Mongolia ya no es país para nómadas


Entre 30.000 y 40.000 nómadas deciden cada año echar raíces en los suburbios de Ulán Bator, la capital de Mongolia • Varias familias explican por qué decidieron abandonar el campo • FOTOGALERÍA: Sedentarios en casas de quita y pon

ZIGOR ALDAMA | Ulán Bator (Mongolia)
2 MAR 2015 – 10:45 CET

Una familia construye su 'ger'
Una familia construye su ‘ger’, como se conoce en Mongolia a la yurta, en el terreno de 0,7 hectáreas al que tiene derecho por ley. / Z.A.

Desde el exterior, la vivienda de la familia de Erden Bat parece una yurta tradicional mongola como cualquier otra. Es más, con la lona raída en algunas zonas, incluso se podría pensar que es la de unos nómadas que apenas consiguen subsistir. Sin embargo, las apariencias engañan y en el interior espera una gran sorpresa: este hogar móvil, que ha guarecido a los mongoles durante milenios, está plenamente equipado para la vida en el siglo XXI. No en vano, sus dos hijos, Maral de 17 años y Gankhoyag de 20, disfrutan de una superproducción de Hollywood en una gigantesca pantalla de plasma mientras la madre, Toya Tsetseg, pone una lavadora y calienta leche en el microondas. A pesar de que fuera hace frío, Maral viste unos breves pantalones cortos y su hermano se pasea con el torso desnudo.

Pero lo que más llama la atención es que, a pesar de que las yurtas están diseñadas para ser montadas y desmontadas cada estación del año, una característica indispensable para los ganaderos que van en busca de los mejores pastos, la de Erden Bat está anclada en los suburbios de Ulán Bator, capital de Mongolia. Y no es la única. Las laderas del valle que ocupa esta ciudad, en la que reside más de un tercio de los tres millones de habitantes del país, están tomadas por decenas de miles deger—denominación mongola de este tipo de tienda de campaña— protegidos por un elemento impropio de la vida errante: el cercado de madera.La postal roza el surrealismo. Desde el centro de la capital, dominado por nuevos rascacielos de cristal y acero que reflejan el enorme crecimiento económico proporcionado por el boom del sector minero, las montañas aparecen salpicadas por una avalancha de puntos blancos que suma fuerza sin parar. Cada uno de ellos es una familia nómada que ha echado raíces en busca de una vida mejor sobre el asfalto. Erden Bat hizo ese viaje hace seis años, cuando decidió abandonar las interminables llanuras verdes del centro de Mongolia: “No teníamos mucho ganado y un invierno particularmente duro diezmó nuestros rebaños de ovejas. Así que, harto de vivir a merced del tiempo, vendí el resto y decidí probar suerte en UB [como se conoce popularmente a Ulán Bator], donde sabía que mis hijos recibirían también una educación mejor que les permitirá disfrutar de un futuro más próspero. Porque la vida en el campo es cada vez más dura”.

No obstante, el dinero que le dieron por el ganado no fue suficiente como para adquirir un apartamento básico en la capital, cuyo precio ronda los 800 euros por metro cuadrado. Así que decidieron hacer valer el derecho a 0,7 hectáreas de terreno que recoge la legislación mongola y establecieron su yurta en la parcela que les asignó la Administración, ubicada en una colina a unos diez kilómetros al este del centro. “Hemos nacido y vivido siempre en el ger, así que nos resulta algo natural seguir aquí”. Pero, de momento, las expectativas de Erden Bat no se han cumplido. Aunque ambos retoños han recibido una educación reglada que habría sido imposible en la estepa, el 60% de paro que asola los suburbios de yurtas resulta implacable. “Mi madre es costurera y mi padre no tiene trabajo, hace chapuzas en la construcción. Así que no tenemos unos ingresos estables, ni parece que los vayamos a tener”, se lamenta Maral.


Panorámica de los suburbios de yurtas de Ulán Bator, reflejo de una expansión urbanística salvaje y sin planificar / Z. ALDAMA

Porque la presión demográfica continúa aumentando sin cesar y, con ella, la dificultad para encontrar un empleo. Según estadísticas no oficiales de diferentes ONG locales, cada año emigran a los suburbios de yurtas unas 40.000 personas procedentes de la estepa y el desierto. Ya suman más de 800.000, y la tendencia a la sedentarización se ha agudizado desde 2010. Aquel fue un año negro para la vida nómada, ya que más de 8,5 millones de animales, en torno al 20% del total del país, murieron durante uno de los inviernos más duros que se recuerdan. Lo llaman Zud, literalmente muerte blanca. Y no exageran: 770.000 ganaderos se vieron afectados, de los cuales 165.000 perdieron más de la mitad del ganado y 43.500 se quedaron sin un solo animal.

Aunque desde entonces no se ha vivido una crisis similar, el Gobierno ya había avanzado en un completo informe publicado en 2009 que el cambio climático iba a tener un efecto devastador en la vida nómada. No en vano, desde 1940, la temperatura media ha aumentado 2,14 grados y las precipitaciones en invierno han crecido de forma inversamente proporcional a las del verano. Así, cada dos décadas, el desierto del Gobi avanza hacia el norte unos 150 kilómetros. Y la situación empeorará todavía más. Según las proyecciones realizadas por el Ministerio de Naturaleza y Medio Ambiente, a lo largo de este siglo continuarán aumentando considerablemente los fenómenos climáticos extremos como el Zud de 2010, la precipitación se disparará en torno al 20%, y la temperatura continuará creciendo.

Por si fuese poco, la actividad humana en Mongolia también está contribuyendo a la imparable degeneración medioambiental. El desarrollo de la industria minera, cuyos recursos se estiman en un billón de euros, ha provocado un milagro económico que ha convertido al país de Gengis Kan en el que más crece del mundo —alcanzó un 17,5% en 2011 y se prevé un aumento del PIB en torno al 15% para 2014—, y ha logrado que la renta per cápita se vaya a multiplicar casi por cinco para pasar de 1.460 euros en 2000 a unos 7.000 euros el año que viene. Pero también acarrea la contaminación del suelo y de las vías fluviales. Además, el excesivo pastoreo ha hecho que el país —tres veces del tamaño de Francia pero con una población inferior a la de Madrid capital— haya perdido el 30% de la producción de biomasa de las praderas en las últimas cuatro décadas. En resumen, la vida nómada resulta cada vez más difícil. Y la sedentarización en la capital tampoco es sencilla.

Ankhtsetseg Bardal es buen ejemplo de ello. Hace un año que dejó la provincia de Orkhon, a unos 400 kilómetros de Ulán Bator, para echar raíces en los suburbios de yurtas. “En la familia de mi marido son once hermanos, y nosotros sólo teníamos diez vacas y unas treinta ovejas y cabras para sobrevivir. No era suficiente, así que él decidió que nos mudásemos aquí”. Desmontaron el ger, lo cargaron en un camión e hicieron el viaje con el bebé al que Bardal había dado a luz unos meses antes y con la abuela de su marido, Yunren, que ahora tiene 89 años y problemas de salud propios de su avanzada edad. “Vendimos los animales para comprar la tierra aquí y él trabaja cuando puede en la construcción. El problema es el invierno, porque son cuatro o cinco meses en los que no hay nada que hacer, y tampoco ingresos”.

La decisión de este matrimonio fue, como la de muchos otros, forzada por las circunstancias. “Si no se tienen animales, es imposible vivir en el campo. Preferiríamos haber mantenido la vida nómada, y echamos mucho de menos el contacto con la naturaleza, pero habría sido imposible dar de comer a nuestros hijos”. Bardal está ahora embarazada de nuevo, y está convencida de que, a pesar de las duras condiciones de vida, Ulán Bator ofrece más posibilidades para sus retoños. “Es verdad que hasta hace muy poco no teníamos electricidad en el ger y que las canalizaciones son malas allí donde existen. También es cierto que aquí hay mucha pobreza y demasiada delincuencia. Pero aquí se pueden encontrar diferentes tipos de trabajos, mientras que en el campo sólo se puede sobrevivir con la ganadería. Y el problema está en que un pequeño porcentaje de la población nómada cada vez controla cantidades más grandes de ganado, mientras que el resto apenas tiene para sobrevivir”.

El objetivo de Bardal, compartido por casi todos los habitantes de estas peculiares favelas, es poder comprar un apartamento de hormigón y abandonar la yurta. Pero no resulta una empresa fácil. La tierra sobre la que han plantado ya dos gers —la familia del marido tiene intención de establecerse con ellos— les costó cuatro millones de tugrug (1.800 euros), mientras que con esa suma sólo podrían adquirir dos metros cuadrados de un piso en las afueras. De hecho, el precio de la vivienda crece tan rápido debido a la expansión económica del país que acceder a una es casi imposible para quienes no estén empleados en el sector de la minería o en el de la Administración. Así, lo que se prevé en un inicio como un tipo de vida temporal puede convertirse en definitivo.

Sukhtogoo lo sabe bien. Dejó el campo en 1965 y todavía vive en la yurta con la que se mudó a la ciudad. “Me arrepiento de haberlo hecho. Pero cuando se vende el ganado ya no hay vuelta atrás. Y aquí la esperanza va muriendo hasta que ya sólo queda sobrevivir. La gente llega con mucha ilusión, pero la realidad es cruel. Así que nadie se puede extrañar de que estemos todos medio borrachos, de que los hombres peguen a sus mujeres, y de que los niños se den a las drogas. Los mongoles hemos sido siempre libres, y entre muros no sabemos vivir. Además, Ulán Bator es incapaz de generar puestos de trabajo para toda la gente que llega. Sólo espero que las nuevas generaciones aprendan”.

El Gobierno es consciente de los graves problemas sociales que bullen en los suburbios de yurtas, y, para solucionarlos, el año pasado aprobó un master plan que pretende transformar esos barrios. En primer lugar, se construirá la infraestructura necesaria para que las embarradas calles por las que ahora es casi imposible conducir se conviertan en las arterias sanas de una urbe en la que también crecerán escuelas y centros sanitarios. Con ese fin, el Banco Asiático para el Desarrollo ha proporcionado un crédito de 246 millones de euros que se invertirán hasta 2023. Por otro lado, el Ayuntamiento también ha invitado a constructoras para que pujen por los bloques de viviendas protegidas que quiere levantar para nada menos que 70.000 familias. Si lo consigue, el porcentaje de la población que reside en edificios pasará del 40% actual al 58,5% en 2020 y al 70,1% en 2030.

La consecución de este plan es vital no sólo para los residentes en yurtas, también para el resto. La capital, en su estado actual, no puede absorber más población. No en vano, un informe de Naciones Unidas estima que los 375.000 vehículos actuales, con los que ya se crean atascos de proporciones épicas, serán 900.000 en 2020. El transporte público representa sólo un 1% de esa cifra y rara vez llega a los suburbios, un hecho que incrementa la sensación de apartheid y dificulta la vida de los residentes más pobres. “Ir a la escuela o a hacer la compra es muy difícil, porque todo queda muy lejos y apenas pasa un autobús cada media hora a varios kilómetros del ger”, se lamenta Bardal.

En cualquier caso, para acometer el proceso de urbanización de Ulán Bator y reubicar a tanta gente, el Gobierno también tendrá que afinar la legislación que regula la concesión de tierra en zonas urbanas. Porque el derecho a una parcela que tienen todos los ciudadanos —la mayor parte del suelo sigue siendo propiedad del Estado a pesar de que Mongolia abandonó el comunismo en 1990— provoca tensiones y desconcierto. “Hay gente que monta su ger donde le da la gana, sin pasar por el proceso administrativo exigido, como si estuviese todavía en la estepa”, critica Batar Bold, un hombre de 65 años que se mudó a UB hace uno para que sus hijos pudiesen estudiar en la universidad. A pocos metros, sus palabras cobran sentido: una familia hace las maletas después de haber sido expulsada del lugar en el que acababan de establecer su yurta.

Además, los políticos mongoles también tendrán que trabajar para limar las crecientes diferencias sociales, aunque en las barriadas de gers no cunde el optimismo al respecto. “Hay ricos que acaparan mucha tierra y se comportan como terratenientes gracias a la protección de políticos corruptos”, denuncia Bold. Así, contrastes más propios de la vecina China comienzan a florecer en el centro de Ulán Bator, donde ya han encontrado su lugar empresas del sector de lujo, como Louis Vuitton, y en el que se mezclan viejos coches soviéticos con deportivos de última generación. “Me apena que los nómadas hayamos perdido una forma de vida milenaria”, reconoce Bold. “Pero no veo una alternativa en la coyuntura actual”, sentencia.

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Tomado de: El Pais.com

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