El legado de Egipto


Carlos Blanco
20.03.14 | 19:13

Carlos BlancoLos manuales tienden a situar el comienzo de la filosofía en las costas de Jonia, donde su ubicaban prósperos enclaves comerciales, en torno al siglo VII a.C. Fue entonces cuando surgieron los primeros pensadores que, en sintonía con Tales de Mileto, se atrevieron a formular preguntas de largo alcance sobre los elementos últimos de la realidad, sobre el principio de todo, sobre el arjé. Sin embargo, creo que esta percepción tan extendida entre quienes se dedican a las disciplinas filosóficas peca de una gran injusticia con respecto a civilizaciones más antiguas que la griega, principalmente la egipcia.

Los propios griegos no ocultaron su admiración por los conocimientos que habían atesorado culturas anteriores como la egipcia, receptáculo de una sabiduría precursora que despertó gran fascinación entre algunas de las mentes más preclaras del helenismo. Egipto no sólo constituye, junto con Sumeria, la civilización más antigua de la que tenemos constancia; Egipto no sólo inaugura formalmente la historia y determina el desarrollo posterior de Oriente Próximo; Egipto no sólo lega a la humanidad las primeras grandes edificaciones en piedra conocidas, como la pirámide escalonada del rey Zóser, de la III dinastía; Egipto no sólo deslumbra los siglos posteriores con construcciones monumentales como las pirámides de Giza, el templo de Karnak y Abu Simbel. Egipto, más allá de sus incuestionables méritos en terrenos como la estética, la arquitectura y la organización política, forjó una serie de nociones y de inquietudes espirituales de las que aún hoy somos deudores, pues todavía resuenan sus ecos en nuestra conciencia.

Quiero detenerme en cinco de ellas. Ciertamente, la lista podría expandirse y albergar otras interrogantes y marcos simbólicos indeleblemente inscritos en el imaginario colectivo que nosotros hemos heredado de la Antigüedad, pero considero que estas cinco categorías condensan lo más relevante de la aportación egipcia a la cultura universal, de cuyas genuinas fuentes aún hoy bebe el pensamiento humano.

1) La escritura: más que un invento (quizás el más sobresaliente de la breve epopeya humana), esta proeza acrisola toda una concepción del cosmos. Nació impulsada por necesidades sociales y técnicas, por el imperativo de consignar “materialmente” la producción agrícola, los censos poblaciones, los cálculos…, sin descartar posibles motivos rituales. Pero de una innovación técnica tan notable se abrió la ventana a un mundo absolutamente nuevo para el ser humano: la posibilidad de franquear las rígidas barreras del tiempo gracias a transferir a las generaciones venideras ese cosmos interior que expresamos a través del lenguaje. Transmitir ideas y experiencias con la versatilidad permitida por el habla proporcionó un poder sobre el tiempo inconmensurablemente mayor al que se había reflejado en las pinturas rupestres paleolíticas o en las primeras manifestaciones arquitectónicas. Egipto, de una manera prácticamente simultánea a Sumeria y a su sistema cuneiforme, inventó la escritura a finales del IV milenio a.C., y descorrió el velo de la historia.

2) La pregunta por el origen del universo: las grandes cosmogonías egipcias, aun impregnadas de elementos mitológicos innegables (¿no pueblan los mitos la obra de filósofos ilustres como Platón?; ¿dónde y con qué legitimidad establecer la frontera entre lo religioso y lo filosófico en las etapas iniciales del pensamiento humano?), exhiben por primera vez en la historia un interés sobre cuestiones de vívidas resonancias metafísicas. Nuestra civilización las aborda con el fecundo instrumento de las ciencias experimentales, pero la curiosidad se encuentra ya sembrada en el espíritu humano desde los albores de la cultura egipcia. Las cosmogonías heliopolitana (en la que Atum, dios primordial de quien emana la Enéada de las deidades, desempeña un papel central), hermopolitana (con Thot, maestro de la sabiduría y del conocimiento, como figura descollante) y menfita (que gravita en torno a Ptah, el dios creador, el Demiurgo) plantaron la semilla de una preocupación fundamental del ser humano: entender de dónde viene. La pregunta por el origen del cosmos y de nuestra raza despunta en Egipto de una forma nítida. Por supuesto, el hombre prehistórico también pudo haber contemplado interrogantes similares, y es probable que las evidencias sobre religiosidad primitiva impliquen ya un acercamiento a cuestiones de índole teológica y metafísica que más tarde configurarían el desarrollo de la conciencia humana. Sin embargo, las primeras pruebas escritas de inquietudes cosmogónicas proceden del antiguo Egipto.

3) La pregunta por el destino de la vida: ninguna gran civilización del orbe antiguo consagró tantas y tan valiosas energías a la reflexión y a la “vivencia” de la muerte como la egipcia. Por otra parte, la peculiaridad de la creencia egipcia en la existencia de ultratumba dimana del carácter ético de sus inquietudes espirituales sobre el más allá: según el “Libro de los Muertos”, el acceso al reino futuro de la vida exige una criba moral muy exigente, un juicio ante un tribunal divino presidido por Osiris y un séquito de deidades. La fe escatológica de los egipcios evolucionó a lo largo del tiempo, y la figura del monarca progresivamente perdió la relevancia que había ostentado en la época del Reino Antiguo (como intercesora entre la vida ultraterrena y el existir presente), pero el anhelo de inmortalidad nunca se desvaneció, así como la esperanza de que una vida recta conduciría a la eterna bienaventuranza. El germen de inquietudes escatológicas y éticas muy similares a las que posteriormente imperarían en la concepción occidental del mundo yace en Egipto.

4) El cultivo de las matemáticas: el papiro Rhind, los papiros de Berlín o el papiro de Moscú constatan el alto grado de desarrollo que experimentaron algunas ramas de la matemática en el seno de la civilización egipcia, como la aritmética y la geometría, al menos desde el Reino Medio. Además, la gesta de construir pirámides como las de Giza requirió de un notable dominio de la geometría (por no mencionar los hitos “logísticos” que involucraba, por ejemplo el de organizar eficientemente a miles de obreros durante décadas). Aún queda mucho por esclarecer sobre el auténtico alcance de la maestría matemática de los antiguos egipcios, y sólo el descubrimiento de nuevas fuentes contribuirá a despejar esta incógnita. En cualquier caso, el interés por las matemáticas y la resolución de un número considerable de problemas aritméticos y geométricos comporta una serie de logros admirables que empezaron a dibujar, aun en la lejanía, la brillante estela de hallazgos matemáticos perfilada en el apogeo de la cultura helena.

5) El monoteísmo: se trata de una cuestión controvertida, pero si aceptamos que la primera religión oficialmente monoteísta de la historia floreció durante el reinado de Ajnatón, la civilización egipcia habría revolucionado las creencias espirituales de la humanidad. La reforma religiosa de Ajnatón fue efímera. Sus sucesores renegaron de su herejía y se esmeraron en borrar todo rastro de este enigmático monarca de la XVIII dinastía, en una damnatio memoriae revestida de una cólera inusitada. Pero la profundidad de la concepción religiosa de El Amarna, y la evidencia de que la historia posterior ha sido dominada, en gran medida, por credos y filosofías de inspiración monoteísta, refleja la importancia del movimiento encabezado por Ajnatón en una época verdaderamente fascinante de la civilización egipcia. Sus creaciones simbólicas, cristalizadas en poemas como “el Gran Himno Atón”, de una belleza y de una hondura que nada tienen que envidiar al Salmo 104 (probablemente un epígono suyo), revelan una efervescencia espiritual extraordinaria y misteriosa.

Pienso que la historia de la filosofía occidental permanecerá incompleta mientras no preste toda la atención merecida al papel ejercido por la civilización egipcia, una cultura que consiguió perdurar durante tres mil años, en la génesis de una serie de nociones, interrogantes y esperanzas que no sólo palpitarían fértilmente en la metafísica y en la ciencia de los griegos, sino que propiciaron el amanecer de una conciencia reflexiva cuyas pulsiones aún hoy laten en la mente humana. Egipto, cuna de la civilización, encarna también el origen de grandes preguntas filosóficas que han grabado una huella demasiado profunda en la historia de la humanidad.

Tomado de: El blog de Carlos Blanco

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