Patrimonio de la Humanidad. El futuro incierto de nuestro pasado


Factores como el deterioro medioambiental, las catástrofes naturales o la destrucción premeditada diezman el patrimonio natural y cultural de la Unesco.

Por Eva van den Berg
agosto de 2015

LEPTIS MAGNA, LIBIA
LEPTIS MAGNA, LIBIA. Libia alberga un valioso legado de su pasado griego y romano. La inestabilidad que acompañó el derrocamiento de Gadafi puso en jaque la conservación de ese patrimonio, y la amenaza se cierne aún ante la falta de estructuras de Estado en la convulsa situación actual / Foto: Jacques Sierpinski / Hemis/Gtres

Hace más de dos mil años, caravanas procedentes de Oriente cargadas de perfumes, especias y seda cruzaban una y otra vez las calzadas de Palmira. El activo comercio de tan exóticas manufacturas convirtió aquella ciudad del desierto de Siria en una de las más florecientes del Imperio romano.

También en una de las más bellas. Pero el paso del tiempo, los sucesivos saqueos y terremotos, la decadencia y el abandono final la sumieron en el olvido. Habría que esperar al siglo XX para que distintos equipos de arqueólogos empezaran a excavar sus vestigios y desvelaran al mundo la importancia de aquel antiguo punto de encuentro de las caravanas de la Ruta de la Seda. En 1980, la Unesco, máxima autoridad internacional en materia de preservación del patrimonio cultural, incluyó el oasis de Palmira, al nordeste de Damasco, en la Lista del Patrimonio Mundial «por albergar las ruinas monumentales de una gran ciudad que fue uno de los centros culturales más importantes de la Antigüedad. Sometida a la influencia de diversas civilizaciones, la arquitectura y las artes de Palmira fusionaron en los siglos I y II d.C. las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas».Desde entonces, los templos, las avenidas co­­lumnadas, el teatro y el ágora de Palmira desper­taron la admiración de quienes la visitaron, hasta que en marzo de 2011 estalló la cruenta guerra civil que sigue ocasionando miles de víctimas humanas y daños irreparables en el rico patrimo­nio de este país. El centro histórico de Alepo, con sus bazares y caravasares, fue pasto de los devastadores bombardeos. La destrucción afectó también a Homs, Bosra, barrios de Damasco y las milenarias ciudades del norte del país vinculadas a las culturas mesopotámicas. Hoy, al cierre de esta edición, el avance de los yihadis­tas sunníes del Estado Islámico (EI), cuyos combatientes tomaron recientemente Palmira, ponen en jaque la pervivencia de la antigua ciudad del desierto sirio, mientras la comunidad internacional, con la Unesco al frente, no cesa en sus esfuerzos di­­plomáticos por salvarla.

Este es el objetivo que persigue la Unesco cada vez que incluye un monumento, yacimiento arqueológico, núcleo histórico, paisaje cultural, obra de arte o archivo significativo en su Lista del Patrimonio Mundial: asegurar la perdurabilidad de nuestro legado y entregarlo a las futuras generaciones en las mejores condiciones posibles.

Son muchos los factores que amenazan ese patrimonio, desde el inexorable paso del tiempo o las catástrofes naturales, frecuentes e imprevi­sibles, hasta los de origen humano que han llevado a la destrucción de joyas irreemplazables. El expolio, la contaminación, el exceso de urbanización y la falta de recursos son algunos de ellos. Pero, por desgracia, la destrucción premeditada causada por las guerras y otros conflictos es también moneda corriente en nuestros días. Ataques de terroristas han borrado de la faz del planeta vestigios de culturas juzgadas antagónicas a sus credos. Como sucedió en marzo de 2001, cuando el gobierno islamista de los talibanes dinamitó en el corazón de Afganistán los dos colosales budas esculpidos en la roca de Bamiyán, después de varios días disparando a las estatuas. La Unesco incluyó de manera simbólica el sitio en su Lista dos años después por tratarse de «un exponente de las creaciones artísticas y religiosas de la antigua Bactria entre los siglos I y XIII, en las que confluyeron distintas influencias culturales que desembocaron en la eclosión de la escuela de arte búdico de Gandhara».

Desde entonces y hasta el momento presente, el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), una asociación no gubernamental vinculada a la Unesco y ubicada en París, trabaja por recomponer a partir de fragmentos las dos monumentales estatuas. Un empeño que se suma al que lleva a cabo en Alemania la Universidad de Aquisgrán, donde los expertos intentan una reconstrucción virtual de los budas en 3D.

En otro brutal ataque, perpetrado en febrero de este año en el Museo de la Civilización de Mosul, en Iraq, el EI destrozó a martillazos estatuas asirias, atentando contra su patrimonio milenario. Un acto salvaje que la Unesco calificó como «tragedia cultural» y que originó la puesta en marcha del llamado Proyecto Mosul, una muestra de que la humanidad a veces también es capaz de organizarse por un bien común. La iniciativa movilizó a través de internet a cientos de miles de voluntarios con un fin: recolectar la mayor cantidad posible de imágenes de las piezas destruidas para poder hacer una réplica tridimensional de las mismas. Un paso previo a una futura reconstrucción in situ, cuando las condiciones lo permitan.

A lo largo de su existencia, la Unesco ha concluido con éxito muchas historias. Hoy son nu­­merosos los bienes culturales que han emergido de un deterioro ambiental generalizado y muestran su antiguo esplendor tras unas labores de restauración ingentes. Es el caso de los templos de Angkor, en la selva de Camboya, joya del Sudeste Asiático y legado del antiguo Imperio jemer; declarado por la Unesco en grave peligro en 1993, Angkor fue excluido de la «lista negra» en 2004 gracias a un riguroso programa de salvaguarda. O el del casco histórico de la ciudad croata de Dubrovnik, la Perla del Adriático, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en Pe­­ligro el mismo año en que estalló el conflicto armado, en 1991, y restaurado entre 1993 y 1998.

Otras historias con final feliz han requerido, más que profundas intervenciones, largas negociaciones diplomáticas. Por ejemplo, las relativas a las pirámides de Gizeh, que en 1995 estuvieron a punto de ser rodeadas por una autopista cuya construcción acabó por desestimarse. O la del yacimiento arqueológico de Delfos, en Grecia, amenazado en 1987 por la construcción de una planta de aluminio que finalmente se instaló lejos de este célebre oráculo de Apolo.

Pero… ¿cómo se hace para incluir un sitio en la Lista del Patrimonio Mundial? El primer paso es lograr que a ese lugar se le reconozca un valor universal excepcional. Una vez refrendada esta cualidad, los países que proponen una nueva candidatura deben lograr que esta cumpla, al menos, uno de los seis criterios de selección establecidos por la Unesco: el primero, que represente una obra maestra del genio creativo humano; el segundo, que haya sido la cuna de un intercambio de valores humanos a lo largo del tiempo; el tercer criterio, que el sitio aporte un testimonio único de una tradición o civilización existente o desaparecida; el cuarto, que las construcciones elegidas sean ilustrativas de una etapa significativa de la historia humana; el quinto, que los asentamientos humanos sean representativos de una cultura, y el sexto y último, que el sitio esté asociado a una tradición viva destacada.

Aspirantes no faltan: la riqueza cultural del planeta, diversa y maravillosa, es tan inmensa que la Lista elaborada por el Comité del Patrimonio Mundial aumenta cada año. En 2014 fueron inscritos en el catálogo 21 nuevos bienes culturales. Entre ellos, las edificaciones otomanas de la ciudad turca de Bursa; la Ciudadela de Erbil, en Iraq; los yacimientos precolombinos del delta del Diquís, en Costa Rica; el Gran Canal de China, y la antigua factoría Van Nelle de Rotterdam, en los Países Bajos, considerada un icono de la arquitectura industrial del siglo XX. Para decidir las medidas de conservación necesarias y aceptar nuevas candidaturas, el Comité del Patrimonio Mundial se reúne una o más veces al año en distintas capitales del mundo. La última reunión del Comité, celebrada en Bonn del pasado 28 de junio al 8 de julio, ha incorporado al elenco, entre otros bienes, los Caminos de Santiago del Norte Peninsular. Y recordó una vez más que, aparte de ser un deber moral para con nuestros descendientes, la conservación del patrimonio es fuente de bienestar social y un bien de altísimo valor económico, genera puestos de trabajo y nos vincula a nuestro pasado que, como dijo Shakespeare, no es más que el prólogo del devenir.

Conocer el pasado es la única forma de entender el presente y diseñar el futuro: quien olvida el punto de partida, pierde fácilmente de vista su meta. No hay duda de que si alguna vez logramos consensuar hacia dónde queremos dirigirnos, será después de comprender la historia de cada una de las obras que componen este Patrimonio. Saber o no apreciarlas en lo que valen definirá a la humanidad del futuro.

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Tomado de: National Geographic

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