Consejos de nuestras abuelas


13 mujeres indígenas procedentes de los cinco continentes explican cómo sanar las familias, terminar con la guerra, establecer relaciones adecuadas entre hombres y mujeres y “dejar un planeta habitable a las generaciones futuras”

ITSASO ÁLVAREZ
10 febrero 2015 – 00:14

Las trece abuelas indígenas se reunieron por primera vez en octubre de hace diez años en Nueva York, después del 11-S, gracias a una mujer estadounidense llamada Jeneane Prevatt, cuyos estudios doctorales la llevaron al Instituto C. G. Jung de Zurich, donde se le ocurrió que las tradiciones indígenas podrían contribuir a “ayudar a la gente a descubrir la sabiduría y el poder que todos tenemos dentro”. Llegaron de los cuatro puntos cardinales para reunirse en la tierra del pueblo de la Confederación Iroquesa, unas tribus que habitaban el noreste de Estados Unidos y el sureste de Canadá en la zona de los Grandes Lagos. Venían de la selva amazónica, del Círculo Polar Ártico, de los grandes bosques del Noroeste americano, de las vastas llanuras de América del Norte, de las montañas de América Central, de las Black Hills de Dakota del Sur, de las montañas de Oaxaca, del desierto del Suroeste americano, de las montañas del Tíbet y de la selva de África central.

Conformaron el denonimado ‘Consejo Internacional de las Trece Abuelas Indígenas’, “una unidad, una alianza de oración, educación y sanación para nuestra Madre Tierra, para todos sus habitantes, para todos los niños y para las siguientes siete generaciones”. Compartían una preocupación: “la destrucción sin precedentes que está sufriendo” el planeta debido a la contaminación del aire, el agua y el suelo; las atrocidades de la guerra; el azote global de la pobreza; la amenaza de las armas y los residuos nucleares; la cultura del materialismo; las epidemias que amenazan la salud, la explotación de las medicinas indígenas y la destrucción de las formas de vida indígenas.En calidad de mujeres sabias, curanderas, chamanas y sanadoras de sus tribus llegaron a la conclusión de que su aportación era necesaria. Al fin y al cabo, hasta hace relativamente poco, en todos los rincones del mundo había comunidades indígenas viviendo en perfecta armonía con el entorno y dependiendo por completo de la naturaleza. En dichos pueblos todo el mundo compartía lo que tenía y todo el mundo cuidaba de todo el mundo. El concepto de escasez no existía, excepto cuando tocaba una época de penuria para toda la tribu, y no existía la necesidad de acumular pertenencias personales. De acuerdo con la autoridad familiar, que tradicionalmente representaban las mujeres mayores, las abuelas eran las guardianas que debían velar por la supervivencia física y espiritual de la familia y, por tanto, de la tribu.

Se convirtieron en depositarias de las enseñanzas y de los rituales que permitían hacer florecer a la tribu y se encargaban de mantener el orden social. En muchas tribus del mundo se consultaba siempre al Consejo de las Abuelas antes de tomar una decisión importante. Por ejemplo, la de ir a la guerra o no. No obstante, hoy en día, en cuanto salen de sus comunidades, los miembros de las tribus indígenas se encuentran con que en el mundo moderno no pueden comer ni encontrar alojamiento ni vivir sin dinero. Por ello las trece abuelas querían recordar que podemos aprender del sistema tribal que toda la humanidad puede prosperar mientras que los miembros de los pueblos indígenas pueden aprender del mundo moderno cómo ganarse la vida cuando salen de sus comunidades tradicionales.

Revolución pacífica

Las 13 abuelas, representantes de la voz de la gente de buena voluntad de la Tierra, recorren mundo explicando en conferencias y a través de publicaciones cómo sanar las familias, cómo terminar con la guerra, cómo establecer relaciones adecuadas entre hombres y mujeres, cómo integrar la medicina tradicional y la indígena, cómo mantener el equilibrio de la tierra y “cómo expandir el poder colectivo de las mujeres sabias profundizando en nuestra relación con lo femenino, con la voz de la intución que habita tanto en el hombre como en la mujer”. Curiosamente, entre ellas hay cinco que emplean plantas maestras en sus rituales de curación: una proveniente de Huahutla de Jiménez, en México (hongos), otra del Gabón (iboga), dos de Brasil (ayahuasca) y una perteneciente a la nación cheyenne (peyote). Estas y sus compañeras son mujeres de hasta 88 años cuyas vidas han sido una constante prueba de superación. Supervivientes a enfermedades, guerras, persecuciones, pérdidas de seres queridos, problemas económicos… El que proponen no es un manifiesto en contra de la cultura técnica occidental; sino una revolución pacífica en el más puro estilo Gandhi; una ‘reunión’ de saberes y conocimientos a nivel mundial, tanto ‘ancestrales’ como modernos. Alertan, en suma, de la necesidad de hacer una pausa en el camino y reflexionar sobre el lugar al que nos encaminamos. “Nos hemos unido como una sola mujer”, dice su manifiesto fundacional.

Desde el comienzo de su andadura en 2004, las abuelas han recorrido varias veces el mundo, han sido recibidas por el Dalai Lama, han visitado el Vaticano y han sido nombradas Mujeres de Paz por la ONU. En 2008 estuvieron en Madrid, gracias a las gestiones de la asociación Arboleda de Gaia, un grupo de mujeres que ofrece encuentros para celebrar la espiritualidad femenina vinculada a la Tierra. Lograron financiar el viaje y la estancia de las abuelas exclusivamente a través de donativos particulares. También gestionaron la publicación del libro ‘La voz de las trece abuelas de Carol Schaefer’ (Ed. Luciérnaga, 2008). Y su viaje continúa.

Dicen cosas como ésta: “Debemos ser cuidadosos al tratar incluso a una brizna de hierba. Tenemos que entender que los árboles posibilitan nuestra vida en este planeta, porque respiramos el aire que sale limpio de ellos. La mayoría de la gente desconoce la historia de la tierra sobre la que camina”. O como esta otra: “Llamamos a todas las naciones a ser uno, los pieles roja, los de piel amarilla, los blancos y los negros; seamos uno bajo el sol por nuestros ancestros y nuestros nietos”. Y van más allá al afirmar que “el poder creativo de las mujeres unidas es una fuerza sin par en aras del bien”, ya que “tenemos el cordón umbilical que nos conecta con el centro de la Tierra”. “Debemos dejar un planeta habitable a las generaciones futuras”, concluyen. Para quien se pregunte por qué son 13 mujeres, ni una sola más, ni una menos, también hay una explicación. Hace mucho tiempo el año estaba dividido en trece meses porque había trece lunas llenas y el ciclo femenino está vinculado a los ciclos de la luna. En aquellos tiempos, las mujeres eran seres a los que se respetaba muchísimo porque sus cuerpos estaban sincronizados con el cielo y eran capaces de dar vida, igual que la Madre Tierra.

Tomado de: El Correo.com

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