¿Legionarios en China?


Diez mil prisioneros romanos se perdieron en las brumas de Asia Central, la ruta de la seda, tras la derrota de Carras en el año 53 antes de Cristo.

JAVIER MUÑOZ
26 octubre 2014

Mapa de Asia central
Mapa de Asia central, el mundo que conoció el viajero chino Ziang Quiang.

Corría el año 36 antes de Cristo. Las tropas chinas que atacaban Zhezhe, población de la actual Kirguizistán, se fijaron en que el enemigo combatía en formación de tortuga (los guerreros se apiñaban bajo un techo formado con los escudos). Dos mil años después de aquellos hechos, algunos historiadores de Occidente creyeron reconocer en ese y otros detalles, descritos en antiguas crónicas chinas, los métodos de las legiones romanas.

Los eruditos occidentales se preguntaron cómo Zhezhe, un enclave de etnia xiongnu (algunos los consideran los antepasados de los hunos), luchaba como la República de Roma. ¿Había legionarios en Asia Central más allá de los territorios conquistados y helenizados por Alejandro Magno en el siglo IV antes de Cristo? ¿O eran guerreros que habían luchado después contra los romanos en Oriente Medio y copiaron sus métodos?

Otro indicio suscitaba tales preguntas. Unos años después de que Zhezhe fuera conquistada y de que los vencedores se llevaran consigo a más de un centenar de prisioneros, en China se fundó una ciudad llamada Lijian, que según los historiadores chinos es uno de los nombres con los que se designaba a Roma o a sus territorios asiáticos en tiempos de la dinastía Han. Lijian, situada en la actual provincia de Gusan, fue mencionada por vez primera en el año 5 después de Cristo y se mantuvo en los registros catastrales hasta el siglo V.

La hipótesis de que en el año 5, la época del emperador Octavio Augusto, pudo haber otra Roma en Extremo Oriente, un lugar real o ficticio que se ha desvanecido en el recuerdo se menciona en el libro ‘La ruta de la seda’, de la historiadora francesa Luce Boulnois (Ed. Península). Esta especialista en las culturas china y rusa se remitía al colega británico Homer H. Dubs, quien en 1957 escribió un ensayo titulado ‘A Roman City in Ancient China’, en el que habla de vestigios romanos en Zhezhe y Lijian. Para analizar esa teoría hay que retroceder en el tiempo y hacer un largo viaje desde China al oeste, a los confines del mundo.

Lógicamente, a los confines del mundo tal y como lo veían los emperadores Han, que se consideraban los señores del Imperio del Centro y vivían encerrados dentro de la Gran Muralla. En el 138 antes de Cristo, el emperador Wudi ordenó al explorador Ziang Quiang que saliera fuera y recorriera lo que para los chinos eran los ‘desconocidos’ territorios occidentales. Wudi le encomendó que buscara aliados precisamente contra los xiongnu, los bárbaros que habían obligado a ampliar la Gran Muralla el siglo anterior y que no habían dejado de hostigar al imperio, ni dejarían de hacerlo más adelante, como hemos visto en Zhezhe.

El enviado imperial encabezó tres expediciones entre el 138 y más o menos el 115 antes de Cristo, y vivió innumerables experiencias a medio camino entre la diplomacia y la aventura, en las que recopiló abundante información. Ziang Quiana llegó a Dayuan (valle de Ferganá, en el este de Uzbekistán), a Daxia (Afganistán) y al país de los wusun, pueblo asentado cerca del lago Baljash (Kazakistán). No consiguió los aliados que le pedía Wudi, pero sí procuró al ejército chino los valiosos caballos celestiales de Ferganá, ofreciendo seda a cambio. El mundo de la dinastía Han se ensanchó, aunque tenía nombres diferentes de los que le había puesto Occidente. Al sur del Himalaya estaba Shengdu (India) y al oeste de Daxia, Anxi (el imperio de los partos). Hasta esa tierra llegaría una delegación china, donde les hablaron de otros países situados aún más al oeste.

Ziang Quiang (héroe nacional para los chinos de hoy) murió en el 113 antes de Cristo sin conocer a los romanos, quienes también sabían de China y de su seda, un tejido que los fascinaba y que era el motivo por el que llamaban ‘seres’ a quienes lo fabricaban, sin haber tratado directamente con ellos. Sin embargo, sesenta años más tarde, en un lugar de la actual Turquía próximo a la frontera con Siria, tuvo lugar un episodio que puso de relieve el fascinante aislamiento de Roma y China. Se trata de la batalla de Carras, del año 53 antes de Cristo, en la que un ejército romano formado por 30.000 o 40.000 legionarios y mercenarios de la Galia y de otras regiones, fue prácticamente aniquilado por las tropas del rey de los partos, Orodes II.

Los partos eran herederos de los imperios seléucida y persa, y sus dominios se extendían desde Mesopotamia hasta Asia central. Eran un pueblo poderoso que, a diferencia de Roma, sí había tenido contactos con los chinos. En Carras, los guerreros de Orodes II mataron a 20.000 enemigos romanos y capturaron a otros 10.000, enviándolos al otro extremo de su imperio, en lo que hoy es la República de Turkmenistán.

El rastro de esos cautivos se desvaneció y por eso se los conoce como la ‘legión perdida’. El misterio que los envuelve confiere cierta verosimilitud a las teorías de Homer H. Dubs sobre la presencia romana en Extremo Oriente entre los siglos I antes de Cristo y I después de Cristo.

El desastre de Carras lo provocó el triunviro Marco Licinio Craso, aliado de Julio César y de Pompeyo en los turbulentos años de la República. En el 57 antes de Cristo había sofocado la revuelta de esclavos liderada por Espartaco, y un año después, en el 56, marchó a Siria como gobernador. Craso necesitaba una gesta militar que lo hiciera tan popular como César y Pompeyo, así que en el 53 atacó a los partos sin mediar provocación, vulnerando un tratado fronterizo y adentrándose en un avispero.

El objetivo de Craso era Seleucia, ciudad helenística de Mesopotamia que los partos habían convertido en su capital occidental. Para llegar allí tomó un camino desolado que lo dejaba en desventaja frente al enemigo, constituido por 10.000 arqueros a caballo y 1.000 camellos bactrianos (Bactria y Daxia son Afganistán). Los partos eran célebres en el manejo del arco. Podían atravesar a dos hombres con una sola flecha y clavar la mano del enemigo al escudo. También eran hábiles domadores de caballos y camellos. No obstante, no fue su pericia lo que inclinó balanza en Carras. En el primer choque con los romanos les infligieron escasos daños; pero las tornas cambiaron cuando la unidad que dirigía el hijo de Craso fue exterminada. El padre, entristecido, ordenó a sus tropas que se retiraran de noche, y ese error permitió a sus enemigos dar el golpe decisivo.

Craso fue capturado y ejecutado. Los vencedores le cortaron la cabeza y la mano derecha. Se dice que su cráneo se utilizó en la representación teatral de ‘Las bacantes’ en Seleucia. Según otra versión, el verdugo vertió oro fundido en su garganta. Es una leyenda, pero demuestra el desprecio que inspiraba el triunviro, un millonario que se había enriquecido con la especulación inmobiliaria y las contratas de servicios públicos de la República. Compró a bajo precio las fincas expropiadas a los propietarios que fueron declarados proscritos bajo la dictadura de Sila y explotó un servicio de bomberos que cobraba por anticipado antes de apagar el fuego. Cuanto más se tardaba en aceptar la tarifa, más se depreciaba el solar destruido por las llamas.

Antes de que los partos lo ajusticiaran, Craso pudo comprobar que los soldados de Orodes II habían confeccionado sus estandartes con seda.

El comercio de ese tejido había aumentado en Asia Central gracias a los viajes de Ziang Quiang y sus sucesores. Cincuenta o sesenta años antes de la batalla de Carras, los partos habían recibido a una delegación del emperador Wudi, y por la misma época otra embajada de los partos visitó China y obsequió a Wudi con cinco prestidigitadores y una mandolina esférica que los chinos llamaron pipa y llegó a Japón.

La seda se convirtió en el eje de las relaciones entre Europa y Extremo Oriente, separadas por el imperio parto. A la muerte de Craso fue un artículo extremadamente cotizado en Roma. Poco después, en tiempos del emperador Octavio Augusto, tuvo tanto éxito que se prohibió a los hombres vestirse con esas túnicas. El emperador, rodeado de una corte de nuevos ricos, decretó que la seda simbolizaba el lujo y la decadencia moral en contraposición a la sobriedad de la República. Además ponía en peligro la economía, ya que provocaba una fuga de metales preciosos para pagar las importaciones.

Marco Licinio Craso representó la ambición que los partos humillaron en Carras. El fruto de esa obsesión fue una legión perdida obligada a errar por Asia central bajo el flamear de banderas de seda.

Tomado de: El Correo.com

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