Daniel Johnston, el «outsider» que saltó la barrera


La editorial Sexto Piso recupera la producción visual del artista, reunida en un libro gráfico de su obra completa. Dibujos con los que el estadounidense huye del trastorno mental que padece.

INÉS MARTÍN RODRIGO / MADRID
Día 05/10/2014 – 01.50h

Daniel JohnstonDaniel Johnston (California, 1961) podría ser, perfectamente, uno de los personajes que Diane Arbus (1923-1971) retrataba. Su figura no hubiera escapado del objetivo de la fotógrafa, obsesionada por plasmar la esencia de los «outsiders», de los raros, de los frikis, honestos habitantes de este cabaret burlesco que llamamos vida.

Nacido hace 51 años en Palm Springs, Johnston lleva más de la mitad de su vida ejerciendo el arte desde la periferia. Diagnosticado como bipolar, su trastorno mental le mantuvo un tiempo agazapado en la sombra de la enfermedad, luchando por salir a la superficie, pero incapaz de acallar los demonios que le cegaban. Hasta que el arte se impuso a la (a veces) inútil cordura que domina el día a día.

¿El resultado? Una inclasificable obra (sin mencionar su producción discográfica) que ha sido reunida en un magnífico libro gráfico que estos días se publica en España. Editado por Sexto Piso, «Daniel Johnston» recoge toda la producción visual del artista estadounidense, con más de cien obras que van desde su juventud hasta la actualidad, acompañadas de textos de Philippe Vergne, director del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles(MoCA), el artista Harvey Pekar y el músico Jad Fair.

El universo Johnston

Sus protagonistas son los habituales personajes del universo Johnston: Joe el Boxeador, un hombre común que lucha contra sus demonios; Gasparín, el fantasma amigable; el Hombre Bombilla, superhéroe redentor; el tipo de los calzoncillos moteados, uno de los primeros álter ego del artista; la rana Jeremías, que simboliza la inocencia a través de sus pupilas dilatadas; Sassy Fras, el gato indeterminado; el Pato, de buen corazón; Frankenstein, Hulk, King Kong… y tantas otras bestias de múltiples ojos, criaturas satánicas que en realidad son monstruos buenos que luchan contra su incapacidad social.

La misma que padece su creador, que comenzó a dibujar para así poder intercambiar sus «obras» (entonces meros garabatos coloreados en papeles desperdigados) por discos y cómics. Su llegada al mundo del arte, digamos, fue casual, aunque con el tiempo esas mismas obras, más (in)adaptadas, terminaran colgando de las paredes del Museo Whitney de Nueva York y cotizándose a precios sorprendentes.

Como el propio Daniel Johnston explica en el libro, que contiene fragmentos de una conversación que los editores de Rizzoli mantuvieron con él antes de la actuación que iba a ofrecer en Filadelfia el 22 de febrero de 2008, «el arte debe difundirse, ¿no?». Poco dado a conceder entrevistas por razones obvias, Johnston se sincera en un pub cercano al Trocadero de la ciudad estadounidense, mientras disfruta de un plato de fish and chips.

«No todo el mundo irá al museo, o quizá vas un día a ver algo y ya está. Quizá vuelvas después y la pieza ya no está ahí. Si tienes el libro, puedes disfrutar por siempre, puedes recortar, enmarcar y colgar sus páginas en la pared [advertencia: no hagan eso en casa con este libro, estarían cometiendo un pecado], puedes hacer lo que quieras», se justifica al ser preguntado por la publicación de su obra.

Honesto y vehemente. Como las letras de sus canciones, las mismas que un día sorprendieron a Kurt Cobain, responsable involuntario de que Daniel Johnston saltara al estrellato. El cantante de Nirvana se enfundó una camiseta que llevaba plasmada la rana Jeremías para recibir su premio MTV en 1991… y nació el mito.

Es un «Sancho Panza que se ha divorciado de Don Quijote porque ha entendido la vacuidad, la vanidad, la autoindulgencia y, en última instancia, la inutilidad de semejante personaje», explica Vergne en el libro. Para él, Daniel Johnston es «la figura por excelencia del marginal solitario», si bien «no necesita al establishment del arte, aunque, con toda seguridad, el establishment del arte necesita aprender de él y de su independencia feroz». Por eso Vergne lo ubica en el «panteón de inadaptados culturales», aquellos que «se han proyectado a sí mismos y a sus aportaciones hacia el mundo desde lo underground».

Verdad universal

Los dibujos de Daniel Johnston están, a juicio del director del MoCA, «guiados por algo pragmático, y traducen una sensibilidad desnuda y sofisticada». De hecho, los bocadillos de texto que acompañan a Joe el Boxeador o al Hombre Bombilla son declaraciones «francas, sencillas y parecen funcionar en un nivel de verdad universal que cuestiona la vida y la muerte, el amor, la violencia y la soledad». Calidad cruda, enmarcada en la categoría de lo grotesco, capaz de sacar del «coma perceptivo y cognitivo de la cultura de masas».

Y es que, como el propio Johnston reconoce, «si en la vida ves más allá de la inocencia, si ves más lo negativo, la pornografía, la violencia u otras cosas horribles, esto te acabaría afectando tras pensar mucho en ello». Lo dice alguien que adora a Dalí y Picasso («me gustan todos los grandes») y que, siendo niño, estudiaba con detalle cada libro de arte que caía en sus manos.

Eso fue mucho antes de que Jack Kirby, creador del Capitán América, y James Thurber, caricaturista del New Yorker, se convirtieran en sus principales referentes. Antes, también, de que el cineasta Jeff Feuerzeig filmara «The Devil and Daniel Johnston» (2005), fantástico y crudo documental sobre la vida y obra del californiano (una de las secuencias narra cómo Daniel estrelló una avioneta en la que viajaba junto a su padre). Incluso antes de que el artista fuera amonestado por la policía de Nueva York tras pintar el símbolo cristiano del pez en los muros que rodean la Estatua de la Libertad.

Pruebas de que, como advierte Harvey Pekar en el libro, «Daniel Johnston no es grande porque tiene trastorno bipolar, sino a pesar de ello». Un artista, en palabras de Vergne, que «no es un intelectual ni un idiota, y que en todo momento asciende desde lo más bajo para caer desde lo más alto». No sin antes preguntarnos: «Hi, how are you?».

El arte como forma de consuelo

«Daniel Johnston», publicado por Sexto Piso, tiene un hermoso epílogo firmado por Bill Johnston, padre del artista. En él, el también mánager y custodio de Daniel asegura que «reza por que sus obras le puedan dar consuelo a todos aquellos que se sientan conmovidos por ellas». Obras que son una crónica de «todos sus años de cambios de estados de ánimo y un intento por llevar a todos los espectadores hacia su mundo» y que le vean como él le ve. Un mundo en el que Bill lamenta no haber logrado entrar del todo.

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Tomado de: ABC.es

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