empezado, Germán murió envenenado y José Leonardo de un infarto, pero Chucho Huevo siguió recorriendo las calles de Copacabana, cumpliendo la promesa que les hizo a las almas en pena: “Yo era muy bebedor, entonces les prometí que las iba a sacar todas las noches de noviembre a descansar si me ayudaban a salir del vicio, y como así fue, acá sigo yo haciéndoles el trabajito”, expresó.

Múltiples historias se han gestado alrededor de este personaje. Hay quienes han visto sombras y bultos blancos acompañándolo en las noches, pero él dice que nunca ha visto a las ánimas, aunque revela que cuando va caminando siente su presencia y escucha algunos murmullos extraños.

También, algunos creen que por tocar su capa o ayudársela a poner van a  recibir milagros de las ánimas del purgatorio. Por eso, cada noviembre antes de las 12 de la noche, se forman interminables filas de quienes quieren los milagros.

“Chucho Huevo”  trabajó toda la vida como barrendero de Copacabana, sin embargo, el municipio decidió condecorarlo por su labor y ahora goza de una pensión que le permite practicar deporte, hacer artesanías y escuchar música en el día.

Su única preocupación viene cuando se sienta a pensar qué irá a ser de las ánimas del purgatorio cuando él se muera, pues hasta ahora nadie se ha ofrecido para sucederlo.

“Yo le pido a las ánimas benditas que no me dejen ir para poder volver a donde ellas. Si se acaba la tradición, las ánimas se pueden molestar haciendo ruidos y buscando quién las saque. El último día de noviembre lloro porque no sé si el otro año vaya a estar”, manifestó.

Tomado de: Universidad de La Sabana

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