Caballos nativos americanos. El caballo y el Nuevo Mundo


Los caballos cambiaron para siempre la vida en las Grandes Llanuras.

Por David Quammen, abril de 2014

Destiny Buck («Liebre del Destino»), de la tribu wanapum, participa con su yegua Daisy en el certamen anual de princesas indias de Pendleton, Oregón
Destiny Buck («Liebre del Destino»), de la tribu wanapum, participa con su yegua Daisy en el certamen anual de princesas indias de Pendleton, Oregón. Adoptados inicialmente para la guerra, la caza y el transporte, los caballos se han convertido en compañeros inseparables en los actos solemnes y en una nueva forma de exhibir el orgullo tribal – Foto: Erika Larsen

En septiembre de 1874, en Texas, el imperio ecuestre de los comanches tuvo un final sórdido y deplorable. Lo que sucedió aquel año fue el preludio de profundos cambios en las Grandes Llanuras, porque los comanches fueron de las primeras, y más hábiles, tribus a la hora de adoptar el caballo tras su introducción en las Américas de la mano de los conquistadores españoles. A lomos de sus cabalgaduras habían llegado a ser unos guerreros competentes, expertos, feroces y despiadados, aterrorizando a las tribus indias vecinas, perpetrando iracundos asaltos para frenar la proliferación de colonos blancos y la matanza de bisontes, y en última instancia desesperando al propio ejército estadounidense. Pero el 28 de septiembre de 1874, el mayor cuerpo de guerreros comanches aún activo (junto a unos cuantos aliados kiowas y cheyenes) sufrió una emboscada, mientras estaban en sus tipis con sus familias, en el llamado cañón de Palo Duro.

El ataque lo perpetró el Cuarto de Caballería, al mando del coronel Ranald Slidell Mackenzie, destacado desde Fort Concho, en el oeste de Texas. Tras sorprender a los comanches y sus amigos y echarlos del campamento, los hombres de Mackenzie incendiaron los tipis, destruyeron la comida y las mantas almacenadas y se reagruparon en el borde superior del cañón con los más de mil caballos que acababan de capturar. Los indios habían huido a pie. Mackenzie dirigió sus tropas de vuelta a su campamento, a 32 kilómetros de distancia, y al día siguiente ordenó matar a todos los caballos, excepto unos pocos centena­res que reservó para uso militar. «La infantería ató a los enloquecidos animales y los condujo ante los pelotones de fusilamiento –escribe S. C. Gwynne en su libro sobre los comanches, El imperio de la luna de agosto–. El resultado fue una enorme pila de caballos muertos.» Un total de 1.048, según consta en los archivos oficiales. Los cadáveres se descompusieron allí mismo hasta convertirse en un montón de huesos ex­­puestos al sol durante años, «un grotesco monumento que marcó el ocaso de la supremacía de las tribus ecuestres en las llanuras». Un reducido remanente de comanches, capitaneados por su gran jefe guerrero Quanah Parker, recorrieron a pie 320 kilómetros hasta Fort Sill, en lo que entonces era Territorio Indio, y se rindieron.Casi un siglo y medio más tarde, un historiador de los comanches llamado Towana Spivey, de ascendencia chickasaw, me refirió todos estos sucesos en el patio delantero de su casa de Duncan, Oklahoma. Con la matanza de los caballos, dijo, se quebró «la espina dorsal de la resistencia» de los nativos americanos. Sus pieles de bisonte, sus alimentos, las herramientas de supervivencia, los medios de transporte y las armas de guerra, así como la movilidad de su vida nómada, se esfumaron. Todo perdido. El propio Quanah fue detenido. «Aquello supuso un golpe tremendo para los comanches.»

Esta es la historia tristemente célebre de Palo Duro, pero la realidad, me explicó Spivey, fue todavía peor. «Hemos oído hablar del exterminio en masa llevado a cabo en el cañón de Palo Duro y de sus consecuencias», empezó diciendo. Pero lo que nadie dice, añadió, es que en junio de 1875 el Ejército estadounidense había reunido otros 6.000 o 7.000 caballos comanches en Fort Sill. El coronel Mackenzie era ahora el comandante en jefe de la plaza y, atendiendo a las recomendaciones del general Philip Sheridan, basadas en la lógica de que aquellos animales eran demasia­do caros de alimentar y demasiado valiosos para soltarlos, también dio orden de matarlos. «Abatirlos uno por uno se convirtió en un problema», me contó Spivey. Era un despilfarro, un absurdo. Finalmente, para ahorrar trabajo y munición, se convocó una subasta. Algunos ponis comanches pasaron a manos de postores blancos. Y cuando la transacción no vació por completo las cuadras, se reanudaron las ejecuciones.

Estas dos masacres de 1874 y de 1875, aunque aplastaron la resistencia comanche, no acabaron con el vínculo entre el caballo y los pueblos nativos americanos. Solo marcaron el fin de la primera etapa, la de las poderosas tribus guerreras de las Grandes Llanuras.

Otras tribus habían adoptado la monta. Desde las llanuras meridionales, este nuevo animal, esta nueva «tecnología», esta nueva manera de cazar, combatir y viajar se había extendido hacia el norte, desde los propios comanches, jumanos, apaches y navajos hasta los pawnee, cheyenes, lakotas, crow y algunos más. No todas las tribus abrazaron plenamente la práctica; los mandan comerciaban con caballos en sus asentamientos agrícolas de la cuenca superior del Missouri, pero nunca adoptaron la vida ecuestre. ¿Es esta una de las razones por las que los mandan casi desaparecieron del mapa a causa de la viruela, una enfermedad más dañina para las comunidades sedentarias que para las nómadas? Algunos historiadores así lo creen.

El caballo había abierto un abanico de nuevas posibilidades. Permitió a los hombres cazar bi­sontes de un modo más eficaz que en el pasado, ampliar su radio de acción y realizar incursiones devastadoras contra otras tribus. Liberó a las mujeres de las cargas más penosas, como la de acarrear las pertenencias de un campamento a otro. Alteró el equilibrio, en cuanto a crecimiento demográfico y expansión territorial, entre las tribus cazadoras y las agrícolas en favor de las primeras. También reemplazó al único animal domesticado previamente en América del Norte, el perro, mucho más débil y pequeño y al que había que alimentar con carne. Un caballo podía vivir de lo que procuraba la tierra, comiendo lo que ni personas ni perros querían: hierba.

Tan apreciados eran los nuevos animales, que no tardaron en convertirse en un símbolo de riqueza. Si un hombre era astuto, ambicioso y tenía un poco de suerte, podía hacerse con una buena manada; a partir de ahí los caballos so­­brantes podían venderse, canjearse o regalarse (en aras de obtener mayor prestigio), o, si el propietario bajaba la guardia, también podían robarse. La acumulación de riqueza dio paso a la estratificación social, y por primera vez hubo en las Grandes Llanuras indios ricos e indios pobres. Junto con esta novedad llegó otra: la adquisición de armas de fuego a los blancos, a menudo mediante el trueque por pieles de castor o de bisonte o por caballos vivos. Aquellos fueron unos cambios trascendentales que trajeron días de gloria para los nativos americanos pero también unos efectos secundarios no tan gloriosos, en especial la aniquilación indiscriminada de bisontes que se produjo ya en los años anteriores a la llegada de los cazadores profesionales con fines comerciales.

Asimismo, el caballo trajo consigo el recrudecimiento de las guerras intertribales y de la resistencia contra los colonos blancos y el Ejército, que acabó de­­sembocando en funestos episodios como los del cañón de Palo Duro, las Bear Paw Mountains de Montana (don­­de los nez percé del jefe Joseph fueron atacados cuando intentaban huir a Canadá) y Woun­­ded Knee, en Dakota del Sur.

Hoy todo aquello es historia, pero los caballos siguen teniendo una importancia vital para mu­­chos nativos americanos, en especial para los de las tribus de las Llanuras, para quienes este animal es un objeto de orgullo colectivo, un símbolo de la tradición y de los valores ancestrales que los ayudan a enfrentarse a un presente difícil: magnificencia, disciplina, valentía, amor a otras criaturas vivas y la transmisión de conocimiento a través de las generaciones.

El Pendleton Round-Up es un gran rodeo en el que todo el mundo está invitado a participar, que se celebra cada mes de septiembre en Pendleton, Oregón, a escasa distancia de la Reserva India Umatilla. Incluye un concurso de danzas guerreras y diversas modalidades de carreras de relevos, además de un espectáculo nocturno al aire libre conocido como la exhibición de Happy Canyon. La representación empieza con un fastuoso desfile por la localidad en el que participa un grupo de jinetes indios vestidos de gala.

A continuación los jefes locales hacen su entrada triunfal en la arena del recinto, seguidos por las muchachas, o «princesas», de la corte india vistosamente ataviadas. En un remolque aparcado junto a los cercados, una mujer de cincuenta y tantos años llamada Toni Minthorn, acompañante oficial del cortejo, remendaba la suave funda de gamuza de una silla de montar ceremonial mientras me describía el sentido de su misión: «Mi objetivo es que las princesas vuelvan a montar a caballo». Su madre había sido princesa en el Happy Canyon de 1955, y ella lo fue en 1978. De pequeña, Toni se crió entre caballos como un muchacho, practicando skijoring en trineos tirados por los caballos de la familia, emulando antiguas justas con una lanza de madera o cabalgando en batallas imaginarias con su hermano y tres hermanas. ¿Dónde aprendió sus habilidades hípicas? «Nací con ellas.»

Toni hacía mil cosas a la vez mientras hablaba conmigo: cosía la silla, daba consejos de estilo y maquillaje a esta o aquella chica, emitía instrucciones a través de su Bluetooth… El hogar de su infancia, en la pequeña localidad de Spring Hollow, no tenía las comodidades de la vida moderna ni juguetes para los niños, aunque en la mesa abundaba la carne de ciervo y de alce. La pequeña Toni nunca tuvo una muñeca; cuando se enteraron sus compañeras de la escuela, la compadecieron. ¿De verdad no tienes muñecas? «Yo me sentía como la niña más pobre de la Tierra.» ¿Qué hacéis? Cabalgamos. ¿Tu familia tiene caballos? Sí, les respondía ella, 47 ca­bezas. ¡Debes de ser muy rica! «Y dejaba de sentirme pobre.»

Otra reunión importante es la Crow Fair, una feria que se celebra a mediados de agosto en Crow Agency, Montana, y que atrae a participantes de Pine Ridge, en Dakota del Sur, de Fort Hall, en Idaho, y de otros puntos del país. La tórrida tarde en la que llegué, los organizadores estaban muy ajetreados, en medio de una multitud alegre y feliz. Un maestro de ceremonias nos dio la bienvenida a aquella edición anual del «rodeo exclusivamente para indios» de la nación crow y a su campamento adjunto, bautizado ostentosamente como «Capital mundial del tipi». El programa incluía carreras de caballos de mil metros, pruebas de sprint, monta de toros, monta de caballos broncos con silla, lazo por parejas, lazo femenino (en el que el novillo es derribado por mujeres) y la más salvaje y espléndida de todas las pruebas, los Relevos Indios (Indian Relay), que se promociona como «los cinco minutos más emocionantes en tierra india». Hay días en que los cinco minutos pueden ser tres, sin contar el tiempo invertido en atrapar caballos a la fuga y recoger del suelo a los concursantes caídos.

Los Relevos Indios son una competición por equipos. Cada equipo está formado por un jinete, tres caballos y tres esforzados ayudantes encargados de sujetar y mantener bajo control a los dos caballos que quedan libres mientras el jinete salta de uno a otro, para completar un circuito a lomos de cada uno de los animales. Ningún caballo está ensillado. Como hay un mínimo de cinco equipos por prueba eliminato­ria intentando ejecutar estos cambios de montu­ra a pelo, deteniendo a los caballos que se acercan al galope y azuzando a los siguientes, todo eso en un abarrotado tramo de pista, los Relevos Indios son a veces un poco caóticos. Pero cuando no reina la confusión, son sublimes.

Un jinete diestro puede parar el caballo en seco, deslizarse por el costado del animal hasta llegar al suelo, dar unas zancadas rápidas, montar el siguiente caballo, agarrar las bridas y salir al galope.

El equipo que hace los dos relevos de manera fluida podría ganar la competición por una amplia ventaja, independientemente de quién tenga el caballo más veloz. Pero esa es la teoría, lo que sería una carrera ideal. En la primera ronda eliminatoria que vi en Crow Fair dos jinetes chocaron en la línea de atrás y se cayeron; uno quedó tendido en la pista, y el maestro de ceremonias pidió que enviaran una ambulancia. «Es una prueba muy dura –dijo el tipo sin una pizca de solidaridad–. Solo toman parte los indios más curtidos. Si fuese fácil, la harían los chicos del coro.»

Más tarde fui a hablar con Thorton (todos le llaman «Tee») Big Hair, o «Pelo Grande», un joven fornido pero de carácter bonachón que ejercía de comisario de las carreras en la Crow Fair de ese año. Llevaba una camiseta azul, un sombrero vaquero de paja y una hebilla de cintu­rón que lo distinguía como campeón del mundo de Relevos Indios, ganada en Sheridan, Wyoming. Demasiado corpulento para montar, Tee ostentaba el vigente título de «mejor catcher del mundo», como él mismo presumía sin grandes aspavientos, y ni él sabía cuántas veces había sido arrollado por el caballo entrante al que debía inmovilizar. En ese momento estaba exultante –y sospecho que también aliviado– por lo bien que habían transcurrido las carreras de la jornada, y me aseguró que los dos jinetes accidentados estaban fuera de peligro. La competición hípica corría por las venas de Tee Big Hair, según pude comprobar en las conversaciones que sostuve con él y su familia durante un par de días.

Dennis Big Hair, padre de Tee y patriarca de 71 años, llevaba el cabello cortado a cepillo debajo de un sombrero Resistol blanco. Me senté junto a él en la zona de las cuadras, cerca del puesto de galletas con salsa gravy regentado por su mujer. Dennis me contó que cuando tenía 14 años ganó el Derbi de los Indios Crow, una de las carreras tradicionales más antiguas de esta tribu. Hacia la misma época venció en una Governor’s Handicap, y por supuesto también había corrido los Relevos Indios.

Entonces pesaba 45 kilos, recordó con añoranza; nada que ver con los 110 kilos actuales. Me contó que su secreto era terminar la vuelta arrimándose mucho al caballo siguiente, desmontar a toda prisa, dar dos pasos, saltar desde atrás sobre la grupa y salir disparado. Como en las películas del Oeste. Con una rapidez vertiginosa. «Ahora ya no lo hace nadie», dijo con una nota de desdén, cual viejo cascarrabias. Ese estilo de monta y las in­cursiones para robar furtivamente los caballos a otras tribus eran dos estupendas tradiciones de su tiempo caídas en desuso.

Si algo ensombrece la Crow Fair es la proximi­dad (apenas tres kilómetros) al lugar en el que se libró la batalla de Little Bighorn, donde un monumento a los guerreros indios que participa­ron en aquella contienda corona un promontorio al pie de Last Stand Hill. En el monumento conmemorativo hay pinturas, una lista de los caídos y diversas inscripciones, entre ellas una cita de Toro Sentado: «Cuando yo era niño los lakota gobernaban el mundo. El sol salía y se ponía en sus dominios. Enviaron al combate 10.000 hombres a caballo».

El sombrío recuerdo de Little Bighorn parece desvanecerse en cuanto se inician las actividades en la pista; pero aun así puede haber episodios tristes. La tarde siguiente a mi conversación con Tee Big Hair, un purasangre llamado Ollie’s Off­spring se rompió la pata por la espinilla, de puro esfuerzo, cuando estaba a 20 metros escasos de ganar la última carrera. De las gradas se elevó un gemido unánime de angustia. El caballo tuvo que ser sacrificado, delante de 5.000 personas, y evacuado con un tractor.

A la mañana siguiente, al hablar de nuevo con Tee, vi que el suceso le había afectado. «Me ha dolido en el alma», dijo. Su padre le había aconsejado que lo afrontara con filosofía, a la manera de los crow. Pero Tee me confesó que no era tan fácil de aceptar, por sus sentimientos hacia estos animales y los servicios que prestan. Se golpeó el pecho con el puño y proclamó: «Es amor, ni más ni menos. Uno debe proteger a su caballo».

Los relevos indios no son la única gesta que evoca las grandes dotes para la equitación que tuvieron los nativos americanos en el pasado. En el Omak Stampede, un rodeo que se celebra en Omak, Washington, una localidad lindante con la Reserva India Colville, el broche final de cada día es una ronda eliminatoria de la famosa (infame para algunos) Carrera Suicida. Ideada por un publicista blanco en 1935, la prueba tiene sus raíces en las antiguas carreras de resistencia. En ella se admite a cualquiera que esté lo bastante loco como para conducir a su caballo por un abrupto descenso (una pendiente de 62 grados: un risco vertical desde el punto de vista de un equino) hasta el río Okanogan.

Antes de la Carrera Suicida algunos jinetes rezan en un lugar ceremonial o engalanan a sus caballos con plumas de águila. Otros se limitan a ajustarse el casco y el chaleco salvavidas, y se encomiendan a la suerte. Más de una docena de animales llegan al agua casi en el mismo instante, atraviesan a nado la sección más profunda del cauce, se encaraman por la margen opuesta y entran al galope en la arena del rodeo hasta la iluminada línea de meta, un punto en el que sus jinetes –al menos los más hábiles y afortunados– están empapados pero siguen sobre sus monturas. Humane Society, una sociedad protectora de animales estadounidense, critica este espectáculo, que en las últimas décadas ha causado la muerte de más de 20 caballos.

El veterinario oficial del evento, Dan DeWeert, me expuso su particular punto de vista: «Esta es una carrera fantástica… siempre que no se re­­quieran mis servicios».

La tarde siguiente tuve ocasión de conversar con una encantadora mujer de cabello cano, Matilda «Tillie» Timentwa Gorr, en su tenderete de cuentas y tejidos artesanos del campamento indio. Mientras los tambores de un consejo tribal retumbaban en nuestros oídos, me contó algunas cosas sobre su familia, cuya vinculación a los caballos se remontaba por lo menos hasta su abuelo, el jefe Louie Timentwa, criador y tratante que había llegado a poseer 300 cabezas. Muchos de aquellos animales habían sido capturados en estado salvaje –los llamados mustangs o cimarrones– en las montañas de los alrededores. Tillie recordaba que cuando su padre era joven, el abuelo Louie lo enviaba al monte con una instrucción muy precisa: no regresar a casa montado en el mismo caballo. «Y nunca lo hizo», me aseguró ella. Su padre echaba el lazo a un mus­tang, le vendaba los ojos, lo maneaba y luego lo ensillaba. Seguidamente le aflojaba la maniota, saltaba sobre su lomo, le desataba la venda, se agarraba con fuerza durante el corcoveo, y al fin lograba domeñarlo y llevarlo a casa. Su montura habitual lo seguía por propia iniciativa.

De todos modos, la pericia en la monta no se limitaba a los miembros masculinos de la familia. La hija de Tillie, Kathy, participó en la Carrera Suicida el año en que cumplió los 18. Fue una mala experiencia: la embistieron por detrás, el caballo cayó al suelo, ella se fracturó la pierna y hubo que matar al pobre animal. Tillie no consintió que volviera a participar en la prueba.

Otra albacea de aquel legado cultural era Mary Marchand, una enérgica octogenaria con 211 des­cendientes, y matriarca de las Tribus Confederadas de la Reserva Colville. Mary y uno de sus hijos, Randy Lewis, se acomodaron junto a mí frente a la rampa de la Carrera Suicida mientras charlábamos sobre los viejos tiempos. Tiempo después de nuestro encuentro Mary falleció, y fue muy llorada por su comunidad. Pero aquel día estaba animada y llena de vida; lucía una blusa bordada de tonos azules, un collar de cuentas y hueso de alce tallado, y una visera de color lavanda donde se leía la palabra «Harvard». Tal y como ella las recordaba, en las antiguas carreras de resistencia, que cubrían unos ocho ki­­lómetros a través de las montañas, los jinetes hacían saltar a sus caballos sobre rocas y troncos, corrían ladera abajo y a veces incluso nadaban en los ríos. Les pregunté desde cuándo existían aquellas carreras. «Oh, vaya…», empezó a decir la anciana, perdida por un momento en el tiempo y la memoria. Fue Randy quien le dio voz: «Desde que tenemos caballos».

Estas costumbres no solo son tribales, sino que impregnan el ámbito familiar. El extenso clan de Tee Big Hair constituye un claro ejemplo; otro lo descubrí en la persona de una joven pies negros llamada Johnna Laplant, una amazona alta y esbelta procedente de Browning, Montana, apasionada de los caballos. La primera vez que la vi fue en el Pendleton Round-Up. Vestía de azul y cabalgaba un purasangre castrado de pelaje marrón oscuro en la Carrera Femenina, una prueba caracterizada por la monta a pelo y en la que participan mujeres indias. Johnna compitió ferozmente y salió victoriosa.

Entonces surgieron las complicaciones. Una adversaria cayó al suelo. El caballo que se había quedado sin jinete y los auxiliares que cabalgaban tras él lanzándole lazos resultaron una combinación fatal para Johnna y sus contrincantes, que se las vieron y desearon para detener sus caballos una vez cruzada la meta. Al ver la persecución de los auxiliares, el caballo de Johnna se confundió y siguió corriendo. Mientras tanto otra joven participante a lomos de un purasangre bayo dejó que su caballo diera media vuelta y arrancara a galope por la pista en sentido contrario. Todos presentimos lo que se avecinaba, miles de espectadores en las gradas pensamos a un tiempo «no… no… no…», hasta que ocurrió.

El bayo esquivó a un caballo que venía de cara y se estrelló frontalmente contra el castrado de Johnna, quien voló por los aires y se desplomó en la arena. Los dos animales y la otra mujer cayeron también. Johnna permaneció inmóvil, tumbada en el suelo. El castrado logró levantarse, pero aparentemente se había roto la pata an­­terior derecha. A Johnna se la llevaron en camilla.

Meses después volví a coincidir con ella en Missoula, Montana, y me dijo que su purasangre marrón había sobrevivido. Al final no hubo fractura, solo sufrió una lesión muscular de la que fue recuperándose poco a poco. En cuanto a ella, tuvo conmoción cerebral y un corte en el cuero cabelludo a la altura de la nuca, donde un caballo le pisoteó la cabeza, con abundante sangrado. Pero ahora se encontraba bien y había participado en algunos eventos a lo largo del último verano. Había ganado de nuevo la Carrera Femenina de Pendleton. Y había actuado de catcher en el equipo de relevos de su primo, un tal Narsis Reevis.

Narsis, de 30 años, más bien larguirucho, tenía un papel importante en el relato de Johnna. Había estado presente en el accidente de Pendleton y fue uno de los primeros que acudió en su auxilio. Al enterarse de que la caída no era grave, se esfumó para participar en la prueba de Relevos Indios, y conquistó la victoria. Era un maestro en esta especialidad. Su estatura le permitía utilizar la misma técnica que el veterano Dennis Big Hair. Narsis había enseñado a cabalgar a Johnna. «De no ser por él –dijo la joven–, hoy no sabría nada sobre caballos.»

Visité a Narsis en Browning, una población situada en una reserva al este del Parque Nacional Glacier. Me habló de su abuelo, Lloyd «Curly» Reevis, un vaquero de profesión ya entrado en años que lo había acogido en las cuadras que tenía a su cargo cuando era un chiquillo. En su día Curly había competido en diversos rodeos, sobre todo como lacero. «Son los únicos caballos con los que crecí, buenos caballos de lazo –afirmó Narsis–. Alcanzan gran velocidad y son muy receptivos a las riendas.» Sus tíos Steve y Tim Reevis, excelentes jinetes, también habían estado allí, ayudando al pequeño en su aprendizaje. Posteriormente Steve colaboró en la película Bailando con lobos como especialista, mientras que Tim trabajó nueve años en un espectáculo del Salvaje Oeste en Euro Disney.

El día que conocí a Curly Reevis me encontré con un personaje regio, de constitución robusta. Tenía 79 años. Llevaba un sombrero vaquero de color negro y una chaqueta a juego. Su rostro estaba surcado de arrugas profundas, tenía las orejas alargadas y en los ojos se apreciaba un destello de ingenio. Me reveló algunos datos sobre la historia familiar de los Reevis. Primer punto que debía saber: su ascendencia era mitad francesa y mitad pies negros. Segundo punto: los caballos. «Teníamos caballos por todas partes», dijo refiriéndose a su infancia. Caballos en los cercados, caballos salvajes corriendo libremente; subían a la cima de una colina, miraban a su alrededor y veían caballos. «En la reserva, esa era nuestra vida», resumió.

Esa era su vida: familia y caballos. Su historia recordaba de algún modo la que me había descrito Toni Minthorn, en Pendleton, al referirse a la niña pobre sin una muñeca pero con 47 ca­­ballos. Y cuadraba también con lo que me había explicado Johnna, que era bisnieta de Curly. Del mismo modo que Narsis le había enseñado a montar, y los tíos Tim y Steve habían enseñado a Narsis, y anteriormente alguien había enseñado a Curly, ahora Johnna instruía a sus primos más pequeños. Las niñas de entre seis y ocho años de la reserva y varios chicos algo mayores ya daban muestras de confianza a lomos de una montura y de un talento floreciente como jinetes bajo la tutela de una heroína familiar, la prima alta y esbelta que había ganado dos veces en Pendleton. Puede que la cadena de transmisión no sea eterna, pero es muy valiosa.

Uno asimila las aptitudes y la pasión que ha heredado de sus antepasados; aprende el método de sus mayores y hace suya esa pasión; consigue perfeccionarse, convertirse en un experto, y luego es generoso con la pericia adquirida; cuida con amor y sensatez de sus animales; pasa el testigo de la tradición familiar a parientes más jóvenes. Fortalece así la unión y el orgullo de su familia. Ese es el Relevo Indio por excelencia.

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Tomado de: National Geographic

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