Lo que trajeron consigo. El legado de exploradores y científicos


En el libro de la exploración, el hallazgo de un espécimen es solo el primer capítulo. El resto de la historia se hilvana en los almacenes ocultos de los museos, donde se describen, etiquetan y catalogan las reveladoras piezas empleadas en las investigaciones científicas.

Por Jeremy Berlin, enero 2014

Mariposas alas de pájaro en Papúa y Nueva Guinea
«Cada espécimen tiene su historia», afirma Gary Hevel, entomólogo de la Smithsonian Institution ya retirado. Y algunas acaban mal. Carl von Hagen, el naturalista que recogió estas mariposas alas de pájaro en Papúa y Nueva Guinea hacia el año 1900, desapareció tras ser capturado por los caníbales – MARIPOSA ALAS DE PÁJARO (ORNITHOPTERA PARADISEA), MUSEO DE ZOOLOGÍA COMPARADA, UNIVERSIDAD HARVARD

Walter parece estar a gusto. Muerto desde hace 50 años, este pulpo gigante del Pacífico descansa en un tanque de 40 litros de solución de etanol. Sus vecinos de al lado proceden del Atlántico: una colonia de ascidias preservadas en frascos, cuya bioluminiscencia azul verdosa se agotó hace tiempo. Corales y algas florecen en un estante. De unos ganchos penden guirnaldas de caracoles tahitianos. Bajo el cristal brillan las conchas nacaradas de unos mejillones del Mississippi, que en su día abastecieron una rentable industria botonera. Y luego están las vitrinas –230, nada menos–: el hogar hermético, hecho a medida y climatizado de diez millones de especies de moluscos, muchos de ellos traídos de lugares remotos por expedicionarios como Ernest Shackleton, Meri­wether Lewis y William Clark, Gifford Pinchot y William Bartram.

¿Dónde está este repositorio de maravillas? ¿Cómo hemos llegado a él? Primero la respuesta corta: nos encontramos en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia. Hemos accedido a esta colección a través de otras dos, subiendo un tramo de escaleras desde la de entomología –con sus cajones rebosantes de escarabajos y otros cuatro millones de insectos procedentes de todos los países de la Tierra– y dejando atrás un tesoro de joyas antediluvianas: peces tetrápodos del devónico, dientes de mastodonte que pertenecieron a Thomas Jefferson, placas de esqueletos de ictiosauro traídas de Inglaterra…Pero la Academia no es un mero almacén, es un vivero de eurekas. Cuando se habla de grandes descubrimientos, las exploraciones suelen acaparar toda la fama, pero en realidad el hallazgo de un espécimen sobre el terreno no es más que el primer paso: el resto del camino se recorre aquí, en las entrañas de los museos, entre las colecciones conservadas con el mayor de los esmeros. Aquí se describen, se nombran, se etiquetan y se catalogan las especies, muchas veces al cabo de varias décadas de haberlas encontrado. Aquí los científicos arrancan nuevos secretos a la fauna y la flora pretéritas, conscientes de que cada espécimen muerto contiene una información física, molecular e isotópica únicas e irrepetibles que arrojan luz sobre la evolución, la ecología, la medicina o las migraciones. Aquí se escribe la crónica vital de nuestro planeta.

La Academia fue fundada en 1812 por naturalistas aficionados, explica su miembro decano, el escritor e historiador Robert McCracken Peck. Es el museo de historia natural más antiguo del hemisferio Occidental y uno de los pioneros en fomentar la búsqueda igualitaria del conocimiento. Por ello, es el lugar perfecto para hallar la respuesta más larga a nuestras preguntas.

El coleccionismo es tan antiguo como la especie humana. Ya sea un vestigio de nuestro pasado cazador-recolector, una necesidad de crear cierto orden en el caos o un simple deseo de poseer, el anhelo de atesorar objetos es un distintivo de la psique humana. Y un peligro cuando adquiere visos de patología. Para los acaparadores compulsivos, todo tiene valor. Para otros la obsesión se centra en un objeto específico. En 1869 el bibliófilo sir Thomas Phillips dijo necesitar «un ejemplar de todos los libros del mundo». La biblioteca que logró reunir (50.000 libros, quizá 100.000 manuscritos) no estaba mal, pero no se acercaba a la meta ni de lejos. Para los fanáticos, escribió el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould, «la pasión coleccionista es un trabajo a tiempo completo, una suerte de bendita obsesión».

Esa obsesión grana la historia de las colecciones de museo. En el siglo XVI, cuando la Europa renacentista tomó consciencia de la vastedad del mundo, reyes y nobles cultivadores de su estatus (pensemos en los Habsburgo y los Médicis), así como médicos y boticarios, se lanzaron a reunir objetos variopintos y presentarlos en salas ad hoc. Nacían así las Wunderkammern –cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades–, expresión de lo bello, lo monstruoso y lo exótico: fauna y flora preservadas, instrumentos científicos, obras de arte, mutaciones genéticas.

«Una Wunderkammer que se preciase debía contener un cocodrilo disecado, una momia bien conservada, un frasco con un feto (a ser posible bicéfalo), gemas, minerales y fósiles, tocados aztecas o espadas ceremoniales japonesas, pinturas al óleo y esculturas clásicas», explica Terry Belanger, coautor del catálogo de la reciente ex­­posición comisariada en Manhattan por la coleccionista Florence Fearrington.

En otras palabras, estos antecesores de los museos de la actualidad eran odas a la idiosincrasia, no a la ciencia. Entonces entra en escena Carlos Linneo, un botánico sueco amante del orden. «El primer paso en el camino hacia la sa­­biduría es conocer las cosas en sí mismas», escribió. Para lograrlo de un modo «simple, bello e instructivo», ideó un sistema de clasificación de todos los seres vivos: una nomenclatura binomial en latín que identificaba género y especie.

Linneo y la Ilustración abrieron la puerta al coleccionismo científico en sentido estricto, afirma Peck, así como a la transición decimonónica de las colecciones privadas a las públicas. Los naturalistas empezaron a preparar los especímenes con meticulosidad y rigor. Cierto es que las primeras técnicas de preservación pudieron hacer más mal que bien: sumergían los insectos en bebidas alcohólicas, rellenaban de paja las serpientes, hervían las conchas y las metían en serrín para transportarlas. A veces incluso eran tóxicas: «En este trabajo hay mucho arsénico –escribía el ornitólogo John Cassin en una carta de 1848–. Etiquetada la mitad de la colección [de búhos] […], me atacó una congestión pulmonar, una jaqueca y una calentura terribles».

En la actualidad, dice Peck, ya no se queman los especímenes para desparasitarlos: se congelan. Los rayos X y la microtomografía computarizada revelan el interior de las muestras sin deteriorarlas. Las instalaciones se climatizan: «Para las colecciones de historia natural lo ideal es una temperatura de entre 18 y 21 ºC y una humedad relativa de aproximadamente el 40 por ciento», explica Christopher Milensky, especialista en aves de la Smithsonian Institution.

Aquí es «donde nuestra cultura deposita su conocimiento tridimensional del mundo natural –dice Kirk Johnson, director del Museo Nacional de Historia Natural de la Smithsonian y custodio de sus 126 millones de especímenes–. Lo llaman el Desván de América, pero es un Fort Knox: un lugar donde guardamos tesoros, no cachivaches. Es una cámara acorazada, un templo».

Y una máquina del tiempo. Con los datos que aportan los fósiles de aves, la ornitóloga de la Smithsonian Helen James está descubriendo especies insulares hoy extintas; hasta la fecha ha descrito casi 40 procedentes tan solo de Hawai. Su colega Karin Bruwelheide, experta en antropología forense, investiga la misteriosa muerte de un naturalista del siglo XIX llamado Robert Kennicott. Desde que hace 12 años abrió su ataúd de hierro, ha deducido que murió a los 31 años de un ataque cardíaco y que la breve vida que dedicó a coleccionar ranas grillo fue un tormento de mala salud y problemas dentales.

Según Johnson, este trabajo puntero es cada vez más colectivo gracias a la digitalización de las colecciones, que permite a los museos catalogar especímenes; a los científicos, intercambiar datos, y a los ciudadanos, acceder a la información sin necesidad de estar presentes físicamente. «Ahora un guerrero masai puede coger un iPhone y admirar una colección», dice.

Aunque no es lo mismo. «Es tan necesario tener colecciones físicas como digitales –dice Ted Daeschler, responsable de las colecciones de la Academia–. Las digitales son un complemento. Cada espécimen es la definición de ese organismo en ese momento y en ese lugar. No se puede representar solo con palabras o imágenes.» En palabras de Peck: «Si no tuviésemos 18 millones de especímenes sino 18 millones de fotos de esos especímenes, a nadie le importaría este lugar».

Johnson coincide: «La aportación magistral de Darwin es que todos los seres vivos están in­­terrelacionados. Las colecciones de museo son la narración manifiesta de esa historia. Algunas de esas especies están extinguidas, pero tenemos su ADN aquí mismo. Somos los guardianes del conocimiento del planeta».

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Tomado de: National Geographic

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