Rocas imposibles. Escalada en Omán


En la costa norte de Omán un equipo de jóvenes escaladores se mide contra unos acantilados afilados como cuchillos.

Por Mark Synnott, enero de 2014


Desde lo alto del Yabal Letub, Renan Ozturk contempla la rocosa franja de tierra que une la península omaní de Masandam con la Arabia continental – Foto: Jimmy Chin – Panorámica compuesta a partir de tres imágenes – http://www.jimmychin.com

¿Les importa si curioseo un poco?», pregunta Alex a los vecinos del pueblo.

Estamos con un grupo de pescadores frente a una pequeña mezquita en el norte de Omán. Una fila de casas encaladas bordea la playa de guijarros. Detrás del pueblo se yergue un acantilado de 900 metros de altura cuya pared vertical centellea bajo el abrasador sol del mediodía.

«Curiosee cuanto quiera», responde Taha Ab­­dullah Saif Althouri en nombre del grupo.

No hay calles en el pueblo, situado en la cabecera de una profunda ensenada similar a un fiordo en la remota península de Masandam. La única vía de acceso a este lugar es por barco, y así hemos llegado nosotros.

La península, que se adentra en el canal de na­­vegación de petroleros más transitado del mundo, solo dista unos 40 kilómetros de Irán y es uno de los puestos militares más estratégicos del planeta, lo que no obsta para que durante siglos haya sido un territorio inaccesible, casi desconocido y muy poco visitado por extranjeros.

Cuando Alex se aleja, explicamos a los pesca­dores que somos escaladores profesionales en visita de exploración. Los hombres asienten en silencio entre vaharadas de humo de pipa. La montañosa península en la que viven es un in­­­trincado laberinto de bahías y fiordos, llamados khawr (o también khor). Pocos escaladores han tocado sus verticales paredes de caliza. Nosotros supimos de ellas gracias a unos escaladores británicos que visitaron la zona en 2005.

Nuestro equipo consta de seis personas, entre ellas, dos de los mejores escaladores jóvenes del mundo: Alex Honnold, californiano de 28 años que saltó a la fama en 2008 cuando escaló sin cuerda los 600 metros de la cara noroeste del Half Dome de Yosemite, y Hazel Findlay, galesa de 24 años que en 2011 se convirtió en la prime­ra británica que escalaba en libre los 900 metros de pared de El Capitan, también en Yosemite.

Taha nos cuenta que en este pueblo, llamado Sibi, residen unas doce familias que comparten el apellido de Althouri. Viven de la pesca y de pastorear cabras.

De pronto uno de los hombres se detiene en seco, señala hacia el imponente acantilado y empieza a gritar. Alex está escalando el muro de roca 300 metros por encima de nosotros, como una hormiga. Los Althouri están fuera de sí.

«¿Qué dicen?», pregunto a nuestro intérprete.

«Es difícil de explicar –responde–, pero en esencia creen que Alex es un brujo.»

Y no me extraña. Incluso a mí me cuesta creer lo que veo hacer a Alex. Pero también este paisaje es inverosímil: en 28 años de escalada jamás había visto unas formaciones rocosas tan mágicas. Aquí y allá, picos verticales de tierra traspasan el océano como cuchillos.

Por su proximidad al mar estos acantilados son perfectos para practicar el psicobloc, una modalidad de escalada muy especializada que consiste en ascender por una pared hasta el límite de lo posible y a continuación dejarse caer al agua. En teoría parece inofensivo, pero una caída descontrolada puede causar lesiones muy graves e incluso la muerte.

Hemos alquilado un catamarán de 13,50 metros de eslora que nos servirá de campo base móvil. Además de Alex y Hazel, en nuestro equipo están el fotógrafo Jimmy Chin, el cineasta Renan Oz­­turk y el técnico de material de escalada Mikey Schaefer. Uno de los lugares que nos ha parecido perfecto para visitar en barco es As-Salamah, una isla deshabitada del estrecho de Ormuz.

«Está demasiado cerca de Irán», dice nuestro guía, Abdullah Said al-Busaidi, un veterano policía de Mascate, la capital de Omán. A través de la espesa niebla vislumbramos los imponentes perfiles de los petroleros que surcan el estrecho. A su alrededor, decenas de lanchas motoras abarrotadas de contenedores cruzan como flechas.

«Contrabandistas», dice Abdullah.

Las sanciones impuestas a Irán por la ONU se han traducido en carestía de artículos como ta­­baco, frigoríficos y televisores de pantalla plana, así como de alimentos y fármacos. Con Jasab –la ciudad más grande de la región– a una hora de Irán en lancha y a 200 kilómetros de Dubai por autopista, el mercado negro hace aquí su agosto.

«No podemos cazarlos a todos», dice Abdullah, al tiempo que una lancha iraní nos adelanta como una exhalación.

Llegamos a la isla a primera hora de la tarde. Descubrimos que As-Salamah no es más que un farallón gigantesco y que no hay donde echar el ancla, así que arriamos las velas y nos valemos de los dos motores del catamarán para detener la embarcación a poca distancia de la costa.

Sin perder un segundo, Alex y Hazel se calzan los pies de gato, se lanzan al agua y nadan hasta un acantilado donde el océano ha excavado una caverna con un techo arqueado de cinco metros de altura. En cuestión de minutos Alex llega a él y localiza una serie de minúsculas presas a lo largo de una arista de caliza gris oscura. Es exactamente el tipo de reto que Hazel y él estaban buscando, una escalada en la que cada movimiento es más difícil que el anterior. Colgado del revés, agarrado a salientes de la roca del tamaño de una caja de cerillas, Alex afianza los talones de sus zapatillas adherentes en una pequeña presa. Desafiando la gravedad, se suelta de una mano y la alarga hacia la siguiente presa, con lo cual alcanza más o menos la mitad del techo. En ese punto la roca es demasiado lisa para enganchar los talones, de modo que, entre gritos de aliento de Hazel, Alex deja las piernas colgando y se columpia como un chimpancé desde una regleta diminuta a la siguiente.

En el borde del techo Alex descubre una pequeña protuberancia inclinada en la que enganchar el pie derecho. Afianzándose con un brazo, usa el otro para palpar a ciegas la parte superior del borde, en busca de una grieta insignificante en la que inserta los dedos. Sin más posibilidades de avanzar, mira hacia el agua, ocho metros más abajo.

«¡Vamos, Alex!», grita Hazel, animándolo a concluir su nueva ruta. Él intenta izarse por encima del reborde con un gruñido, pero las piernas vuelven a bascular y el escalador se suelta de la roca y salta al agua.

«Odio saltar desde las alturas», dice, volviendo a nado a la pared para intentarlo de nuevo.

Esa noche atracamos en Kumzar, un pueblo en el norte de la península. Más de 2.000 habitantes conforman aquí uno de los asentamientos más antiguos de la región. Las viviendas se apiñan en una hectárea de suelo llano al pie de un imponente barranco de roca viva.

A las cinco de la mañana nos despierta la llamada matutina a la oración, procedente de una mezquita cercana. En media hora se presentan en el muelle una docena de pescadores dispuestos a recoger la captura de la víspera, que han dejado en hielo. La variedad es asombrosa: tiburones, atunes, meros, pargos, jureles.

Los habitantes de Kumzar son una extensa familia con idioma propio, legado de un intercam­­bio cultural cuyos orígenes se pierden en la me­mo­­ria. Los lingüistas ignoran cómo se desarrolló el kumzari, pero saben que está emparentado con el persa y el árabe y que incorpora préstamos del hindi, del portugués y hasta del inglés. Según una teoría los kumzaríes procedían originalmente del territorio continental de la península Arábiga y fueron empujados hasta la punta de la península de Masandam por invasores árabes beduinos en el siglo VII. Otra tesis es que sus ancestros tu­­vieron contacto con marineros naufragados que llegaron a esta tierra, quizás en la Edad Media.

Desde Kumzar zarpamos rumbo al este hacia Fakk al-Asad, un angosto estrecho cuyo nombre –«la boca del león»– alude a los pilares de piedra caliza roja y anaranjada que asoman de los salientes de su entrada y que recuerdan unos colmillos. Alex y Hazel pasan el día escalando uno de los pilares por una vía de 60 metros.

Esa noche fondeamos en la bahía que se abre a los pies de una torre de 150 metros de altura y que bautizamos como «el castillo de arena». A la mañana siguiente, antes de empezar a escalar con Alex y Hazel, propongo que llevemos cuerdas y equipo de seguridad. Como jefe de la expedición, soy responsable de que nadie corra riesgos gratuitos. Los jóvenes escaladores se ríen de mi sugerencia, afirmando que para ellos es poco más que una ruta de senderismo. Aunque me tengo por un joven de 44 años, intentar seguir el ritmo de esta pareja me hace sentir viejo.

En un ascenso anterior en este mismo viaje Alex había subido una pared de 450 metros con la cuerda del equipo en la mochila.

«¡Espera un segundo!», le grité. ¿Y si la necesitábamos los demás?

«No te preocupes –me respondió–. Si veo que hace falta que nos encordemos, ya pararé.»

Me molesta que a ninguno de los dos parezca importarles demasiado que a mí no me apetezca escalar sin cuerda. Como padre de tres hijos, siento una sana preocupación por mi integridad.

«No tendrás problema», me grita Alex desde las alturas un segundo antes de desaparecer con Hazel de mi vista.

En esta zona la roca es muy precaria; como dicen los escaladores: descompuesta. Agarrado a la pared vertical, compruebo la seguridad de cada presa golpeándola con la base de la mano. A veces la roca suena a hueco o incluso se mueve, y entonces evito ese punto. Cuando miro hacia abajo, entre las piernas veo el catamarán en la bahía, muchos metros más abajo. Los últimos seis metros se convierten en el tramo más difícil, una pared escarpada y quebradiza que conduce a un pináculo minúsculo, tan estrecho que tenemos que turnarnos para coronarlo.

«¿Ves como sigues vivo?», me dice Hazel chocándome los cinco cuando me dejo caer en una cornisa junto a Alex y ella, agotado y con los nervios destrozados. A nuestros pies los dedos garrudos de la península de Masandam relucen anaranjados bajo el sol crepuscular. Al admirar el sinuoso litoral, que se complica en todas direcciones, estamos observando vías de escalada suficientes para toda una vida.

Cuando me giro hacia mis jóvenes compañeros para saber qué piensan, descubro que ya han recogido los bártulos. Para ellos ya ha pasado el momento. «Vámonos –dice Alex con impaciencia–. Si nos damos prisa, aún podemos completar otra vía antes de que anochezca.»

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Tomado de: National Geographic

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