Avalancha en el Everest. Horas tristes en la cima del mundo


La historia de la gigantesca avalancha en el monte Everest que segó la vida de 16 profesionales de las expediciones y cambió para siempre la vida en la montaña.

Por Chip Brown, noviembre de 2014


Año 2013: los pájaros cabalgan los vientos que baten los picos cercanos al Everest, mientras Lakpa Sherpa, guía y propietario de una empresa que organiza expediciones de alta montaña, hace una pausa para tomar un té y tener un momento de reflexión – Foto: Aaron Huey

Considerado uno de los tramos más peligrosos del mundo entre los escaladores, la cascada del Khumbu es un abrupto laberinto de seracs, con profundas grietas y tortuosas moles de hielo inestable, un terreno glaciar impredecible que desciende 610 metros garganta abajo entre el hombro oeste del Everest y el Nuptse, el pico de 7.861 metros que domina el Campo Base.

Muchos colegas de Nima se las habían visto y deseado para subir la cascada de hielo esa ma­ñana del 18 de abril. Después de tomar el desayu­no típico de té y tsampa (gachas de cebada), se habían echado al hombro las cargas empacadas la noche anterior. Unos llevaban cuerdas, palas de nieve, anclajes y demás material para instalar un pasamano de cuerdas fijas hasta la cima del Everest, a 8.850 metros de altitud. Otros acarrea­ban el equipo para montar cuatro campamentos intermedios a mayores altitudes: sacos de dormir, tiendas comedor, mesas, sillas y hasta calefactores, alfombras y flores de plástico para que sus clientes comiesen en un entorno acogedor.

Algunos tenían aún en la cara restos de la ha­­rina de cebada tostada que se habían refregado unos a otros durante las ceremonias de la puja de la víspera, cuando pidieron a Jomo Miyo Lang Sangma, la diosa que mora en el Everest, que les concediese un buen paso y «larga vida». Algunos de aquellos montañeros ya habían subido y bajado varias veces desde que el equipo de sherpas especializados en escalada en hielo, apodados «Icefall doctors» (Doctores de la cascada de hielo), abrieran la ruta a principios de abril. La línea de cuerdas fijas y escalas de aluminio que salvaban riscos y grietas no difería mucho de la de las últimas temporadas, aunque estaba más cerca del flanco del hombro oeste, proclive a sufrir aludes, donde a 300 metros de altura se cernía amenazador un voluminoso glaciar suspendido.

A pesar de ir con cargas de hasta 45 kilos de peso, a la mayoría les sobraba forma física para salvar los 3,3 kilómetros hasta el Campo I en menos de tres horas y media. A una hora por encima del Campo Base, Nima Chhiring, contratado por una expedición china, alcanzó la zona conocida como Popcorn (Palomitas de Maíz), donde la ruta ganaba pendiente al atravesar un revoltijo de bloques de hielo bien provisto de escalas. Más adelante, en una zona llana conocida como Football Field (Campo de Fútbol), donde los alpinistas solían parar a descansar, era habitual oír los crujidos del glaciar de Khumbu, cuyo hielo avanzaba a sacudidas a un ritmo de un metro diario. Por encima del Campo de Fútbol había otra zona especialmente peligrosa de bloques de hielo del tamaño de una casa y precarias torres de hielo, tras la cual la ruta de Nima Chhiring se volvería más fácil, pues el glaciar de Khumbu se nivelaba en la vasta planicie blanca del Cwm Occidental.

A eso de las seis de la mañana, ya pasado el Campo de Fútbol, Nima Chhiring alcanzó la base de una pared de hielo de unos 12 metros de alto. Emprendió entonces la incómoda tarea de subir por una escalera triple (tres escalas de aluminio atadas entre sí), con la pesada carga a la espalda, crampones en las botas y sin soltar un dispositivo ascensor que tenía que enganchar y desenganchar constantemente conforme iba dejando atrás los anclajes de la cuerda fija. Cuando llegó arriba, se quedó consternado al ver decenas de trabajadores de montaña apostados en una cornisa de hielo inclinada. Algunos estaban de pie, fumando. Otros hacían cola, esperando su turno para salvar una zanja bajando por dos escalas atadas. Esa misma madrugada, el movimiento del hielo ya había aflojado al menos una vez los anclajes inferiores de la escalera de descenso, y de ahí el embotellamiento. Quienes habían alcanzado aquel tramo a las cinco de la mañana se habían encontrado con largas colas, aunque la escala ya estaba reanclada.
Cuando una hora más tarde llegó Nima Chhiring, los anclajes estaban sueltos otra vez.

«Calculo que allí había más de cien personas atascadas; muchos estaban descendiendo, agarrados a la cuerda. Pasar aquel embotellamiento iba a llevarme media hora. En ese momento me asusté mucho», dijo.
«Me llora el oído»

En Nepal, las premoniciones de peligro se experimentan a veces como un zumbido agudo, un fenómeno llamado kan runu («oído que llora»). Esa no era la primera vez que Nima Chhiring, que había coronado el Everest tres veces, oía llorar a su oído, y sabía que era mejor hacer caso de esa alarma. Se debatía en la duda: ¿debía continuar diligentemente hacia el Campo I con su carga a cuestas, o sería mejor dejar la bombona allí mismo y emprender el descenso sin demora? Intentó comunicar por radio con el Campo Base para consultar a su sirdar (jefe), pero se había ido a Namche Bazar a por provisiones, así que solo pudo hablar con el cocinero del campamento. Nima Chhiring le explicó que le lloraba el oído y que pensaba dejar la bombona enganchada a las cuerdas fijas y descender. Otros sherpas le preguntaron qué estaba haciendo.

«Les contesté: “Me llora el oído, vamos a tener una mala noticia. Yo me bajo; vosotros también deberíais”», relató. Serían las 6.15 horas.

Se corrió la voz de que a Nima Chhiring le lloraba el oído. Cinco sherpas que ya habían su­­bido la escala triple abandonaron la carga e iniciaron el descenso. Dos que trabajaban para la operadora canadiense Peak Freaks y que todavía hacían cola al pie de la escala triple se retiraron porque se les estaban congelando los pies. Otros juzgaron que no podían alterar el programa en razón de un oído que lloraba ni de unos pies fríos. Entre el embotellamiento y el Campo de Fútbol, Nima Chhiring se cruzó con sherpas desconocidos y conocidos. Entre estos últimos estaban Phurba Ongyal, de 25 años, natural de Pangboche, quien había anunciado a su hermana que aquella sería su última temporada en el Everest; Lhakpa Tenjing Sherpa, de 24 años, que había dejado mujer e hija de dos meses en Khumjung, y Ang Tshiri, de 56, uno de los sherpas de más edad en la montaña, quien según sus propias palabras iba a cruzar la cascada de hielo por última vez: tras 13 años como cocinero en el Campo II, planeaba retirarse a su restaurante de Thamo (también llamado Campo II). Nima Chhiring se cruzó también con Dorje Sherpa, de 39 años, medio hermano de Ang Tshiri y que vivía con su familia en una casa paupérrima en lo alto del valle del río Bhote Kosi, en Tarngga, a dos o tres días a pie desde el Everest.

«A muchos de ellos les dije que me lloraba el oído y les aconsejé dar la vuelta –explicó Nima Chhiring–, pero me dijeron: “Nos presionan para que subamos. Tenemos que continuar”.»

«Nima Chhiring me advirtió que no subiera –contó Mingma Gyaljen Sherpa, alias Babu, de 33 años y oriundo de Namche Bazar, que porteaba botellas de oxígeno y otros materiales al Campo I–, pero yo tenía que seguir. Llevaba material para los clientes. No tuve problemas en la escala de descenso. A las 6.34 de la mañana, cuando pasé, no estaba rota. Pero había sherpas inexpertos y muy lentos esperando para bajar.»

El Campo Base y la cascada de hielo seguían a oscuras, pero mucho más arriba el sol incendiaba ya las encumbradas moradas de las deidades sherpas. Amanecía una mañana gloriosa en el Everest… que duraría 11 minutos.

«No tuve tiempo de salir corriendo»

El anfiteatro de montañas que circunda el Campo Base del Everest es tan inmenso que por regla general los montañeros ven los aludes antes de oírlos. El ruido tarda más en llegar que la imagen, como el trueno tras el relámpago. Es el silbido oceánico de una catarata de nieve, hielo y roca que corre, arrolladora, garganta abajo o que se precipita por el borde de un valle suspendido. Pero el alud del 18 de abril sonó distinto, sobre todo para los sherpas que lo oyeron estando en la propia cascada de hielo.
Casi todos coinciden en la descripción: unduuuum profundo, como un duro martillazo contra una campana enmudecida, como el pellizco de la cuerda de un contrabajo titánico.

Un bloque de hielo con forma de colmillo gi­gantesco (34 metros de alto y entre 7 y 14 millones de kilos) se desprendió del gran manto de hielo del hombro oeste del Everest y se precipitó montaña abajo, fracturándose en el descenso y creando ante sí una muralla de viento. A medida que ganaba velocidad y volumen, algunos sherpas sintieron que la avalancha tardaba minutos en alcanzarlos; otros declararon que se les vino encima en cuestión de segundos. Veintitantos alpinistas se encontraban en plena trayectoria del alud; muchos más lo vivieron desde los márgenes de cotas superiores o inferiores.

A las 6.45 horas Kurt Hunter, representante de Madison Mountaneering en el Campo Base del Everest, hablaba por radio con Dorje Khatri, de 46 años, sirdar de esta empresa especializada en expediciones de alta montaña radicada en Seat­tle y conocido sindicalista que había enarbolado pancartas diferentes cada una de las nueve veces que había coronado el Everest. Khatri acababa de salvar la escala triple. De pronto Hunter oyó por la radio «voces y gritos» seguidos de un «silencio sepulcral». Cuando el rugido de la avalancha llegó al Campo Base, salió de la tienda a tiempo de ver la parte superior de la cascada de hielo engullida por una nube en ebullición.

Tras diez minutos de apresurado descenso, Nima Chhiring acababa de llegar al Campo de Fútbol cuando el duuuum confirmó sus peores temores. En unos segundos quedó cubierto de escarcha, como tantos otros supervivientes que al ponerse en pie con dificultad parecían fantasmas envueltos de nieve y hielo. Pemba Sherpa, un joven veterano del Everest natural de Phortse que había salido del Campo Base a las cuatro de la madrugada para acompañar a un cliente de Alaska en una caminata de aclimatación, acababa de alcanzar el Campo de Fútbol. Al notar el azote de una ráfaga de viento, levantó la mirada y vio «un bloque de hielo del tamaño de una casa grande» desprendiéndose del hombro oeste. Echó a correr pendiente abajo con su cliente y se refugiaron detrás de una formación de hielo justo cuando el cielo desaparecía.
Karna Tamang, un guía de 29 años con cinco cumbres en su currículo, había partido del Campo Base a las tres de la madrugada. Estaba a escasos cinco minutos por encima de la escala rota cuando oyó el duuuum. «No tuve tiempo de salir corriendo –explicó–. De repente hubo un viento muy raro. Para protegerme, me arrodillé junto a un bloque de hielo e intenté taparme la cara. Quedé enterrado por cinco centímetros de nieve.»

Babu Sherpa estaba a cosa de un minuto por encima de la escala rota con otros cinco sherpas. «Nos apretujamos. Cuando se posó la nieve, miré hacia abajo y no vi a nadie», relató.

Un cuarto de hora antes del alud, Chhewang Sherpa, un chico de 19 años empleado por la empresa neozelandesa Adventure Consultants, había conseguido por los pelos salvar el tramo de la escala rota.
Era su primera expedición al Everest e iba acompañado por su cuñado Kaji Sherpa, de 39 años y padre de tres hijos. Kaji escalaba por una pequeña pared de hielo, asegurado a la cuerda fija. En el momento de la avalancha, Chhewang se desenganchó de la cuerda fija, echó a correr y se acuclilló bajo su mochila. Como posteriormente relataría a su tío Chhongba Sherpa, director en Nepal del Khumbu Climbing Center, el hielo rompió el cabo de anclaje de Kaji y lo dejó inconsciente. Chhewang pudo agarrarlo y arrastrarlo a un lugar más seguro. Allí le dio una bebida caliente del termo de su cuñado, confiando en poder despertarlo.

«Kaji volvió en sí poco a poco. Tenía radio; pulsé yo el botón de comunicación porque él no podía mover los brazos. Me dijo: “¡Por favor, sálvame!”. Si no llego a agarrarlo, habría desapa­recido para siempre; la grieta era muy profunda.»

Pasang Dorje Sherpa, de 20 años y contratado por Alpine Ascents International, empresa de Seattle, ascendía con otros dos sherpas de AAI, Ang Gyalzen y Tenzing Chottar. Para Pasang era la segunda temporada en el Everest. Porteaba el poste grande de una tienda comedor, un termo y un rollo de cuerda. Cuando oyó el duuuum, estaba con Ang Gyalzen a unos 45 segundos por encima de la escala rota, con Tenzing Chottar unos pasos por detrás. Tenzing, de 29 años, también era novato en el Everest. Había completado los cursos básico y avanzado de montañismo del Khumbu Climbing Center y estaba feliz de haber conseguido ese trabajo; mantenía a sus ancianos padres y tenía un hijo de tres meses. La víspera había llamado desde el Campo Base a su esposa, Pasi Sherpa, que estaba en Katmandu.

«Vi venir el hielo, y pensé: “Estamos perdidos. De esta no salgo” –relató Pasang Dorje–. El viento me empujaba. Me lancé detrás de un serac grande. Si no llego a estar enganchado a la cuerda fija, el alud me habría arrastrado.»

El hielo le estampó el poste de la tienda comedor en la cabeza, destrozó el termo y cortó el rollo de cuerda. A Ang Gyalzen los trozos de hielo que volaban por el aire le abrieron un agujero en el plumífero. Cuando al cabo de dos minutos se disipó aquella nube voraz, los dos sherpas se abrazaron y acto seguido miraron a su alrededor, horrorizados. Lo que habían conocido como un abismo en la cascada de hielo, cuyo paso exigía el uso de cuerdas y escalas, de pronto estaba relleno de bloques de hielo del tamaño de mesas y sofás. «¡Tenzing! ¡Tenzing!», gritaron en vano.

Avisado por Michael Horst, un guía que vio el alud desde el Campo Base, Lakpa Rita, el sirdar de AAI, se calzó las botas a toda velocidad. Colocó una larga antena en la radio e intentó contactar con cualquiera de los miembros de su equipo que esa mañana atravesaban la cascada de hielo: 33 montañeros sherpas, un cocinero y dos pinches de cocina. Por fin logró comunicar con Pasang Dorje, quien le dijo que unos cinco o seis sherpas que iban tras él estaban sepultados, probablemente muertos.

«Estaba muy nervioso –dijo Pasang Dorje–. Vi a un sherpa vomitando sangre y otro medio enterrado. Lo sacamos de allí. Ni siquiera sé có­­mo se llamaba. Casi todos mis amigos lloraban.»

«No quería que me viesen llorar»

Tanto los sherpas como los guías occidentales que habían alcanzado el Campo I antes de que se produjese el alud descendieron poco después de las siete para ayudar. En el Campo Base, Lakpa Rita emprendió el ascenso de dos horas que lo separaban de la zona del impacto acompañado de su hermano Kami Rita, al igual que hicieron Horst, Ben Jones, Damián Benegas y otros guías. Desde el Campo Base los equipos llevaron sacos de dormir, palas y material de rescate hasta el centro de los tres helipuertos. Joe Kluberton, el director del Campo Base de AAI, junto con Caroline Blaikie y Mike Roberts, de Adventure Consultants, empezaron a coordinar las comunicaciones por radio. Las ondas hercianas bullían con los sherpas que confirmaban su estado. Aún no estaba claro cuántos muertos había.

«Empezamos a cruzarnos con muchos sherpas heridos que bajaban –recordó Lakpa Rita–. Tenían hematomas y sangre en la cabeza. Algunos cojeaban. Les ofrecía ayuda, pero me decían que los de arriba la necesitaban más. Sabía que era imposible que alguno de los que habían quedado sepultados siguiese vivo; habrían so­­brevivido un cuarto de hora como mucho.»

Lakpa Rita tardó casi una hora desde el Campo de Fútbol hasta el lugar del impacto, marcado por la sangre que teñía la nieve. Encontró a unos 50 sherpas, algunos cavando con palas de acero, otros partiendo los bloques con piolets, alguno que otro sentado, aturdido por la conmoción y la pena. Bajo la lona gris de una tienda yacían cuatro cadáveres. Al ver las siluetas amortajadas, Lakpa Rita se sentó y rompió a llorar.

«No quería que mis sherpas me viesen llorar, pero no pude contener las lágrimas», relató.

Cuando tuvo valor para mirar debajo de la lona, descubrió que ninguno de los fallecidos llevaba la cazadora que AAI proporcionaba a sus empleados, y empezó a ayudar a quienes seguían cavando. Sacaron del hielo otros dos cuerpos, luego un tercero: Ang Tshiri, el cocinero. «Ang Tshiri sí era de los míos», dijo.

En el Campo Base, en medio de una vorágine de noticias y rumores, nerviosismo y pánico, comunicaciones por radio y llamadas telefónicas, nueve médicos de distintas expediciones se reunieron en la tienda dispensario de la Asociación Himalaya de Rescate. Cinco alpinistas fueron capaces de salir de la cascada de hielo por su propio pie y se recuperaron de sus heridas y hematomas en la tienda dispensario. A otros tres tuvieron que evacuarlos en helicóptero. En el lugar del impacto, Damián Benegas inició el recuento de bajas y a las 9.09 horas comunicó por radio que había al menos diez fallecidos. Al Campo Base acudieron dos helicópteros de Simrik Air, uno pilotado por el neozelandés Jason Laing y el otro por el nepalí Siddhartha Gurung. Laing recogió a la alpinista estadounidense Melissa Arnot, profesional sanitaria con cinco cimas del Everest en su haber, quien aportó material médico a la operación de rescate a las 10.05 horas. A las 10.49 se habían evacuado en helicóptero cuatro sherpas con fracturas en las piernas; traumatismos pélvico, abdominal y craneoencefálico, y hemorragias internas. Entre ellos estaba Kaji Sherpa, que fue derivado a un hospital de Katmandu con un pulmón perforado y dos costillas rotas. Poco después de las 11 todos los heridos habían sido evacuados al Campo Base, y los equipos de rescate emprendieron las tareas de recuperación de cadáveres. Doce veces, entre las 11 y las 14 horas, Laing suspendió la silueta roja, negra y plateada del Eurocopter AS350 B3e sobre la fantasmagórica puerta helada del Everest para luego virar con un cuerpo inerte, aún calzado con botas y crampones, balanceándose al final del cable de 30 metros. Los muertos fueron llevados al helipuerto inferior del Campo Base, donde se numeraron con trozos de cinta aislante y se envolvieron en lonas.

Los compañeros de equipo y, en algunos ca­sos, familiares que también trabajaban en la montaña identificaron a las víctimas. Sin saber qué había sido de Ang Tshiri, su hijo Pemba Tenjing había bajado a toda velocidad desde el Campo I; se le rompió el corazón al distinguir un par de zapatos bien conocidos.

Como los equipos de rescate se temían que pudiera producirse otro alud en el hombro oeste de la montaña, la triste operación de recuperación de cadáveres se suspendió a las 14.10, cuando las temperaturas vespertinas desestabilizaban aún más la cascada de hielo. Hasta el día siguiente no lograron sacar el cuerpo de Dorje Khatri, que seguía semisepultado en el hielo y colgado boca abajo en una grieta por encima de la escala triple. Faltaban tres montañeros que se dieron por muertos. Los 16 fallecidos eran sherpas o profesionales de otras etnias nepalíes. Habían muerto con los crampones puestos, de­jándose la piel para escolarizar a sus hijos, construirse una casa nueva o costear la medicación para el asma de unos padres ancianos. La avalancha había dejado 28 huérfanos. Once de los fallecidos murieron en el mismo lugar: la empinada cornisa de hielo en la que estaban esperando su turno para bajar por la escala de descenso, que ya era historia.

«Creo que intentaron escapar y, cuando comprendieron que era imposible, se abrazaron», declaró Lakpa Rita. El horror de aquella jornada superaba cualquier accidente vivido en el Everest, incluidas las catástrofes de 1922, 1970 y 1974, que también segaron la vida de grupos enteros de sherpas. Pero las consecuencias apenas habían empezado a vislumbrarse.

Un tenso debate

Los primeros días después del alud fueron un caos de ceremonias de puja, funerales, reuniones, preguntas, rumores, exigencias, provocaciones y epifanías. ¿Seguiría adelante la temporada de escalada? ¿Era propio que así fuera? ¿Cuánto debía durar el luto? Russell Brice, de Himalayan Experience, y Eric Simonson, de International Mountain Gui­des, concedieron cuatro días de permiso a sus nutridos equipos de sherpas para que volvieran a casa. No todos quisieron regresar a la montaña.

Lakpa Rita supo enseguida que para AAI la temporada de ascensiones había terminado: no podía pedir a sus hombres que reanudasen el trabajo cuando acababan de perder a cinco compañeros y todavía quedaban cuerpos sepultados bajo el hielo. Los sherpas de otros equipos comunicaron que continuarían, pero empezaron a sentirse presionados por activistas que vieron en la tragedia la ocasión de exigir mejoras en las condiciones laborales de los guías de montaña. Muchos sherpas se indignaron cuando el Gobierno nepalí ofreció a la familia de cada víctima unos 320 euros a modo de compensación, un dinero que no alcanzaba ni para pagar el funeral.

Son muchos los que vienen percibiendo una firmeza inusitada en las nuevas generaciones de guías y empleados sherpas, sobre todo a raíz del altercado de 2013 entre tres conocidos alpinistas europeos y un equipo de sherpas que tendía una cuerda fija por encima del Campo II. En los días posteriores al alud, las tensiones laborales que habían empezado a perfilarse un año atrás afloraron cuando un grupo de sherpas consternados y furiosos detuvo a todos los efectos los multimi­llonarios ingresos que el Gobierno nepalí obtiene del Everest: más de 2,3 millones de euros al año en concepto de permisos y unos beneficios indirectos que, según los operadores extranjeros, superan los 11,6 millones de euros anuales. Una auténtica máquina de hacer dinero. En palabras de un bloguero sherpa que escribe desde Katmandu: «Aquello que no podíamos cambiar nos mostró aquello que sí podíamos cambiar».

El domingo 20 de abril, dos días después de producirse la avalancha, jefes de expedición, equipos de rescate y afectados por la catástrofe se reunieron en la tienda del Comité de Control de la Contaminación de Sagarmatha (SPCC), una organización de gestión local sin ánimo de lucro que supervisa la labor de los «Icefall doctors» y la gestión de los residuos en el Everest. Entre los sherpas que asistieron para hacerse oír estaban Pasang Bhote, miembro de la junta de la Asociación Nepalí de Montañismo, y Pasang Tenzing, que a sus 29 años ha coronado el Everest en diez ocasiones y trabajaba como subjefe de expedición para la empresa británica Jagged Globe. De la reunión salió una lista de 13 exigen­cias a las autoridades. Entre otras cosas, los sherpas pedían que se ampliase la cobertura de los seguros y que se destinase una mayor parte del dinero recaudado en concepto de permisos a sufragar un fondo de ayuda para las familias de los trabajadores de la montaña en caso de accidente o fallecimiento.

El lunes 21 de abril se retransmitieron en todas las televisiones del mundo emotivas imágenes de los funerales sherpas en Katmandu, y al día siguiente se celebró en el Campo Base una puja multitudinaria a la que acudieron 22 lamas. Acto seguido se leyó el manifiesto de exigencias, tanto en nepalí como en inglés. La situación se tensaba por momentos. Algunos de los muchos asistentes expresaban a voces su negativa a escalar. «Yo vi claro que la mayoría de los trabajadores quería irse a casa, por respeto a los muertos y por su propia seguridad», escribió Sumit Joshi, fundador de Himalayan Ascent, una empresa nepalí. Blogueros de expediciones occidentales relataron que la ceremonia había sido «desvirtuada por militantes y convertida en un mitin político». En el revolucionado Campo Base se hablaba de boicots y de amenazas por parte de «maoístas» y «militantes» contra cualquier voz discrepante. Entre tanto el Ministerio de Cultura, Turismo y Aviación Civil anunciaba que «todas las actividades de montañismo se reanudarían con toda seguridad en un par de días».

Hubo que esperar al jueves, 24 de abril –seis días después del alud–, para que las autoridades del Gobierno nepalí acudiesen por fin al Campo Base. La delegación de 12 miembros encabezada por Bhim Prasad Acharya, titular del ministerio de turismo, llegó a las nueve de la mañana en helicóptero, con la esperanza de convencer a los sherpas de que volviesen al trabajo. En un informe de seguimiento, Brice, uno de los operadores extranjeros más veteranos del Everest, decía haber oído que algunos sherpas lanzaron piedras e intentaron impedir que la representación mi­nisterial despegase al término de la reunión.

Otros dejaron caer que quienes vertían las amenazas ni siquiera formaban parte de la co­munidad montañera. «Eran todos jóvenes y agresivos –dijo John All, del American Climber Science Program–. Vestían anoraks más ligeros y más limpios que los que suelen verse en el Cam­po Base del Everest, y nadie recordaba haberlos visto en los campamentos antes del alud. Todos pensamos: “¿Quiénes son estos tíos?”.»
Justo cuando partían las autoridades nepalíes hubo otro desprendimiento en el glaciar del hom­bro oeste, y un pequeño alud barrió la cascada de hielo en el mismo punto en que se habían producido las 16 bajas. Muchos lo interpretaron como la señal definitiva de los dioses: era el fin de la temporada de ascensiones de 2014.

«Lo que nos distingue»

Es difícil analizar los informes, rumores y relatos contradictorios de lo que sucedió en el Campo Base después de la avalancha. Para muchos de los sherpas que no querían seguir escalando –por el luto y por la justificada preocupación ante las condiciones de la cascada de hielo– quizá fue más sencillo dar la excusa de que se quedaban abajo a causa de las amenazas de los «militantes». Sin consentir la violencia, cabe preguntarse por qué los profesionales de la montaña no habrían de buscar formas de hacer oír su frustración y de explotar unos méritos ganados a pulso para me­jorar su situación. Pocos analistas occidentales examinaron la llamada huelga sherpa en el contexto general nepalí, donde las huelgas (bandhs) están a la orden del día y son uno de los pocos medios de que dispone la población para granjearse la atención de la burocracia gubernativa.

«Hace 20 años, menos del 50 % de los trabajadores del Everest habían terminado la educación secundaria –calculaba Sumit Joshi un mes después del alud–. Hoy el 80 % tiene el título. Han crecido expuestos a los medios occidentales. Entienden cómo funcionan las cosas. Son más conscientes de sus derechos. Saben que pueden expresarse. Conocen el mundo exterior, saben la cantidad de dinero que ingresa el Go­bierno con la concesión de permisos y lo poco de ese dinero que les llega a ellos. No hay que etiquetarlos de militantes, ni de maoístas, ni de raza nueva. No son una raza nueva, sino una generación más joven.»

El cambio generacional no solo está produciendo unos escaladores sherpas más informados sobre el mundo exterior, sino que también está cambiando la mezcla étnica en la montaña. La que antaño fue una mano de obra integrada casi exclusivamente por sherpas incluye cada vez más miembros de etnias como los rai y los tamang, a menudo mucho más pobres y desesperados por trabajar. De los 17 «sherpas» de la expedición de John All, 5 eran sherpas en el sentido étnico y los otros 12 eran rai o tamang. «Los sherpas continúan siendo la punta de lanza y son los que hacen casi todo el trabajo por encima de los 7.500 metros –declaró All–, pero hoy lo habitual es que el material llegue al Campo III a hombros de empleados rai y tamang.»

Cuando pregunté a Ang Dorjee Sherpa, director de la SPCC, por los rumores sobre las amenazas vertidas por sherpas contra otros sherpas, de inmediato los desmintió. A veces se diría que los propios sherpas, siempre ensalzados por sus virtudes, piensan que no pueden permitirse el lujo de empañar la imagen idealizada que los extranjeros tienen de ellos, la de los habitantes pacíficos y generosos de un idílico país montañoso al margen del mundanal ruido.

«Tiene que comprender nuestra cultura –me dijo Ang Dorjee una tarde en Namche Bazar–. Para nosotros decir que vas a romperle las piernas a alguien es lo más normal del mundo, siempre que no se las rompas de verdad. Todos los años hay cuatro o cinco peleas durante el festival del Dumchi en Namche. Para nosotros es normal propinar y recibir un par de golpes entre ronda y ronda de chang [cerveza], pero al día siguiente volvemos a ser amigos del alma. El 99 % de los sherpas son gente leal, honrada y trabajadora. Esa tradición sigue viva. Si la perdemos, entonces sí que tendremos un problema. Cualquiera puede ser un buen alpinista, pero ser honrado, leal y trabajador es lo que nos distingue.»

Hasta las aldeas

La devastación de la avalancha que sepultó a 16 hombres fue más allá de la cascada de hielo. La tragedia rodó montaña abajo y llegó hasta las aldeas que puntean las estribaciones del Everest, y más allá. En Katmandu, el director administrativo de Himalayan Ascent llamó a Chhechi Sherpa, la hija de 19 años de Ankaji Sherpa, para comunicarle que su padre acababa de morir, aunque le ahorró saber que el casco del veterano guía había aparecido partido en dos. Ankaji había prometido velar por Pem Tenji Sherpa, un joven de 20 años, novato en el Everest, casado con una sobrina suya; le había ayudado para que esa temporada se colocase de pinche de cocina en el Campo II, un destino de los considerados menos peligrosos porque requería atravesar la cascada una sola vez. Pero Pem Tenji también había muerto, y su esposa, Dali, ni siquiera tenía un cuerpo que llorar: su marido seguía sepultado en algún lugar de la cascada de hielo.

En los funerales de Katmandu celebrados en honor de seis de las víctimas no hubo una imagen más elocuente del dolor que las desgarradoras fotografías que dieron la vuelta al mundo de la expresión abatida de Chhechi y de Nimali, su abuela, en cuyo rostro se leía la angustia de una madre que a los 76 años ha visto morir a su hijo. En Khumjung, la viuda Ngima Doma se enteró de la noticia por la televisión de una tetería y supo que su marido, Lhakpa Tenjing, estaba entre los fallecidos cuando al llegar a casa encontró a su familia política deshecha en lágrimas.

«Nunca volveré a ponerme los crampones», afirmó Nima Sherpa, hermano mayor de Lhakpa Tenjing, que se salvó porque la semana anterior a la avalancha salió del Campo Base para tratarse en Katmandu una infección de garganta.

Por su parte, Nima Chhiring, el hombre al que le lloró el oído, no tenía muchas ganas de volver al Everest a la temporada siguiente, pero con po­­cos estudios, mujer y dos hijos, y sin casa propia ni dinero para pagar los colegios, no veía muchas más opciones. Pronto partiría de Khumjung para ocuparse de los cinco yaks que había comprado en 2009, pero ya no sabía si la mala racha acabaría nunca.
«Necesito ayuda», dijo. Preguntó si existía alguna prestación para los sherpas que habían sobrevivido al alud, y cuando le dijeron que no, por un momento sintió la tentación de maldecir la suerte que lo había condenado a seguir con vida.

Y luego está el caso del pobre Chhewang Sherpa: caminó durante cuatro días desde el Campo Base del Everest hasta su casa en Nunthala, y en la mañana del último día, 13 después del encontronazo con la muerte del que el joven había salido indemne, un rayo cayó a su lado y lo mató.

En Thamo, el hijo de Ang Tshiri, Pemba Tenjing, había telefoneado a su madre para contarle lo ocurrido en el Everest. La montaña que había matado a su padre, el veterano cocinero de tantas expediciones, se exhibía con orgullo en el cartel del restaurante familiar. Parientes, amigos y un monje trasladaron su cuerpo desde Namche hasta su casa. De igual modo se trasladaron los restos de Mingma Nuru a Phurte, donde era la segunda vez que su madre lloraba la muerte de un hijo en el Everest. La familia de Pemba Tenjing envió un chiquillo a Tarngga –tres horas de subida a pie por el valle del Bhote Kosi– para dar a Ang Nemi la noticia de que su marido, Dorje –medio hermano de Ang Tshiri–, había muerto en el Everest.

Dorje y Ang Nemi llevaban casados 14 años. Tenían dos niñas y dos niños, nacidos los cuatro en una tienda de pastores de yaks. Vivían todo el año a 3.960 metros de altitud, aunque la mayoría de las diez o doce familias del lugar subían solo en verano para pastorear el ganado. Apenas poseían nada: un campo de patatas, unos cuantos yaks que usaban para acarrear material al Everest, y la vivienda de una sola habitación, oscura como boca de lobo, que construyó el pa­dre de Dorje. Era una casa de piedra con tejado de piedra cercada por un muro de piedra en un país donde todo era piedra. Los niños dormían sobre unas esteras que Ang Nemi desenrollaba cada noche sobre los bancos, y a veces se demoraban en el largo trayecto de la escuela a casa para jugar a las tabas con guijarros. Dorje llevaba cinco años trabajando en el Everest para Alpine Ascents International como cocinero en el Campo IV del collado Sur. Ang Nemi y él ahorraban todo el sueldo para construir una casa más cerca de Thame y facilitar la escolarización de sus niños. Ya habían escogido el lugar, al pie del monasterio de la aldea de Hungmo.

Al no saber qué había sido del cuerpo de Dorje después de que el 18 de abril le dieran la noticia, la viuda bajó apresuradamente a Thame para llamar por teléfono. Le dijeron que AAI llevaría los restos de Dorje a Tarngga, así que regresó a casa y esperó. Pero el cuerpo no llegó, y a la ma­­ñana siguiente volvió a caminar las dos horas de trayecto para saber a qué se debía el retraso. A eso de las 9.30 vio pasar el helicóptero.

Aterrizó en un patatal junto a la casa. El dueño de AAI, Todd Burleson, Lakpa Rita y Pemba Tenjing llevaban a Dorje. Ya en la casa, al ver a su padre a la luz de la lámpara de mantequilla, envuelto en una lona azul, aún con la ropa y el calzado de montaña, los niños se echaron a llorar.

Da Jangbu solo tenía seis años y no comprendía lo que estaba ocurriendo, pero su hermana Mingma Doma, de 12, se hacía una idea. «¿Qué le ha pasado a mi padre?», preguntó. Lakpa Rita diría más tarde que no supo qué contestar.

«Lo siento muchísimo –dijo Burleson–. No sé qué fue lo que pasó.»

Los cuatro niños sollozaban abrazados a los portadores de los restos de su padre. Ellos también lloraban, pero había otras familias rotas que consolar e ingratas tareas que cumplir, así que al cabo de 15 minutos partieron en el helicóptero.

Hay quien dice que del día más negro del Everest empiezan a nacer destellos de luz. El Fondo de Educación Sherpa, fundado por Alpine As­cents en 1999, lo organizó todo para que los hijos de Dorje y Ang Nemi asistiesen a la escuela en Namche Bazar. Los trasladó de su casucha azota­da por el viento en los confines del mundo habitable al Home Away From Home, una luminosa residencia al lado del colegio donde viven otros 57 críos de su edad. Un mes después del alud, los niños tenían nuevos amigos, una dieta variada, uniformes escolares, camas de verdad y unas perspectivas de futuro que nunca habrían imagi­nado. Todo ello al precio de un padre muerto.

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Tomado de: National Geographic

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