Nueva Zelanda. La tierra de la piedra verde


Es un país de jade. Alberga cuatro parques nacionales que contienen las cumbres más elevadas y los bosques más altos de Nueva Zelanda.

Por Kennedy Warne
marzo de 2014

El Aoraki/monte Cook
El Aoraki/monte Cook, cuyos 3.724 metros lo convierten en el pico más alto de Nueva Zelanda, da nombre a un parque nacional cuajado de cumbres de más de 3.000 metros, lo más bello de Te Wahipounamu – Foto: Michael Melford

Jeff Mahuika se inclina de repente. Entre los miles de cantos rodados que pisamos, ha visto algo que a mí se me escapa. Con sumo cuidado agarra una piedra por el borde y la retira del montón de grava. Es una lasca de pounamu, es decir, piedra verde, o jade. Cuando la pone a la luz, el sol le arranca destellos verde grisáceos.

Me la da y acaricio su superficie, alisada por la fuerza del río. «La tradición de nuestro pueblo prohíbe quedarse con el primer hallazgo –dice –. Te lo regalo.» Mahuika es maestro tallador de piedra verde. Así que se la devuelvo y le digo: «Si le haces un agujero, llevaré este pounamu colgado al cuello a modo de vínculo con este lugar».

Te Wahipounamu, la tierra del jade. En 1990 esta franja del sudoeste de Nueva Zelanda fue declarada Patrimonio de la Humanidad en reconocimiento a sus cuatro parques nacionales y a las zonas interconectadas de territorio protegido. De todos los espacios naturales de mi país, este es el que visito con más frecuencia, para respirar su aire de montaña, vadear sus ríos, recorrer sus bosques y embeberme de su presencia.El tallador y yo recorremos el valle del Casca­de, a una hora de camino desde donde termina la carretera de la costa, al sur de Haast. A nuestra espalda el sol vespertino incendia de escarlata los picos de las Red Hills. De esas montañas procede el pounamu de los ríos. Las mismas fuerzas tectónicas que elevaron las cimas crearon la piedra.

Caminamos por las márgenes del río con la cabeza gacha, mirando pero sin mirar, porque los maoríes creen que el pounamu no se encuentra, sino que se revela a sí mismo. Esa revelación, sin embargo, se complica por el hecho de que existen muchas piedras verdes que no son la piedra verde por antonomasia, o nefrita, en el léxico de los geólogos. Descubro que soy todo un experto en localizar esas imitaciones.

Una y otra vez me agacho para recoger una bonita piedra verdosa.«¿Y esta, Jeff? ¿Es nefrita?»

«No, es dejarita –dice–. Se deja donde está.»

Cuando los maoríes eran dueños de esta tierra, no había recurso tenido en mayor estima que el pounamu. Esta piedra llegó a ser tan valiosa en parte por las interminables horas que había que invertir en transformarla ya fuera en utensilios o en adornos, pues el pounamu es más duro que el acero. Tras semanas o meses de trabajo, la piedra quedaba imbuida de la vida de su propietario. Una antigua tradición dictaba que cuando un maorí fallecía, había que enterrarlo con sus piezas de pounamu, que posteriormente se exhumaban para ser entregadas a un descendiente. De este modo el pounamu trascendía el tiempo, uniendo generaciones en un abrazo sagrado.

Al tocar hoy esos tesoros (cinceles, pendientes, mazas de guerra) se palpa un vínculo no solo con su tallador y propietario, sino también con la procedencia física de la propia piedra. En el mundo maorí los objetos hablan de sus orígenes: la barba de ballena, de la ballena; la madera, del árbol; el pounamu, del río y la montaña que lo crearon. El agua y el hielo arrancan la piedra de la roca que la alberga; los ríos la arrastran hasta el mar. «La piedra está siempre en movimiento –dice Mahuika–. En nuestros relatos decimos que es un pez. Vive un viaje, igual que nosotros.»

Vadeamos el río Cascade sumergidos hasta la cintura, tratando de mantener el equilibrio en la impetuosa corriente. Es primavera, época en que los alevines de los peces autóctonos llegan a los ríos de Te Wahipounamu procedentes del mar para remontar las aguas y alcanzar la madurez en los frescos tramos forestales. La pesca de estos pececillos es toda una religión en la costa occidental. Los habitantes de esta zona recorren de sol a sol la desembocadura de los ríos con sus largos salabres en busca de capturas. Más tarde, en una minúscula caseta o sobre una fogata, se funde mantequilla en una sartén y se fríe una mezcla de huevo batido y pescaditos. Tortitas de jaramugo, manjar de los dioses.

Los maoríes llaman al tipo más común de alevín inanga, palabra que también sirve para referirse al pounamu de color gris perla, a veces salpicado de manchitas que parecen ojos, como si los pececillos nadasen dentro de la piedra. En un mundo definido por las interrelaciones, el nombre maorí de una cosa suele evocar otra. La palabra que denota los Alpes Neozelandeses –los abruptos picos que recorren Te Wahipounamu– también denomina el océano batido por las olas.

Las montañas configuran este lugar. Erguidas de cara a los vendavales de poniente de unas latitudes que no en balde se conocen como los Cuarenta Rugientes, sus picos atrapan las nubes y empapan la costa de lluvia. Es una zona tan húmeda que en las carreteras del sur, menos visitadas, crece musgo en el asfalto.

Durante la última glaciación, los glaciares de montaña cuajaron la región de lagos y simas y cincelaron los fiordos que dan nombre a la franja más austral de Te Wahipounamu: Fiordland. En la zona declarada Patrimonio de la Humanidad resisten más de 3.000 glaciares. Dos de los más célebres, Fox y Franz Josef, descienden prácticamente hasta el nivel del mar, donde acarician el bosque lluvioso costero.

Estos bosques son una cápsula del tiempo de Gondwana, el supercontinente cuya fragmentación generó las masas continentales del hemisfe­rio Sur actual. Cuando Nueva Zelanda se desgajó de lo que hoy es Australia para emprender su propio viaje por el Pacífico, creó una división ecológica que duró 80 millones de años. Esa prolongada soledad hizo de Nueva Zelanda una reserva de la fauniflora de Gondwana, y el su­­doeste del país es la ventana que mejor permite asomarse a ese mundo ancestral.

Los maoríes aún viven en estas tierras, aunque su presencia es exigua. En 2005 se vivió un mo­­mento simbólico cuando el pueblo de Mahuika abrió una «casa tallada» de reuniones, la primera casa ceremonial en 140 años. Fue una afirmación de supervivencia y esperanza, pero también un reconocimiento de la transitoriedad humana, una verdad expresada en un proverbio maorí: la gente va y viene, pero la tierra permanece.

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Tomado de: National Geographic

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