La reina del desierto


Viajera, arqueóloga y espía, Gertrude Bell pasó de describir ruinas bizantinas a participar en la creación de Irak, cuyas fronteras actuales ayudó a trazar.

JULIO ARRIETA @JULIOARRIETASAN
25.04.14 – 00:01

Gertrude Bell en camello, entre Churchill y Lawrence de Arabia, en 1921.
Gertrude Bell en camello, entre Churchill y Lawrence de Arabia, en 1921.

Gertrude Bell se lanzó a recorrer el mundo para huir de la encorsetada sociedad victoriana y acabó convertida en la mujer más poderosa del Imperio Británico. La aventurera inglesa fue exploradora, escritora, fotógrafa, alpinista, etnógrafa, espía, geógrafa, administradora política y diplomática. Y también arqueóloga. Aunque la importancia de su papel en la creación del estado de Irak hace que su trabajo arqueológico quede en un segundo plano, o a veces ni se mencione, ella siempre lo consideró el eje de su vida viajera. “El sendero de la arqueología me llevó hasta la puerta de los jeques”, escribió Bell, a la que en ocasiones se ha llamado la ‘Lawrence de Arabia femenina’, cuando lo más justo sería decir que Lawrence, casi veinte años más joven que ella y que la admiró, fue ‘el Gertrude Bell masculino’.

Gertrude Margaret Lowthian Bell, la ‘hija del desierto’, ‘la reina sin corona de Mesopotamia’, ‘la tigresa de Irak’, nació el 14 de julio de 1868 en Washington Hall, Durham (Inglaterra), en una familia y un entorno que no tenían nada que ver ni con desiertos, ni con reinas, ni con tigres. Fue la primera hija del matrimonio formado por Sir Hugh Bell y Mary Shield Bell. La familia era muy rica. Poseía la sexta fortuna de Inglaterra, que había sido amasada por el abuelo, Sir Isaac Lowthian Bell, propietario de varias fundiciones, y engordada por el padre, Hugh Bell, que mantuvo el negocio bien rentable y saneado. Durante su infancia, Gertrude disfrutó de todas las ventajas y comodidades propias de la alta sociedad británica de finales del siglo XIX. La muerte de su madre, después de dar a luz a su segundo hijo, cuando Gertrude tenía 3 años, afectó mucho a la niña y reforzó la unión con su padre, que se mantuvo firme a lo largo de toda su vida. “No creo que alguna vez me sienta sola, aunque la única persona a la que a menudo echo de menos es papá”, escribió en una carta durante uno de sus viajes. Sir Hugh volvió a casarse cuando la pequeña contaba siete años. Florence, la madrastra de Gertrude, era una joven de 24 años aficionada a escribir cuentos infantiles y obras de teatro, con la que la niña se encariñó enseguida y que acabaría siendo su segunda confidente después de su padre.

A pesar de que consideraban que una joven de su posición no debía recibir una educación que fuera mucho más allá de las lecciones de piano, los Bell se preocuparon por que Gertrude tuviera estudios. Después de asistir al Queen’s College de Londres, y por recomendación de su tutor, la joven estudió en la Universidad de Oxford, a la que llegó con 17 años y en la que se convirtió en la segunda mujer en pasar un examen de grado. Concluyó su carrera de historia moderna -que entonces abarcaba prácticamente todo desde el mundo antiguo hasta el siglo XVIII- en dos años (uno menos de lo habitual) con honores de primera clase (‘first class honours’). Un reconocimiento informal, pues nunca recibió ningún título: Oxford no los dio a las mujeres hasta 1920.

Al acabar sus estudios, Bell se quedó en una especie de ‘fuera de juego social’. Su franqueza y su inteligencia desbordante parecían espantar a cualquier posible pretendiente. No había ninguno a su altura. Todos le parecían aburridos o medio idiotas. Convertida en una ‘soltera difícil’, la joven decidió ver mundo para escapar de una sociedad que le resultaba opresiva y limitada. “Fue en 1892, a la edad de 24 cuando tuvo su primer contacto con el Oriente Próximo”, detalla Amanda Adams en ‘Ladies of the Field: Early Women Archaeologists and Their Search for Adventure’ (Greystone Books). Su destino fue Persia, hoy Irán. Este fue el primero de una serie asombrosa de viajes, todos pagados gracias a las arcas familiares, que incluyó dos vueltas al mundo (de 1897 a 1898 y de 1902 a 1903). La mayor parte transcurrieron por el Oriente Próximo, sobre todo en Mesopotamia, aunque también viajó por Turquía, Siria, Palestina y Arabia. Bell no solo atravesó desiertos: fue una alpinista extraordinaria. Escaló en las Montañas Rocosas y en los Alpes, en los que sobrevivió a un accidente colgada del extremo de una cuerda durante 53 horas, en plena ventisca con tormenta eléctrica incluida.

La ‘H’ aspirada

Bell se interesó por la arqueología desde el inicio de su vida viajera. Llevaba una cámara Kodak y empezó a retratar todas las ruinas que veía, como se puede apreciar en las numerosas imágenes que iluminan su primer libro, ‘Syria: the desert and the sown’ (1907). Una estancia de siete meses en Jerusalén le permitió demostrar su habilidad para aprender idiomas que, según sus amigos, “se tragaba como aspirinas”, tal y como detalla Cristina Morató en ‘Las damas de Oriente: grandes viajeras por los países árabes’ (Debolsillo). Hablaba persa, francés y alemán, entre otros, y acabó dominando el árabe y muchas de sus variantes dialectales. Aunque parece que al principio esta lengua se le resistió: “Hay por lo menos tres sonidos casi imposibles para una garganta europea. El peor, en mi opinión, es una ‘H’ muy aspirada. Solo puedo pronunciarla sujetando mi lengua con un dedo. Pero claro, no puedes mantener una conversación con un dedo metido en la garganta, ¿no?”, le escribió a su padre.

La exploradora frente a su tienda de campaña, en 1909
La exploradora frente a su tienda de campaña, en 1909

Bell empezó a publicar artículos en los que describía las ruinas y yacimientos que encontraba en la ‘Revue archéologique’, que editaba Salomon Reinach, al que conoció en París en 1904, un año antes de iniciar otra expedición a Líbano. Bell viajaba sola. Sin compañeros occidentales, se entiende, porque solía contratar guías y sirvientes locales, por lo que se desplazaba con un pequeño grupo de asistentes que, si se torcían las cosas, se convertían en escoltas. Procuraba disfrutar de ciertas comodidades, así que se desplazaba con gran cantidad de baúles que contenían desde polvo antipulgas hasta una bañera desplegable, además de vestidos y una vajilla completa. Bell nunca se disfrazó de hombre para evitar problemas, como sí hicieron otras viajeras de la época, y de hecho siempre llevaba falda, incluso al montar a caballo, pues se negaba a usar pantalones.

Semejante personaje llamaba la atención en el Oriente Próximo de principios de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero en su caso fue para bien. Su exotismo atrajo a los jeques y jefes tribales. Morató explica que “sus temerarias expediciones en solitario la habían hecho famosa y todos querían conocerla, algo que la hacía sentirse importante”. En una carta desde Bagdad, la aventurera explica a su familia que “en este país soy alguien. ¡Soy alguien! Parece que una de las preguntas que todo el mundo le hace a los demás es ‘¿ha conocido usted a la señorita Gertrude Bell?'”

La mayor parte del trabajo arqueológico de la viajera es descriptivo: localizaba los yacimientos, a menudo inéditos, los describía y los documentaba con cientos de fotografías. Amanda Adams llega a decir que no participó en una campaña de excavación propiamente dicha. Pero no es del todo exacto. En 1907 codirigió junto al arqueólogo escocés William Mitchell Ramsay una excavación en el yacimiento bizantino de Binbirkilise, situado en Anatolia. La ciudad era conocida como la de ‘las mil y una iglesias’. Estos templos, de los que ya solo queda apenas una docena, fueron el centro de atención de los dos excavadores, que en realidad se dedicaron a despejar las estructuras más notables para su estudio arquitectónico sin tener en cuenta ninguna estratigrafía. Ramsay, que había visitado el yacimiento por primera vez acompañado de Sir Charles Warren en 1882, escribió que, “en nuestras excavaciones, nunca profundas, no encontramos ningún artículo que mereciera recogerse”.

La aproximación al estudio de la arquitectura de Binbirkilise “fue sistemática y disciplinada” por parte de Ramsay y Bell, explican Robert G. Ousterhout y Mark P. C. Jackson en la introducción de una reciente edición de ‘The Thousand and One Church’ (Universidad de Pensilvania, 2008), el libro que documenta la expedición, publicado en 1909. Sus partes II y III son obra de Bell en solitario. En ellas describe al detalle las iglesias bizantinas del yacimiento y establece su tipología y una secuencia cronológica de su construcción. Las partes I y IV del libro son de Ramsay. Se ocupan de cuestiones históricas y geográficas, además de comentar otros monumentos del yacimiento y sus partes más antiguas, que se remontan a época hitita. A pesar de que el número de páginas escritas por Bell es muy superior al de las de Ramsay, la firma de él va por delante.

Yacimientos enormes

Hay que subrayar que la arqueología a la que se incorpora la exploradora inglesa es una disciplina en formación. Y más todavía en Oriente Próximo. Sus practicantes occidentales -ingleses, alemanes, franceses…- se han formado excavando yacimientos romanos, asentamientos de la Edad del Hierro y túmulos neolíticos en sus países de origen. En el mejor de los casos, han adquirido experiencia en Egipto. En Siria y Mesopotamia se enfrentan a un tipo de yacimiento para el que no se ha desarrollado aún una metodología específica: se trata de inmensos tells, yacimientos inabarcables que ocupan kilómetros de extensión y alcanzan alturas de decenas de metros. Alturas que cubren acumulaciones de etapas de ocupación que pueden llegar a abarcar desde el Neolítico a la Edad Media sin solución de continuidad. A veces, la ‘cumbre’ sigue siendo un pueblo habitado. En otras, hay un cementerio árabe con tumbas de santos que no conviene ni rozar. Cada excavador aprende por su cuenta y desarrolla sus propios métodos, a menudo a costa de la destrucción de yacimientos enteros, algunos de los cuales llegan a la década de los años 20 convertidos en auténticos patatales -como escribirá Mortimer Wheeler-. Trabajan con grupos numerosísimos de obreros y cada director desarrollará sus manías y métodos para manejarlos. El trato oscila entre el paternalismo en el mejor de los casos y la tiranía en el peor; el fondo es siempre colonialista.

Los trabajadores de las excavación de Binbirkilise.
Los trabajadores de las excavación de Binbirkilise.

Se discute sobre la conveniencia de recompensar con una propina extra a los trabajadores locales que den con un hallazgo notable, o sobre separarlos o no por grupos tribales, o sobre los castigos en público a los revoltosos, o sobre la necesidad de usar armas para defenderse de los nativos. En muchos yacimientos, los arqueólogos llevan revólver o un rifle. En Karkemish (en la frontera entre Turquía y Siria) van armados todos, desde el director y su asistente hasta el último obrero, y una costumbre adquirida de la excavación será celebrar cada gran descubrimiento (una estela hitita, una estatua, cualquier cosa monumental) con una salva de fusilería, para terror de los visitantes occidentales desprevenidos.

Todos estos arqueólogos insistirán en sus publicaciones y libros de divulgación en que su objetivo es desentrañar el pasado, en reconstruir la historia de las grandes civilizaciones de la región, y subrayarán la naturaleza científica de su trabajo. Pero a menudo este discurso solapa el interés por obtener piezas excepcionales que puedan ser exhibidas en los grandes museos de sus respectivas naciones. Esta es la arqueología con la que se encuentra Gertrude Bell y con la que, a pesar de las carencias de su propio trabajo en Binbirkilise, se mostrará muy crítica en su visita a Karkemish, en la que conocerá a su futuro amigo y colega de aventuras T. E. Lawrence, esto es, ‘Lawrence de Arabia’. Él tenía 23 años y ella 42 cuando se encontraron por primera vez. Para aplacar el disgusto evidente de ella por la forma en la que se estaba llevando la excavación, Lawrence y su compañero Reginald Campbell desplegaron su erudición en una charla interminable. “La dejamos agotada, pero impresionada -escribirá Lawrence-. Es agradable, de unos 36 años, no es guapa (excepto cuando lleva velo, quizá). Si hubiera denunciado nuestros métodos por escrito habría sido realmente fastidioso. Creo que no lo hará”.

Como reconocimiento a su labor, Bell fue nombrada ‘fellow’ de la Royal Geographical Society en 1913. Pero la Gran Guerra interrumpiría su carrera arqueológica. El petróleo había sustituido al carbón como combustible principal de los barcos de la Royal Navy y cada vez había más automóviles. Para el Imperio Británico era necesario controlar Arabia y Mesopotamia. El conocimiento de Bell de aquellos países, y sobre todo sus contactos e influencia sobre sus caóticas jefaturas tribales, hizo que sus servicios fueran requeridos por el Arab Intelligence Bureau of the British Army, en El Cairo. Se convirtió en indispensable a la hora de tratar con los jeques de la zona del Golfo Pérsico y se trasladó a Basra en 1916.

Gertrude Bell toma medidas en el palacio fortificado de Ukhaidir, al sur de Bagdad, en 1909.
Gertrude Bell toma medidas en el palacio fortificado de Ukhaidir, al sur de Bagdad, en 1909.

Después de que los británicos quitaran Bagdad a los turcos, Bell fue nombrada ‘secretaria oriental’ (‘oriental secretary’), responsable de tratar con las autoridades locales. Su objetivo fue convertirlas en manejables títeres del Reino Unido. Bell era una defensora de la independencia de Irak, pero solo concebía la misma bajo la protección -es decir, el manejo- de su país. Su trabajo consistió en colaborar en el ‘montaje’ de una nueva monarquía unificada con Faysal ibn Husayn como rey. A las órdenes de Winston Churchill, la arqueóloga fue la única mujer que participó en la conferencia de El Cairo de 1921 que selló el proyecto. Su papel fue mucho más allá, pues intervino en la redacción de las leyes fundamentales del nuevo país e incluso trazó sus fronteras, las mismas que tantos problemas han supuesto después.

Prohibido excavar sin permiso

Pero acabada su misión, fue dejada de lado. Dada su buena relación con el ya rey Faysal I, decidió quedarse en Irak y ocuparse de su patrimonio arqueológico. Se las apañó para sacar adelante una ley que prohibió realizar excavaciones en cualquier terreno del país sin un permiso escrito. Además, fundó el Museo Arqueológico de Bagdad, al que donó su propia colección, y supervisó las excavaciones extranjeras en el territorio. Entre sus labores como directora honoraria de Antigüedades de Irak estaba controlar el reparto de los artefactos obtenidos por las expediciones extranjeras. Arqueólogos como Leonard Woolley, excavador de Ur y compañero de Lawrence, y Max Mallowan, marido de Agatha Christie, la recordarían como inflexible, exigente y autoritaria en este cometido. No había lugar a la negociación o el regateo. Por ello Mallowan escribió en sus memorias que “ninguna tigresa hubiera salvaguardado los derechos de Irak como lo hizo ella”. “Soy más ciudadana de Bagdad que muchos nacidos en Bagdad, Y apostaría que ningún bagdadí se preocupa más, o la mitad, por la belleza del río o de los jardines de palmeras, o se aferra más a los derechos de ciudadanía que he adquirido”, escribió a su padre en una carta fechada el 30 de enero de 1922.

La arqueóloga posa montada a caballo
La arqueóloga posa montada a caballo

El contacto con sus padres no se perdió nunca. Su autoridad sobre ella tampoco. Cuando a los 24 años les pidió permiso para casarse con Henry Cadogan, secretario de la embajada británica en Persia, al que conoció en Teherán y con quien disfrutaba cabalgando por el desierto, aceptó su negativa sin rechistar. El motivo de la desautorización de los Bell fue que Cadogan tenía fama de jugador. Gertrude Bell nunca se casó. Veinte años después de su frustrado romance con Cadogan, mantuvo una especie de idilio platónico con el militar Charles ‘Dick’ Doughty-Wylie. Estaba casado y Bell se negó a mantener ningún contacto físico con él por esta causa. Era un defensora convencida del matrimonio y en ningún momento consideró mantener una relación adúltera, para ella inaceptable. Bell era muy conservadora, tanto que llegó a luchar contra el voto femenino militando en la Liga Británica Antisufragista. Consideraba que las mujeres de su tiempo no estaban preparadas para tomar decisiones políticas importantes. Algo como mínimo chocante viniendo de una mujer que prácticamente montó una monarquía y trazó las fronteras de países enteros.

Gertrude Bell murió en la capital de Irak la noche del 11 al 12 de julio de 1926, a los 57 años. El día 11 envió una nota a un amigo en la que le rogaba que se preocupara por que no le faltara de nada a su perro. La mañana del 12 la encontraron muerta en su dormitorio. En la mesilla había un bote vacío de somníferos. Fue enterrada en el cementerio británico de Bagdad esa misma tarde. Una multitud asistió al funeral. Además de sus libros, dejó 16 volúmenes de diarios, unas 1.600 cartas y 7.000 fotografías de gran valor, porque en muchos casos forman la única documentación disponible de yacimientos enteros que han desaparecido por el pillaje o por la guerra. El estreno de la película ‘Queen of the desert’, dirigida por Werner Herzog y ahora en fase de posproducción, recuperará su recuerdo a finales de este año. En ella Nicole Kidman da vida a la exploradora que en una carta fechada en 1892 escribió “qué grande es el mundo. Qué grande y qué maravilloso”.

Gertrude Bell con los asistentes a la conferencia de El Cairo, en 1921.
Gertrude Bell con los asistentes a la conferencia de El Cairo, en 1921.

Tomado de: El Correo.com

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