La última batalla de Yangon: su legado cultural


El crecimiento descontrolado de los últimos años amenaza al centro histórico de la capital birmana y a sus pobladores. Varias organizaciones luchan por mantener su legado • FOTOGALERÍA: La nueva Yangon no es verde

PABLO L. OROSA | Yangon
13 JUL 2015 – 10:00 CEST

Un grupo de ciudadanos se reune en un mercado callejero de Yangon
Un grupo de ciudadanos se reune en un mercado callejero de Yangon / YE AUNG THU (AFP)

Cuando Pablo Neruda llegó a Birmania siendo todavía el cónsul Ricardo Neftalí Reyes, Yangon, a la que entonces llamaban Rangún, era una urbe cosmopolita que bullía al ritmo de la compraventa de aceite, arroz y teca rumbo a la metrópolis londinense. Alrededor del puerto, comerciantes indios, chinos y británicos compartían el té con peregrinos budistas que se postraban claudicantes ante el domo dorado de la Shwedagon pagoda.

Viví en Birmania, entre las cúpulas de metal poderoso, y la espesura donde el tigre quemaba sus anillos de oro sangriento.

Desde mis ventanas en Dalhousie Street, el olor indefinible, musgo en las pagodas, perfumes y excrementos, polen, pólvora de un mundo saturado por la humedad humana, subió hasta mí

Neruda, El viajero (1927)

Hoy ese olor indefinible sigue envolviendo la calle Dalhousie, aunque ni siquiera se llame ya así ni haya musgo sobre la corladura de la Sule pagoda. Mas en la avenida Maha Bandula, entre los arcos imperiales del ayuntamiento y los campanarios de la iglesia Baptista de Emmanuel, sigue oliendo a polen. A perfume. A excrementos. Huelen las flores del mercado. Las jóvenes que balancean alborozadas las caderas bajo el longyi. Huelen las verduras podridas.

En las últimas décadas, la ciudad ha experimentado un crecimiento demográfico desmesurado: oficialmente su población alcanza los cinco millones de habitantes, aunque son miles más los que residen en las pequeñas barriadas que copan el estuario del río Yangon. “Tenemos un grave problema con el tráfico. La gente trabaja en el centro, pero vive en las afueras, así que cada día se producen atascos kilométricos. Mira a tu derecha, ¡son miles de coches!”, explica un joven taxista señalando la caravana de vehículos atrancados junto al lago Inya mientras se afana en colocar la estampa de Buda que corona el salpicadero. Se había caído en el último frenazo.

Daw Moe Moe Lwin todavía recuerda cuando Yangon era una pequeña urbe portuaria evocada en conversaciones de colonos retornados. Aquella ciudad de callejones estrechos y pórticos majestuosos, abrigo del sol incandescente del Índico y de las lluvias furiosas del monzón, comenzó a morir en la década de los noventa víctima de los nuevos bloques de apartamentos, centros comerciales y hoteles de alta gama. En 2011, el 35% del centro histórico había sido ya destruido. “Tenemos que proteger y preservar nuestro patrimonio”, asegura Moe Moe Lwin desde su despacho en el primer piso del número 22 de la calle Pansodan, un reducto victoriano dominado por los ladrillos rojizos de la torre del reloj de la Corte de Justicia. Por eso decidió unirse, en junio de 2012, a un grupo de arquitectos, empresarios y historiadores para librar desde la Yangon Heritage Trust (YHT) la última batalla de la ciudad: la de su legado cultural.

Fachadas de edificios en el centro de la ciudad
Tras décadas sin mantenimiento, la humedad y la herrumbre han tomado las fachadas de muchos edificios en el centro de la ciudad / PABLO L. OROSA

De Roma a Bangkok: el tiempo suspendido

En marzo de 1962, el general Ne Win consumó la traición del acuerdo de independencia de Panglong e impuso en Birmania una dictadura militar que suspendió el tiempo en el país durante casi medio siglo. Los extranjeros fueron expulsados y sus negocios, como el hotel Strand, construido en 1901 por los hermanos armenios Sarkies, o el emblemático complejo Sofaer, erigido por este comerciante de origen judío sobre columnas corintias y azulejos importados de Manchester, nacionalizados.

Así, mientras otras capitales de la región, como Singapur, Bangkok o Kuala Lumpur, se ocultaban bajo un manto de rascacielos de cristal, el relato arquitectónico de Yangon, testimonio de su vasto pasado multicultural, permaneció inalterable: pagodas y monasterios budistas, iglesias y capillas cristianas, una catedral católica, mezquitas, templos hindúes, gurdwaras sij, sinagogas, iglesias armenias y un templo del fuego parsi sobrevivieron impasibles hasta principios de siglo.

La apertura democrática del país ha acelerado desde entonces la fiebre constructora en Yangon: miles de personas han sido expulsadas de sus tierras en las afueras para levantar complejos residenciales, al tiempo que el centro de la ciudad se convertía en un preciado negocio para los magnates afines al régimen militar. En 2014, la ciudad fue incorporada por World Monuments Fund (WMF) a su mapa mundial de patrimonio en riesgo de desaparición o deterioro. “Yangon fue incluida en 2014 en nuestra World Monuments Watch para llamar la atención sobre los peligros del desarrollo desenfrenado” ya que “hasta hace unos meses, las presiones del desarrollo parecían ser una amenaza constante para la preservación del centro histórico de la ciudad”, explica por correo electrónico la vicepresidenta ejecutiva de la organización, Lisa Ackerman.

Mercado
Los pequeños mercados que copan las calles de la ciudad son el eje de la vida diaria de sus habitantes. / PABLO L. OROSA

Atasco
Los atascos se han convertido en una parte más de la vida en Yangon. / PABLO L. OROSA

En estas últimas semanas, los responsables municipales han abierto la puerta al diálogo para la protección de las areas de interés histórico. “Últimamente nos piden consejo sobre conservación y planificación”, afirma Moe Moe Lwin. “Parece que tienen más interés en discutir el impacto de los nuevos desarrollos urbanísticos”, añade Ackerman. El problema radica ahora en la ausencia de una legislación que regule los usos del suelo. “En Europa existen leyes por las que las operaciones urbanísticas requieren la aprobación de Patrimonio. Aquí no hay ninguna legislación que lo exija, por lo que las parcelas son vendidas y los inmuebles demolidos”, apunta la directora de YHT.

Por el momento, la batalla se libra edificio a edificio. Barrio a barrio. Del Yangon Hospital al Waziya cinema, el más antiguo de la capital. El último bastión de lo que una vez fue una brillante industrial cultural. “La ciudad necesita el desarrollo, el problema es la falta de planificación y legislación. Hace falta un inventario del patrimonio histórico de la ciudad y una visión integradora de la planificación urbanística”, insiste Moe Moe Lwin. Es el momento de que Yangon decida lo que quiere ser en el futuro: otra mega urbe asiática de paredes verticales, como Bangkok o Kuala Lumpur, o, al estilo de Roma, una versión modernizada del enclave cosmopolita que dominó durante siglos la costa de Andamán.

“Save Shwedagon Pagoda”

Al caer el sol, el bullicio que durante la tarde envuelve el People´s Park se convierte en un silencio atronador. Tres jóvenes universitarios apuran los últimos minutos de conversación bajo un cielo anaranjado que envuelve la ciudad bajo un cálido barniz. Cuando los ecos de la charla se han diluido entre los cláxones de Ahlon Road, Yangon es ya un paisaje de sombras iluminadas por el brillo majestuoso de la Shwedagon Pagoda, una joya de la arquitectura religiosa budista rematada por una estupa de 7.000 diamantes, rubíes, topacios y zafiros. “Esta pagoda es importante para el pueblo birmano, es un espacio de fe”, expone Moe Moe Lwin. De hecho, al igual que los musulmanes deben visitar la Kaaba en La Meca, los budistas tienen que peregrinar a la Shwedagon pagoda al menos una vez en la vida.

A lo largo de sus 2.600 años de historia, la Shwedagon pagoda ha sobrevivido a fuertes terremotos y al incendio de 1931, mas en los últimos tiempos la amenaza ha tomado forma humana: el desarrollo urbanístico. Proyectos como el Dagon City 1, un complejo residencial con edificios de ocho plantas, oficinas y un hotel de cinco estrellas, podrían dañar la estructura sagrada. Además arruinarían su jerarquía estética sobre la ciudad. Por eso, colectivos sociales, religiosos y políticos han lanzado una campaña “Save Shwe Dagon Pagoda”, que cuenta ya con más de 10.000 seguidores en las redes sociales. “Si estos proyectos no son cancelados, organizaremos manifestaciones a lo largo del país”, alertó la Society to Protect the Shwedagon en una conferencia organizada el pasado mes de junio en Yangon. Apenas unas semanas después, el presidente del país, U Thein Sein, anunció, según la presa local, la paralización de todos los proyectos urbanísticos en las parcelas al sur de la pagoda, entre ellos el Dagon City 1.

Lo que necesitamos, tercia la directora de YHT, es implementar un modelo de protección urbanística “como el de la Torre Eiffel”, en París, donde toda la planificación esté encaminada a preservar el papel preponderante de la pagoda a través de avenidas, parques y espacios abiertos que “permitan su contemplación”.

Callejuela
La vida en Yangon bulle en torno a las pequeñas callejuelas rectilíneas que desembocan en el puerto. / PABLO L. OROSA

Los mercados de la corrupción

En la esquina del calle Merchant, apenas a cinco minutos del puerto, una retahíla de máquinas de escribir se alinea bajo toldos de lona roja sin que nadie se acerque a esta hora del mediodía reclamando el sonido de sus teclas herrumbrosas. En frente, niños uniformados de un blanco reluciente corretean en busca de una bolsa de patatas. Junto a ellos, un turista disfruta del último pedazo, todavía humeante, de una torta de harina azucarada que probablemente habrá comprado en el mercadillo de Maha Bandula. En la mano sostiene una copia de Burmese Days, de George Orwell.

La Yangon de Orwell, capital por aquel entonces de la provincia birmana del Raj británico a la que Mahatma Gandhi acudió hasta en tres ocasiones con sus marchas por la independencia, fue a principios del siglo XX el refugio asiático de la vanguardia creativa: por aquel entramado racionalista de callejuelas rectilíneas, nunca más allá de la frontera imaginaria de la Boundary Road, pasearon durante aquellos años de Belle Époque Rudyard Kipling, Somerset Maugham, Aldous Huxley o H.G. Wells.

Aquel mundo saturado por la humedad humana del que hablaba Neruda giraba con las pulsiones diarias de los mercados que aún hoy copan las aceras del centro de la ciudad. “Los mercados son muy importantes en la vida cotidiana de los ciudadanos, especialmente de las mujeres. Ellas quieren vivir cerca de una mercado ya que acuden a él varias veces al día. Aquí no queremos neveras, preferimos ir a comprar los alimentos frescos”, comenta Moe Moe Lwin. El Gobierno lleva meses impulsando un programa de reforma y reordenación de bazares y mercados que carece de todo apoyo social. “Los nuevos mercados nocturnos no está funcionando. Los vendedores no se quieren instalar porque los clientes no acuden, así que vuelven a las calles y montan de nuevo sus puestos allí”, reconoce la directora del YHT.

Los nuevos zocos están siendo levantados en bajos, a menudo subterráneos, de centros comerciales y bloques de apartamentos, lo que agudiza los problemas de tráfico y llena los alrededores de inmundicia. “¡Quién va a querer ir a comprar a un sótano pudiéndolo hacer a la luz del día!”, subraya Moe Moe Lwin

Pese al rechazo de los ciudadanos, el Ejecutivo municipal propuso el pasado mes de mayo la construcción de cuatro nuevos mercados en los barrios de Thingangyun, Dawbon, Kyeemyindaing y Mingalar Taung Nyunt. En los puestos de Maha Mandula pocos quieren hablar, pero los que lo hacen aluden a los intereses empresariales de una élite económica muy vinculada a la cúpula militar que sigue controlando el país. La misma que se lucra con la venta de los jardines y parcelas de los antiguos ministerios que fueron trasladados a la nueva capital, Naypyidaw, en 2005. La misma que alimenta una corrupción rampante.

En Yangon, como en ciudades de todo el mundo, se libra una batalla entre los que abogan por la conservación y los que apuestan por un provechoso programa de edificación permanente. “El péndulo oscila entre las acusaciones por querer salvar demasiado y congelar la ciudad en el tiempo o por querer cambiarlo todo borrando el carácter propio. Yo creo que es posible armonizar desarrollo y conservación. Muchas ciudades dinámicas mezclan lo antiguo y lo nuevo de manera muy interesante”, asegura Ackerman.

“Algunos nos acusan de querer salvar edificios de la época colonial, pero aunque fueron diseñados por arquitectos británicos, fueron ejecutados por trabajadores locales. Además, todos estos edificios han sido adaptados a nuestro entorno, nuestras condiciones climáticas y nuestras costumbres. Los hemos usado durante 60 años. Son nuestro patrimonio. Nuestro legado cultural”, sentencia Moe Moe Lwin, quien apoyada sobre el muro resquebrajado de la terraza observa las fachadas desvencijadas de la calle Merchant. De fondo, la letanía mecánica de los bulldozers termina por ahogar sus palabras.

Tomado de: El Pais.com

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