Arthur Miller, contra viento y marea


El mundo del teatro conmemora un siglo del dramaturgo estadounidense que fuera aclamado como un clásico en vida.

MARCOS ORDÓÑEZ
8 JUL 2015 – 00:02 CEST

Arthur Miller, con su hija Rebecca en el regazo, retratado en 1962 por su esposa, Inge Morath. / INGE MORATH (MAGNUM)Cuando Arthur Miller, de quien este año se cumple el centenario de su nacimiento, estrenó La muerte de un viajante (1949), su obra más popular, pulverizó de un solo golpe dos lugares comunes del teatro estadounidense: que la tragedia estaba reservada a los héroes y que el realismo crítico había muerto a finales de los años treinta (y, de paso, que cualquier pieza con la palabra “muerte” en el título era veneno para la taquilla). Si Todos eran mis hijos (1947), su primera pieza estrenada, había nacido a la sombra de Ibsen, con la segunda Miller (Harlem, 1915-Roxbury, Connecticut, 2005) entró de lleno en la tradición “nacional” de Eugene O’Neill, Thornton Wilder, Clifford Odets, y el teatro yiddish.

La muerte de un viajante, dirigida por Elia Kazan y protagonizada por Lee J. Cobb y Mildred Dunnock, obtuvo un éxito descomunal: ganó el Pulitzer, el Tony al mejor autor y el trofeo del círculo de críticos de Nueva York. Al acabar su primera temporada había recaudado 1.250.000 dólares y permaneció dos años en cartel, con 742 funciones. El triunfo llevaba aparejada una condena: todas sus piezas posteriores iban a sufrir la inevitable comparación con aquel atronador pistoletazo de salida.

Las brujas de Salem (1953), alegoría de la caza de brujas del senador McCarthy, le valió el Tony a la mejor obra pero tuvo críticas hostiles y no llegó a las doscientas representaciones, aunque remontó en su siguiente producción y en su estreno europeo, protagonizado por Ives Montand y Simone Signoret. Algo similar sucedió con Panorama desde el puente, para mi gusto su obra más poderosa y concentrada. En 1955 se estrenó su versión en un acto, en programa doble conRecuerdo de dos lunes, elegíaca evocación de su adolescencia durante la Depresión, y tuvo menos espectadores que Las brujas de Salem. Al año siguiente, ya en versión de dos actos, Panorama desde el puente fue mucho mejor recibida en Londres, a las órdenes de Peter Brook, con una gran interpretación de Anthony Quayle.

Aplausos y silencios

En 1957, Miller se niega a dar nombres ante el comité de McCarthy, a diferencia de dos de sus mejores amigos, Elia Kazan y Lee J. Cobb, artífices de su primer éxito. Fue multado y pasó a la lista negra, aunque su causa resultó sobreseída por el tribunal de apelaciones un año más tarde. La prensa estadounidense de la época le colgó dos clichés a la espalda: para unos era “el peligroso comunista” y para otros “el marido de Marilyn”, con la que se había casado en 1957 y de la que se divorciaría en 1960. Para Marilyn escribió el espléndido y desolado guión de Vidas rebeldes(1961), la película de John Huston. Y ella está, igualmente, en el centro de Después de la caída (1964), su obra más personal (y también la más desequilibrada), casi un “Miller Ocho y Medio”, donde intentó abordar en clave psicoanalítica su tormentosa relación matrimonial, su trayectoria como autor y la culpa del Holocausto. La función fue pésimamente recibida por los críticos, que le acusaron de querer ajustar cuentas con la actriz y aprovecharse de su trágica muerte.

Recién casado con la fotógrafa Inge Morath, Miller visita el campo de exterminio de Mauthausen y cubre los juicios a los nazis en Fráncfort para el New York Herald Tribune, experiencia de la que surgirá Incidente en Vichy (1964), una nueva obra en un acto que pasó fugaz (32 funciones) por Broadway y que en Londres contaría con un actor de excepción: sir Alec Guinness. En 1968 estrena El precio, su último éxito: un personaje de comedia, el anciano y vitalísimo Gregory Solomon, se lleva de calle la función. En 1969 se prohíben sus obras en Rusia por su apoyo a los escritores disidentes como presidente del International Pen Club. Durante esos años viaja con su esposa por todo el mundo, sigue la puesta en escena de sus montajes en China o Turquía y escribe libros sobre esas experiencias. Es aclamado como un clásico vivo, pero cada vez le resulta más difícil estrenar en su tierra natal, y cuando lo consigue obtiene magros resultados, como las veinte funciones de The Creation of the World and Other Business (1972) en el Shubert Theatre de Broadway, o las doce, su cota más baja, de The American Clock(1980), en el Biltmore.

En los noventa Miller vuelve a la carga con la ambiciosa Broken Glass (1990), en la que aborda la toma del poder por parte de los nazis (la tristemente célebre “noche de los cristales rotos”), y vuelve a chocar con el desinterés de público y crítica: 73 funciones en el Both Theatre. Obtiene, sin embargo, su mayor triunfo de esa década con unas extensas memorias, Time Bends (1987), publicadas en castellano por Tusquets (Vueltas al tiempo). En 2002 recibe el premio Príncipe de Asturias, y el premio Jerusalén al año siguiente. En 2004 estrena en el Goodman Theatre de Chicago Finishing the Picture,sobre su relación con Marilyn Monroe durante el rodaje de Vidas rebeldes. Cuatro meses más tarde muere en Conecticut, a los 89 años.

Tomado de: El Pais.com

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