Orcas, estrategias de caza


Las orcas demuestran su inteligencia colaborando para obtener alimento.

Por Virginia Morell
julio de 2015

Orcas
Unas orcas cazan arenques en Andfjorden, Noruega. Los integrantes de la manada coordinan sus movimientos para obligar al banco de arenques a formar una esfera, una configuración muy ventajosa para su estrategia de caza. Luego propinan unos coletazos, que aturden o matan a sus presas / Foto: Paul Nicklen

En la literatura occidental no hay orcas. A pesar de su aspecto de criatura mítica –un cuerpo lustroso, los colores del oso panda y una sonrisa de dientes cónicos–, no figuran en la lista de personajes de nuestras grandes novelas. No hay una orca equivalente a Moby Dick, la gran ballena blanca.

Sin embargo, muchos de nosotros tenemos una imagen de ellas, formada a partir de vídeos de espectáculos en los delfinarios: orcas que descri­ben círculos interminables en minúsculas piscinas o que saltan en el aire para entretenernos. Algunos creen que esta vida triste y limitada causa en las orcas cautivas un trauma psicológico. Y eso parte el corazón, porque cuando las ves en su entorno natural, percibes todo aquello que jamás podrá apreciarse en un espectáculo: su espíritu y sagacidad, su alegría y astucia, su amor por el mar abierto, la caza, la vida.

Un frío día de enero me vi rodeada por cente­nares de orcas –Orcinus orca, el delfín de mayor tamaño– que cazaban como una manada de lobos en las aguas del Andfjorden, un fiordo de Noruega situado 320 kilómetros al norte del círculo polar Ártico. El lomo y la alta aleta dorsal de cada una de ellas centelleaban en el crepúsculo ártico cada vez que se sumergían y volvían a emerger en grupo para acorralar, aturdir y devorar un banco de arenques.De vez en cuando una orca golpeaba la superficie con la cola. Bajo el agua dan coletazos parecidos, me dijo Tiu Similä, bióloga especializada en cetáceos, una de las pioneras en el estudio de las orcas en Noruega y experta en una técnica de caza llamada alimentación en carrusel. El gol­pe no siempre mata a los arenques, explicó, pero aturde a la mayoría, poniéndolos en bandeja. «Lo que vemos en la superficie no es nada comparado con lo que ocurre bajo el agua –añadió–. Cada orca tiene un papel. Es como un ballet: tie­­nen que moverse de forma coordinada, comuni­carse y decidir qué hacer a continuación.»

Pese a la abundancia de arenques, no es fácil para las orcas capturarlos, pues son peces muy veloces que forman bancos defensivos, con los extremos impenetrables como murallas. A diferencia de los misticetos, las orcas no se lanzan con la boca abierta para engullir gran cantidad de peces y agua marina, sino que actúan como perros pastores que guían el rebaño para compactar los cardúmenes en grupos densos y controlables. «Las orcas deben impedir que los peces vayan al fondo –continuó Similä–, así que los obligan a subir a la superficie y nadan en torno a ellos para que formen una esfera.»

Los integrantes de la manada se turnan para sumergirse hasta la parte inferior del banco y girar a su alrededor (el carrusel de orcas) al tiempo que expelen burbujas de aire, emiten sonidos y exhiben sus vientres blancos para aterrorizar a los arenques. Estos responden compactándose aún más. Cuando el carrusel va a toda velocidad, los arenques saltan a la superficie en un intento desesperado por escapar. «Da la impresión de que el mar está hirviendo», dijo Similä.

En cuanto la manada tiene a los arenques controlados, una orca golpea el borde del cardumen con la cola… y la cena está servida.

Pero las orcas que observábamos no participa­ban en un carrusel clásico. Nadaban y se sumergían delante y detrás de un banco de peces, pero no giraban a su alrededor. Aunque la superficie del mar no se había convertido en un hervidero de peces, las orcas estaban dándose un banquete. Similä lo sabía por los coletazos, la presencia de arenques aturdidos y muertos y las escamas que flotaban como monedas de plata.

La alimentación en carrusel es una de las tácticas de caza que algunos científicos –como Similä– consideran parte de la «cultura» de esta especie, que incluye estrategias específicas en función del tipo de presa. En Argentina las orcas embisten contra la orilla para atrapar desprevenidos cachorros de león marino, sincronizando sus ataques con las olas y mareas para garantizar que no estarán mucho tiempo varadas. En la Antártida, los integrantes de las manadas cooperan para generar grandes olas que tiran a las focas de los témpanos de hielo. Son técnicas que las orcas jóvenes aprenden de las veteranas.

Lo que nunca se ha documentado es la caza cooperativa de orcas y ballenas. Es más, las orcas cazan cachalotes, ballenas grises, rorcuales comunes, yubartas y otras muchas ballenas. Por eso Similä no se explicaba lo que veía. Normalmente las manadas de orcas de la zona cazaban solas, pero ese día nadaban con yubartas y rorcuales comunes que también participaban del festín. Las orcas iban a la velocidad del rayo, rodeando a los arenques, mientras que las yubartas se lanzaban en vertical con la boca abierta, engullendo peces, y los rorcuales mostraban su aleta curva apenas un instante cuando salían a respirar antes de volver a las profundidades del banquete.

«Jamás había visto nada igual –dijo Similä–. ¿Trabajan todas a una para comerse los peces?»

Dado que las yubartas emplean un método similar a la alimentación en carrusel (rodean un banco de peces o de krill y luego expelen burbujas de aire para obligarlos a formar una esfera), Similä pensó que podían estar cooperando con las orcas. O que orcas y ballenas estuviesen llevando a cabo una sesión de «alimentación en tránsito», es decir, simplemente compactando el inmenso banco de arenques y golpeando un lado de la esfera para comer un tentempié rápido antes de seguir su camino. «Pero la alimentación en tránsito exige más energía que el carrusel –apuntó Similä–. Y aquí hay tanto arenque que el carrusel sería más lógico.»

Pero las orcas no se demoraron el tiempo suficiente para orquestar un carrusel. Junto con las yubartas y los rorcuales, se marcharon a toda velocidad como si se dirigiesen a un acto de gala y solo hiciesen breves paradas para picar algo.

Las orcas, pertenecientes a la familia de los delfínidos, presentan la distribución más amplia de todos los cetáceos. Sin embargo, aunque se encuentran en todos los océanos, a menudo cerca de la costa, y en todas las latitudes, desde el Ártico hasta el Antártico, continúan siendo un misterio. Ni siquiera sabemos en cuántas especies y subespecies se distribuye su población total, que se calcula es de al menos 50.000 ejemplares.

¿Es una buena cifra? ¿O corren peligro? Nadie lo sabe, porque no empezaron a cuantificarse hasta los años setenta y los investigadores no están seguros de cuántos individuos pertenecen a cada uno de los ecotipos actualmente reconocidos. Aquí, en el Atlántico Norte, quizá coexistan múltiples ecotipos; las orcas que observábamos Similä y yo están especializadas en comer arenques, habitan los mares de Noruega y de Barents y en 1990 se estimó que eran unas 3.000. En torno a un millar de ellas –Similä y sus colegas las llaman orcas noruegas– entran en los fiordos a la zaga del arenque. Pero los arenques no son presas predecibles. Sus poblaciones varían mu­­cho de un año a otro, y no viven todo el año en los fiordos. En primavera desovan cerca de la costa, en verano se dispersan en el mar de Noruega y a fines de otoño migran en bancos enormes a su zona de invernada, el litoral noruego o sus fiordos. Allá donde van, las orcas los siguen.

A principios de los años sesenta la sobrepesca alteró este patrón y durante un tiempo las orcas desaparecieron de los fiordos noruegos. A principios de los ochenta las poblaciones de arenques se recuperaron y volvieron a verse orcas en los fiordos al sur del Andfjorden. Similä, que en ese momento hacía un posgrado sobre el plancton de los lagos de Finlandia, su país natal, se enteró de que un grupo de biólogos iba a organizar safaris de orcas en Noruega y se ofreció voluntaria para trabajar con ellos. En su primer día, la aleta dorsal de un macho hendió el agua junto a su balsa hinchable. La escena la dejó sin habla, y decidió reorientar su investigación hacia las orcas.

Durante los siguientes 20 años pasó un invierno tras otro siguiendo a las orcas cuando se adentraban en los fiordos a la caza del arenque. Junto con sus colegas, fotografiaban todas las orcas que podían para identificarlas individualmente y buceaban con ellas para filmarlas mientras comían. «Lo cierto es que por entonces no se sabía nada sobre las orcas –recordaba Similä–. A la gente se le decía que eran una plaga y un peligro, que se comían nuestro pescado.»

Los pescadores disparaban contra cualquier orca avistada. Entre 1978 y 1981, año en que las autoridades acabaron con la caza selectiva, se abatieron 346 ejemplares. Muchos noruegos las siguieron considerando unas devoradoras de arenques hasta 1992, cuando una cadena de televisión pasó imágenes del estudio de Similä en las que se las veía comiendo arenques delicadamente, uno a uno, y no engullendo bancos enteros.

Las manadas con miembros muertos o heridos por pescadores armados parecen recordarlo. «A veces vemos orcas con cicatrices de disparos –explicó Similä–. A esas manadas es imposible acercarse. Ni siquiera hoy, que ha pasado tanto tiempo. En cuanto oyen un motor, se marchan.»

Las manadas están dirigidas por la matriarca fundadora. Similä cree que estas «madres sabias» enseñan a sus crías a evitar los barcos pesqueros, preservando así el recuerdo del colectivo. «Ignoro cómo lo comunican. A lo mejor simplemente se llevan a los demás cuando oyen un motor. Pero sin duda tienen algún modo de decirles: “¡Cuidado, eso es malo, es peligroso!”.»

Un día, tras avistar varios chorros en la otra punta del fiordo, navegamos los tres kilómetros que nos separaban de una laguna en calma. Allí las manadas de orcas emergían, sus aletas dorsales cabeceando como velas sobre el mar, y las yubartas avanzaban en busca de peces. Unas crías surfearon juguetonas en la estela de nuestra barca. Aunque aquellas orcas no cazaban desplazándose a gran velocidad, como vimos el primer día, tampoco estaban alimentándose en carrusel.

Similä admiraba el modo en que cada individuo tiene un papel en la sesión de caza. Había visto adultas guiando a jóvenes, crías imitando los coletazos de sus madres, manadas que hacían largos viajes hasta las zonas de desove de los arenques, aparentemente para seguirles la pista. Tras colocar marcas electrónicas para seguir por satélite a varias orcas, Similä y sus colegas habían cartografiado algunas de esas misiones de exploración. «Una de las orcas viajaba tanto y tan rá­­pido (cientos de kilómetros al día) que creímos que estaba siendo arrastrada por un barco –ex­­plicó–. Ahora me río de haber pensado tal cosa.»

Similä relata una historia que demuestra lo poco que conocemos a las orcas. En 1996 avista­ron una cría con graves lesiones en la columna vertebral y la aleta dorsal, seguramente causadas por la colisión contra un barco. «La llamamos Stumpy [“gibosa”] por la deformidad de su aleta dorsal –contó Similä–. No es como las otras or­­cas. No puede cazar, y las demás cuidan de ella.» En vez de vivir con una sola manada específica, Stumpy viaja con al menos cinco. Todas le suministran alimento. «Stumpy es para mí el mayor misterio –dijo Similä–. No sé qué ocurrirá cuando alcance la madurez sexual, pero las demás orcas saben que necesita ayuda y se la prestan.»

Algunos investigadores han sugerido que en el seno de una manada existen vínculos sociales tan estrechos que sus integrantes reaccionan ante otros animales y su entorno como una sola mente colectiva. Quizás eso explique que veamos manadas enteras varadas cuando solo uno de sus miembros enferma y se dirige a la costa, que algunos machos mueran cuando muere su madre, y que tantas orcas ayuden a Stumpy.

Cuando has pasado tantos años de tu vida rodeada de criaturas que viven en sociedades cooperativas, recuerdan el pasado y cuidan a los más débiles, aprendes a no descartar que posean otras capacidades. Por eso Similä consideraba la posibilidad de que las orcas se hubiesen aliado con las yubartas y los rorcuales para cazar.

Luego cambió de opinión. «No, no trabajan en equipo –me dijo posteriormente por teléfono–. Esas yubartas echan a perder los esfuerzos de las orcas. Cada vez que las orcas consiguen organizar a los arenques, ellas lo estropean. Y los rorcuales también se aprovechan.»

A las orcas no parecía importarles. En ningún momento dieron muestras de querer escapar de los gorrones, de hacerles frente o de ahuyentarlos. Quizá tanta ecuanimidad obedecía a la abundancia de arenques de aquel invierno en Andfjorden: más que de sobra para todos.

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Tomado de: National Geographic

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