San Petersburgo, la ciudad imperial


Tras 23 años de cambios sustanciales, la gran urbe del norte ruso lucha por mantener el alma que siempre la distinguió desde su fundación hace tres siglos.

DPA | REDACCIÓN MIAMI DLA
SÁBADO 4 DE OCTUBRE DE 2014

La Iglesia del Salvador
La Iglesia del Salvador sobresale con su colorida fachada. (dpa)

Mirando al mar Báltico y sin mayor pretensión que ser admirada por sus hermosas edificaciones, San Petersburgo, la capital del antiguo Imperio ruso, no abandona su importancia cultural ni olvida su trascendencia histórica.

Primero le llamaron San Petersburgo, cuando el zar Pedro el Grande mandó a construirla sobre la nada a principios del siglo XVIII. Luego la renombraron Petrogrado para eliminar la influencia del idioma alemán y más tarde Leningrado, cuando los soviéticos rindieron pleitesía al líder de la revolución de 1917.

San Petersburgo recuperó su nombre hace ya 23 años y desde entonces no para de mostrar su caudal de palacios, iglesias de cúpulas doradas, grandes plazas y un sinfín de canales salpicados de puentes.

Por eso, abordamos el autobús turístico para recorrer los puntos más importantes de la ciudad y paseamos por Nevski Prospekt, la gran avenida de San Petersburgo, donde se agolpan los locales comerciales.

A unos pasos de allí, a orillas del canal Griboyedov, está la Iglesia del Salvador con sus cúpulas acebolladas y colorida fachada que anuncia la riqueza de la antigua arquitectura.

No obstante, sobresale la imagen inconfundible del Palacio de Invierno, sede del inigualable Museo del Hermitage, que fue la residencia oficial de los zares, de 1732 a 1917, que lograron regir el extenso territorio con un férreo régimen dictatorial.

Sin embargo, la mejor manera de conocer el alma rusa, que la gran ciudad del norte lucha por mantener, es relacionándonos con el pueblo de una manera más directa para saber cómo viven.

La guía nos da la oportunidad y visitamos la casa de Irina, una amiga del chófer del autobús, donde tomamos té, comemos galletitas con forma de gato, un pastel de manzana y un sorbo de vodka que no puede faltar.

Para nuestra sorpresa, supimos que la verdadera alma rusa cuelga en una de la paredes del salón de la casa. Es una pintura que muestra la imagen de un elefante de mirada triste que está sentado junto a un lago y mira al horizonte, mientras una botella vacía de vodka yace a su lado y el resto de la pradera muestra un color verde intenso.

La pintura se titula Patria y es obra de Nikolai Kopeikin. “Esta es el alma rusa”, afirmó la anfitriona.

Cómo llegar: Varias aerolíneas prestan servicio a la antigua ciudad de los zares, previo cambio de avión en Moscú. Aeroflot vuela desde Miami a la capital rusa. 

A tomar en cuenta 
La mejor época para visitar la zona son los meses de abril a octubre, cuando la temperatura no es fría.

Tomado de: Diario Las Américas

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