La momia y sus Ray Ban


El monje budista Phra Khru Samathakittikhun murió en 1973, justo cuando lo había predicho y mientras meditaba. Su cuerpo incorrupto sigue expuesto en el monasterio tailandés de Wat Khunaram.

Luis López

Momia del monje budista Phra Khru Samathakittikhun
Así como murió hace 40 años hoy sigue el cuerpo de Phra Khru Samathakittikhun.

Cuando Phra Khru Samathakittikhun tenía 79 años y ocho meses de edad decidió que ya había vivido suficiente. Era 1973. Este monje budista, conocido por sus depuradas técnicas de meditación, se sentó en el suelo del monasterio Wat Khunaram del que era abad. Dejó de hablar y de comer. Ni se movió durante días. Y transcurrida una semana de recogimiento místico, justo en el momento en que lo había predicho, la vida se le escurrió. Simplemente dejó de respirar. Pero no varió su postura, espalda erguida y piernas cruzadas.

Hoy, 41 años después, sigue igual. Sentado y envuelto en su túnica azafrán. Es cierto que sus labios secos han retrocedido y dejan a la vista una dentadura amarilla, que la piel es de pergamino y el pelo ralo apenas perceptible. Resumiendo, se ha convertido en una momia y esa incorruptibilidad le da un aire milagroso. Phra Khru Samathakittikhun había ordenado a sus pupilos que tras su muerte, si la naturaleza seguía su curso habitual, debía ser incinerado y sus cenizas esparcidas en Koh Samui, la isla donde vivió y murió. Pero si la descomposición no sobrevenía -producto de las especiales condiciones de temperatura y humedad en el lugar, y no de sofisticadas técnicas de embalsamamiento- su deseo era ser mantenido como ahora está, expuesto en su querido monasterio, a la vista de curiosos y devotos, para servir de inspiración a quienes quieran seguir los preceptos budistas.

La momia y sus Ray Ban

Lo único con lo que no pareció contar el abad fue con la desintegración de sus ojos muertos y con los dos abismos que dejarían en su rostro eterno. Para que el maestro no se quedase con ese aspecto macabro, alguien decidió ponerle unas gafas de sol Ray Ban. Un complemento que, por otra parte, le procura una apariencia entre extravagante y divertida, diferente a la de otros monjes incorruptos que se exponen con menos éxito de público en varios monasterios budistas tailandeses.

Porque en este país, igual que en buena parte de las culturas orientales, la muerte se asume con naturalidad cotidiana, como parte misma de la vida. Sin necesidad de llegar a los extremos de conservar las calaveras de los parientes en la repisa de la cocina, los tailandeses conviven sin problemas con la certeza de su naturaleza mortal y no les molesta tropezarse con recordatorios de esta realidad que a los occidentales suelen resultarles chocantes y hasta repulsivos.

Urna con fragmentos de papel de oro

También es cierto que la visita a Phra Khru Samathakittikhun forma parte de un todo. El monasterio Wat Khunaram está al sur de Koh Samui, en el interior de la isla, alejado de las masas enrojecidas que disfrutan de los hoteles costeros. Un espacio central de tierra pisada con un árbol en medio hace las veces de parking para motos y está rodeado de las habituales construcciones que conforman un complejo budista. En frente, el templo brillante de techo enrevesado, con sus columnas de colores y su escalinata repleta de sandalias; detrás, las habitaciones de los monjes; y a la derecha una construcción modesta donde reposa la momia desde hace décadas.

Está elevada, en el interior una urna salpicada con fragmentos de papel de oro como en homenaje a la memoria del maestre. Y frente a ella, una estatua dorada del antiguo abad que reproduce el gesto y postura que tenía en el momento de fallecer. Al lado, una fotografía en blanco y negro del cadáver. A menudo, en un extremo de la estancia un monje dormita recostado sobre una esterilla, justo debajo de un ventilador perezoso. Siempre hay religiosos por ahí. Sonríen y cuentan la historia del maestro y, a quien se interesa por ella, le hacen como un ritual de purificación.

Tomado de: El Correo.com

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