Iqer, el arquero


Fue enterrado hace 4.000 años en Luxor. Arqueólogos españoles hallaron intacto su enterramiento, acercándonos a una época poco conocida del antiguo Egipto.

Por José Manuel Galán, mayo de 2014

El rais Ali Farouk y sus ayudantes extraen con sumo cuidado el ataúd de Iqer de su lugar de enterramiento.
El rais Ali Farouk y sus ayudantes extraen con sumo cuidado el ataúd de Iqer de su lugar de enterramiento. – Foto: José Manuel Galán

Tebas, capital del Alto Egipto, hacia 1470 a.C. Djehuty, supervisor del Tesoro y de los artesanos bajo el reinado de Hatshepsut, en su afán por construirse una «morada para la eternidad» que llamara la atención de quienes anduvieran por aquella zona de la necrópolis, ordenó am­­pliar la fachada tallada en la roca de la colina de Dra Abu el-Naga con sillares de piedra caliza hasta superar los cinco metros de altura. Además alargó el patio de entrada hasta los 34 metros de longitud. Para conseguir un patio tan largo, los trabajadores fueron tirando delante de la fachada las lascas de piedra resultantes de picar la roca para construir la parte interior de la tumba-capilla, con el fin de nivelar la inclinación natural de la falda de la colina y lograr así una mayor superficie horizontal. En el proceso, consciente o inconscientemente, cubrieron enterramientos anteriores, 500 años más antiguos, de alrededor del año 2000 a.C., y al hacerlo, quedaron ocultos y protegidos hasta nuestros días.

El 14 de febrero de 2007 hallamos, a 22 metros de la fachada, un ataúd cuya base descansaba sobre la roca madre a solo un metro por debajo del nivel del «falso suelo» del patio de Djehuty. Había sido cubierto simplemente con tierra y, al no disponer de protección alguna, las sucesivas filtraciones de agua habían acumulado gran cantidad de barro en el interior del féretro. Su propietaria, a la que apodamos Valentina, era una mujer de más de 50 años cuyo único adorno era un ligero collar de cuentas de fayenza y que por todo ajuar tenía dos pequeñas vasijas de barro.Al año siguiente descubrimos en esa misma zona un segundo enterramiento. En esta ocasión el ataúd había sido empujado hasta el interior de una pequeña oquedad en la roca madre, que luego se cerró con grandes piedras. La pista de este enterramiento nos la proporcionó el hallazgo previo de una bandeja de barro que se había dejado fuera, a la entrada de la oquedad, para hacer las libaciones de despedida del difunto una vez hubiera sido enterrado. Al lado del ataúd, junto a la parte donde reposaba la cabeza, había cinco flechas fabricadas con cañas y madera de acacia. A pesar de que por dentro del abrigo rocoso también había corrido el agua, estaban en buen estado y todavía conservaban algunas plumas de ave pegadas en el extremo posterior. Las flechas se habían partido en dos de forma intencionada para que no pudieran utilizarse por arte de magia contra el difunto en el Más Allá.

A diferencia del anterior, este ataúd estaba pintado de rojo, con una banda blanca que recorría los cuatro laterales y la tapa y estaba inscrita con signos jeroglíficos policromados de estilo naïf característico de la XI dinastía, de hacia el año 2000 a.C. Como anécdota cabe destacar que el escriba, siguiendo con el mismo «juego» que con las flechas, cortó el cuello a la figura de la serpiente, que en egipcio antiguo se utiliza para escribir la letra efe, para que no pudiera cobrar vida y herir al difunto.

Las inscripciones solicitan a las divinidades de la necrópolis, Osiris, Anubis y Hathor, que concedan al propietario un buen enterramiento y todo tipo de ofrendas. Su nombre, Iqer, que significa «el excelente», aparece escrito una sola vez en los pies del ataúd. Fue depositado de costado y mirando hacia el este, hacia la salida del sol. Iqer podría ver cada mañana el astro por arte de magia a través de dos grandes ojos pintados en ese lateral. Su cuerpo fue envuelto en un sudario y la cabeza y el torso se cubrieron con una máscara funeraria de cartonaje pintada de vivos colores, con la tez amarillenta (el color convencional para los varones) y con la representación de una barba incipiente y un ancho collar de cuentas de fayenza sobre el pecho. Sobre la momia se colocaron cuatro bastones de mando y dos arcos casi de su misma altura. Iqer medía 1,57 metros y debió de fallecer ya cerca de los 40 años. Su cráneo parece indicar que era de tipo negroide y que en la adolescencia recibió un fuerte golpe en el pómulo izquierdo que le dejó el hueso deformado. Además, debió de sufrir dolores de espalda, como refleja una lesión en la quinta vértebra lumbar.

La egiptóloga Salima Ikram, de la Universidad Americana de El Cairo, puntualiza que «el enterramiento intacto de Iqer es uno de los hallazgos arqueológicos más excitantes de la antigua Tebas. Cada aspecto del conjunto funerario es un auténtico tesoro de información, desde su ataúd pintado con prisas [así lo sugieren los chorretones de pintura roja que manchan la banda blanca y los signos jeroglíficos de la inscripción, pintados previamente], hasta los insectos que proliferaron en su cuerpo humildemente momificado».

Es posible que Iqer fuera uno de los guerreros nubios empleados como mercenarios por Montuhotep II, el primer gobernante de Tebas que consiguió coronarse rey del Alto y del Bajo Egipto hacia el año 2000 a.C., durante la XI dinastía. El desgaste de la guerra civil contra los reyes del norte había empujado al líder rebelde tebano a engrosar su ejército con soldados extranjeros, y muchos de ellos, tras arrasar Heracleópolis, se asentaron en la nueva capital del reino, Tebas, quedando al servicio del nuevo soberano. El ejército se había convertido en un medio factible para inmigrar e integrarse en la sociedad egipcia, e Iqer podría haber sido un buen ejemplo de ello. La carrera militar era ya entonces un modo eficaz y rápido de promoción social.

Montuhotep II, unificador del país, se convir­tió en el rey tebano por excelencia y su recuerdo perviviría durante siglos entre los monarcas egipcios. Quinientos años después la reina Hat­shepsut busca asociarse a él construyendo junto a su tumba y templo funerario el suyo propio, en Deir el-Bahari. Por otro lado, los artistas y escribas de la reina, como lo fue Djehuty, consideraron aquella época como el clasicismo y buscaron en ese pasado los modelos y la inspiración a partir de los cuales desarrollar sus creaciones.

La extracción del ataúd de Iqer del lugar donde recibió sepultura fue muy laboriosa: parte del techo de la oquedad se encontraba medio metro por debajo del muro lateral de adobes del patio de entrada a la tumba-capilla de Djehuty, que en ese punto alcanzaba tres metros de altura y cuya estabilidad no debíamos debilitar. El agua que en época antigua se filtró dentro del ataúd estropeó parte de la máscara de cartonaje y del sudario, y por fuera provocó que la tierra con la que se enterró parcialmente se incrustara en la pintura. Su limpieza y consolidación se llevó a cabo durante las cuatro campañas siguientes en el interior del monumento de Djehuty. En mayo de 2012 Iqer fue trasladado al Museo de Luxor, donde hoy se exhibe con sus inseparables arcos, flechas y bastones de mando.

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Tomado de: National Geographic

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