Laos, la vida después de las bombas


Entre 1964 y 1973 EE.UU. lanzó dos millones de toneladas de bombas sobre Laos. ¿Cómo supera eso un país?

Por T. D Allman
septiembre de 2015


Esta munición (parte de las bombas sin explotar) se destruyó en 2012 para que un campo volviese a ser seguro / Foto: Stephen Wilkes

Llevaba varios días en la Llanura de las Jarras tratando de captar una imagen, hallar una metáfora, cristalizar una idea que pudiese transmitir lo que significa para Laos haber sido una de las naciones más duramente bombardeadas de la historia y acto seguido ha­­ber pasado página y, por imposible que parezca, haber encontrado un futuro. Por fin, en una avenida de Phonsavan, la capital provincial, di con ella: una gigantesca pila de carcasas de bombas dejadas tras los bombardeos estadounidenses sobre Laos, un torrente formidable e inútil de destrucción aérea. Y justo detrás de aquel montón de basura armamentística, un flamante cajero automático. Azul brillante y blanco resplandeciente, aquella pagoda monetaria eclipsaba los desechos herrumbrosos de una guerra semiolvidada. Tras inspeccionar las carcasas me acerqué al cajero, introduje la tarjeta de débito y saqué un millón de kips, unos 120 dólares. El fajo de billetes de 50.000 kips que escupió la máquina contaba otra historia sobre Laos, donde la era de las bombas ha cedido el paso a la era del dinero.

Hubo un tiempo en que la población de la provincia de Xiangkhouang pasaba años escondida en cuevas y túneles. Hoy Phonsavan es una ciudad tan transitada que los semáforos indican en pantallas digitales de cuántos segundos disponen los peatones para cruzar la calle. Aunque no hay que cambiar de acera para encontrar un banco, un restaurante, un mercado rebosante de frutas y verduras frescas, una tienda donde comprar unas zapatillas de deporte. Junto con las legendarias urnas megalíticas de la Llanura de las Jarras –cuyo propósito sigue siendo un misterio arqueológico–, los desechos de la guerra aérea con que Estados Unidos castigó el país entre 1964 y 1973 forman hoy parte de las campañas publicitarias que buscan atraer visitantes: el montón de carcasas de bombas se expone a las puertas de la oficina de turismo.Con sus colinas onduladas y sus planicies herbosas, en algunos puntos la Llanura de las Jarras recuerda a un gigantesco campo de golf. Solo que los búnkeres de arena son los cráteres de millones de bombas que explotaron. Otras tantas no llegaron a explotar y se transformaron en un peligro perpetuo, sobre todo para los laosianos que se ganan la vida recuperando el metal de la munición sin detonar.

«Bienvenido a Sr. Phet Napia Hace La Cuchara y Brazalete» reza el macarrónico cartel de la casa de Phet Napia, en la población de Ban Naphia. En el patio trasero Phet funde aluminio de proyectiles y otros metales que recoge. Luego lo vierte en moldes para fabricar llaveros con forma de bomba y cubiertos de cocina. Todos los restaurantes de la zona parecen tener tenedores, cucharas y palillos fabricados con chatarra de la guerra.

Los frutos de su negocio están a la vista: casa nueva, televisión por satélite, luz eléctrica. Pero como muchos laosianos, Phet todavía no ha asimilado que en la economía de mercado los costes no cesan cuando compras un producto. «Se ven 60 canales –me dijo cuando ambos admirábamos su antena parabólica–, pero hay que pagar la electricidad.» Su teléfono móvil le ayuda a captar clientes, «pero aunque lo hayas comprado, luego hay que pagar para hablar».

Laos, con una población que no llega a los siete millones de habitantes, tiene en la actualidad casi cinco millones de terminales móviles. En Ban Pak-Ou, un pueblo del norte a orillas del Mekong, la silueta de los pescadores, inmóviles sobre sus piraguas, se recorta contra la luz ambarina. La estampa retrotrae al espectador a varios siglos atrás, si no fuese porque todos los hombres están hablando por teléfono mientras pescan.

Vientián, la capital de Laos, era un pueblo destartalado. Hoy es una ciudad destartalada con torres de 12 pisos. Antaño reinaba el silencio, quebrado de cuando en cuando por el sonido de la lluvia, el llanto de un bebé, las risas de la gente, los rezos de los monjes. Hoy todo ocurre en medio de una pegajosa cacofonía de aires acondicionados, generadores, cláxones…

La economía del país crece cerca de un 8 % anual. La bandera del Partido Popular Revo­lucionario de Laos, con su hoz y martillo al estilo soviético, sigue ondeando junto a la enseña na­­cional, pero los líderes del Gobierno, cuyo pa­­pel fue en su día posibilitar que los vietnamitas avanzasen en su guerra marxista-leninista de unificación nacional, trabajan hoy en pro de otro objetivo: posibilitar la creación de una zona de libre mercado en el Sudeste Asiático. El objetivo es salir antes de 2020 de la lista de la ONU de los países menos desarrollados del mundo.

Incluso en las zonas más remotas y entre las gentes más humildes, descubrí un acceso a las posibilidades del mundo exterior que hace poco habría sido inconcebible. En el centro del país, cerca de la frontera con Vietnam, vi a un joven que regresaba a su casa en moto con una antena parabólica bajo el brazo. En los pueblos de las montañas vi hordas de escolares con sus uniformes blanquiazules. También vi lugares de culto reformados allá donde fui; templos budistas, pero también muchos santuarios animistas y unas cuantas iglesias cristianas. Todavía se ven por doquier monjes con el hábito azafrán, solo que ahora llevan la bolsa del ordenador portátil.

El Mekong sigue cruzando Vientián tan caudaloso como la historia misma, pero sus riberas se han transformado. Lo que fuera una sucesión de márgenes embarrados y cúmulos de arena es hoy un paseo de unos tres kilómetros de largo equipado con aparatos de gimnasia y carriles de footing. Al caer la tarde se convierte en un hervidero de gente, con músicos tocando y gurús del deporte impartiendo clases mientras el inmenso disco del sol poniente tropical se torna en una borrosa raya horizontal y el bullicio queda iluminado por los tubos de neón de los carritos ambulantes y los faros de las motocicletas.

Como casi todo en Laos, el parque fluvial de Vientián tiene una historia más compleja de lo que aparenta. Triunfo de la planificación urbana humanista –que ha puesto el foco en el río, el espacio abierto y el cielo–, el paseo es en realidad un enorme dique que protege la ciudad de las inundaciones. La identidad de sus constructores también es reveladora: se financió en gran parte con un préstamo de Corea del Sur.

Hoy los países de Asia prestan más asistencia útil de la que jamás brindaron los poderes occidentales.

En todo el tiempo que Francia y Estados Unidos predominaron en Laos, ninguno de los dos países construyó un solo puente sobre el Mekong. Hoy hay seis. Uno de ellos está en Thakhet, donde la distancia entre las economías crecientes de Thailandia y Vietnam es más pequeña, tan solo 145 kilómetros. En Thakhet veía Thailandia por la ventana del hotel y Vietnam Idol en el televisor.

Una mañana en Vientián me topé con un club de motociclistas en el vestíbulo del hotel. «Hacemos una ruta de recreo desde Malaysia», me explicó uno de los moteros: 4.200 kilómetros entre ida y vuelta. Otro día, esa vez en Luang Prabang, al despertarme me encontré la calle de mi hotel abarrotada de coches recién llegados, todos con matrícula china. Los acomodados motociclistas de Kuala Lumpur viajaban hacia el norte y los acomodados chinos de Kunming se dirigían al sur, para disfrutar todos ellos de unas vacaciones en Laos. Tal y como había predicho la teoría del dominó, asistíamos a la invasión de Laos. Aunque en vez de llegar en tanques y vehículos de transporte blindados comunistas, los invasores venían en Peugeots y Harleys.

Esta nueva era de la interconexión pacífica muestra su cara humana dondequiera que vayas de Laos. También es visible desde el aire. Al sobrevolar el Mekong desde Savannakhet se distingue uno de esos puentes por los que personas y mercancías entran y salen de Laos, y un poco más arriba, las colosales torres de alta tensión que conducen la electricidad exportada por Laos al otro lado del río. En una ocasión, al despegar de Luang Prabang me llamaron la atención los cráteres de las bombas. Ahora hay otros boquetes: los búnkeres del nuevo campo de golf que han construido los surcoreanos.

Hace décadas, estando en Vientián a orillas del río, me planteé una pregunta que sabía nunca podría responder. ¿Cómo es posible que unas personas en teoría racionales, estadounidenses como yo, creyesen que podían ganar la guerra de Vietnam sometiendo a Laos a semejante destrucción indiscriminada? Entonces, cuando escribí que aquí se estaba librando una guerra secreta, la información saltó a los titulares de todo el mundo. En realidad la intervención militar estadounidense en Laos, que empezó en la década de 1950 y se prolongó hasta 1974, nunca había sido secreta. Bastaba con preguntar a cualquier laosiano qué ocurría en su país. Cualquier vendedora de flores de loto del mercado matutino, cualquier chiquillo de rickshaw sabía perfectamente lo que era la Ruta Ho Chi Minh, el ejército secreto de la CIA y los bombardeos secretos de la población civil a manos de Estados Unidos. También conocían la implicación secreta de Estados Unidos en el tráfico del opio.

En 1968, año de la ofensiva del Tet en Vietnam, viajé en un taxi colectivo desde las tierras bajas del Mekong hasta la meseta de Bolovens. Cuando el chofer se negó a ir más allá, seguí a pie. Los cazabombarderos estadounidenses rasgaban el aire. En el horizonte veía figuras vestidas de camuflaje moviéndose sigilosamente. Fue la única vez durante aquella guerra que llegué a ver tropas norvietnamitas y aviones estadounidenses lanzando bombas. Tenía 23 años y el anhelo de desvelar la verdad.

En Pakxong, una antigua avanzadilla cafetera francesa, entré en un bar abandonado que parecía sacado de una película sobre la Legión Ex­­tranjera. Un mural representaba terratenientes franceses en compañía de bellas mujeres laosianas. Había anochecido y la única señal de vida procedía de una casita junto a la vieja iglesia francesa. En ella me encontré con un sacerdote francés amputado bebiendo whisky. Me sirvió uno a mí. Leía una traducción al francés de The Green Berets («Boinas verdes»), un relato de ficción sobre heroicidades estadounidenses en la jungla. «¿Es así la guerra de Vietnam?», me preguntó.

Durante años quise volver a Pakxong. Sabía que el sacerdote ya no estaría, pero no esperaba que el Pakxong de entonces también hubiese desaparecido. Tras mi incursión de 1968, los B-52 la habían arrasado a bombazos dos veces. Solo quedaba la esquina calcinada de un edificio.

Si Pakxong había sido arrasado, ¿por qué sentí al regresar una especie de júbilo? Por la gente, que rebosante de entusiasmo y felicidad se afanaba en construir una vida mejor. Como el propio Laos, Pakxong se había metamorfoseado de campo de batalla en centro comercial. Donde estuviera el cuartel de los franceses había un mer­cado enorme: caótico, embarrado, sembrado de plásticos y basuras orgánicas, pero surtido de cualquier cosa que se pudiese vender o comprar. Lo que más me fascinó fue el búfalo de hierro.

Imagina que eres un campesino laosiano con talento emprendedor y deseas todo aquello que has visto en la tele, pero solo te puedes permitir una sola cosa. El búfalo de hierro es perfecto para ti. A diferencia del búfalo de agua, el búfalo de hierro bombea agua además de arar, y puede iluminar tu vivienda.

Básicamente es un motor de combustión interna portátil y multifunción que puede usarse para alimentar casi cualquier cosa. Lo conectas a la bomba de agua y recoges cosechas en la estación seca. Lo conectas al arado y cuadriplicas la superficie cultivada.

Conecta tu búfalo de hierro a la carreta, y los dos días de caminata a pie para ir al mercado más próximo y volver se transforman en una excursión de una mañana. Así conocí a Lan Keopanya. Trabamos conversación cuando estaba arrancando su furgoneta improvisada con la manivela. Su aldea, dijo, distaba 20 kilómetros del mercado de Pakxong. «Ir cuesta cuatro litros de diésel, pero vale la pena.» Al poder acudir en menos tiempo y con más frecuencia, podía vender el café, la fruta y las verduras que cultivaba a un precio óptimo. Ese día Lan había ido a comprar una cubierta de plástico para su nueva vi­­vienda. De sus seis hijos, todos estaban o iban a estar escolarizados, me dijo con orgullo. Hasta su aldea llegaba ya una carretera nueva. «Y esperamos tener luz en menos de dos años», dijo cuando se puso en marcha. Tenía prisa por montar la cubierta antes de que llegasen las lluvias.

Al despedirnos le pregunté qué era lo próximo que deseaba. «Necesitamos que el país quede limpio de bombas –contestó–. Si no fuese por las bombas, cosecharía muchísimo más.»

Durante los años de los bombardeos las minorías que viven en las montañas de Laos sufrieron lo indecible. Las bombas no distinguían entre comunistas y anticomunistas, entre soldados y niños. Conforme se recrudecían los ataques de los B-52, las mujeres recurrieron a su pericia en el bordado y la costura para plasmar la catástrofe que les llovía del cielo. Con sus imágenes de niños ensangrentados, cultivos en llamas y animales aterrorizados, sus obras de arte murales son los equivalentes laosianos al Guernica de Picasso.

Keay Tcha, quien dijo tener 58 años, lleva más de 17 viviendo en Ban Na Oune, un reasentamiento de refugiados hmong situado cerca de Luang Prabang. Desenrolló para mí una de sus obras de arte, confeccionada en tiempo de paz. Mostraba un paraíso de aguas rielantes, verdor exuberante y animales exóticos retozando bajo un sol multicolor. En sus manos un retal de algodón de lunares se transformaba en una jirafa, y una bandera azul, en riachuelo. Cuando pedí que me enseñase más, me contestó: «Los turistas no quieren tapices grandes. Quieren bordados baratos que les quepan en el equipaje de mano. Ahora hago labores pequeñas que vendo a menor precio». No emitía juicios de valor sobre esa transformación. Sobrevivía a la paz tal y como había sobrevivido a la guerra, identificando lo que había que hacer y haciéndolo.

Una cosa nunca cambia en Laos: el calor que se pasa en los viajes. En mi búsqueda de una bebida fría di con la tienda de Khenchan Khamsao, en la carretera norte-sur a Luang Prabang. Acudí atraído por su nevera de bebidas, pero si empezamos a charlar fue por el cubo de basura de color verde selva. Con su atractivo pedestal (para disuadir a los bichos), cubeta de gran capacidad y tapa hermética, el contenedor de basura de Khenchan era bonito y funcional. «Los fabrican con neumáticos viejos de camión», me explicó. Como las cucharas y pulseras de Phet Napia, el contenedor era un ejemplo del talento laosiano para reciclar desechos en objetos útiles.

Su propia vida se había construido a partir de desechos. Procedía de un lugar asolado de la provincia de Khammouan, en el centro de Laos, donde hay tantas zonas cuajadas de munición sin explotar (UXO) que es imposible cultivar nada. Como sus tierras eran inservibles, su marido y ella emigraron a aquel poblacho de carretera; doce años después eran la viva imagen del éxito laosiano. Su comercio ocupaba el bajo de su nueva casa. El marido trabajaba en las obras de un proyecto de regadío 105 kilómetros más al norte, en Vangviang. Los tres hijos del matrimonio estudiaban en colegios públicos; los pequeños en su pueblo, el mayor en Vientián.

Khenchan y su familia habían vivido las bombas y ahora estaban viviendo el dinero. Y el dinero, habían descubierto, también era peligroso. Cuando comenté que su primogénito tendría una educación mejor en la capital, Khenchan respondió: «No, no lo mandamos a estudiar fuera por eso, sino para alejarlo de las drogas». En 1989 se emprendió con financiación estadounidense una guerra contra las drogas para erradicar el opio. En 2006 Laos se declaró libre de opio, pero con el boom económico arraigó la demanda de me­­tanfetaminas y otras drogas de diseño. Hoy el país es un importante centro de tránsito de metanfetaminas, heroína y opio, de nuevo en auge. Las zonas rurales han sido las más castigadas.

Cuando en laos el termómetro baja de los 20 °C, la gente se lanza a ponerse abrigos y go­­rros y a encender fuegos, inaugurando así la estación funesta. Una noche de Fin de Año tres amigos de la provincia de Xiangkhouang fueron de acampada. Hacía frío, así que encendieron una fogata. Uno murió en el acto al explotar la bomba sobre la que habían acampado. Otro quedó terriblemente desfigurado. La tercera víctima, Yer Herr, es un chico de 18 años. Cuando lo vi­sité en su casa, se quitó la camisa para mostrarme las 19 heridas de la espalda.

En su pueblo había electricidad, televisión por satélite, teléfonos móviles. Todas las madres, esposas, hermanas y niños tenían, al parecer, un marido, un hermano o una hija pequeña que había muerto o quedado lisiado o desfigurado por culpa de una bomba estadounidense mucho después de acabada la guerra. En el instituto de aquel pueblo remoto se enseñaba álgebra en una pizarra. No logré descifrar las ecuaciones: los adolescentes aprendían unas matemáticas más avanzadas que las que a mí me dieron a su edad en Estados Unidos. Cuando regresé a mi país, mostré una foto de aquella pizarra a un matemático. «Analiza la velocidad de los objetos en caída libre. Bombas, por ejemplo», me dijo.

Los bombardeos siguen colándose también en los sueños de la gente. «Lo revivo por dentro», me explicó Tiao Nithakhong Somsanith, un artista del bordado de renombre mundial, mientras admiraba su uso del hilo de oro para bordar imágenes de bombarderos sobre una pieza de seda laosiana. Tiao Nithakhong contribuye a la revitalización de las artes tradicionales en su país: danza tradicional, arreglos florales, diseño de ropa, música orquestal y todo tipo de tejidos.

Al contemplar sus exquisitas obras en una galería de arte de Luang Prabang descubrí lo que ya había identificado en la artesanía popular. Ya sea con bambú o con plástico, con seda o con fibras sintéticas, tejer es el arte en el que más sobresale el pueblo laosiano. Con un talento magistral para convertir cualquier tipo de material en algo útil y bello, fabrican cestas tejiendo hojas de palmera, cañales de pesca tejiendo hojas de bambú. Tejen seda e hilo de oro para crear hermosas faldas femeninas que llaman sin. En mi apartamento neoyorquino tengo un balón de fútbol tejido con ratán, tan perfecto que parece un invento de Buckminster Fuller. Lo defino como balón de fútbol, pero en realidad es una pelota de kataw, un deporte que practican los jóvenes laosianos usando solo los pies para que el balón nunca toque el suelo.

Estados Unidos arrojó sobre Laos un total de más de 270 millones de «minibombas», las submuniciones contenidas en las bombas de racimo –más de una por cada hombre, mujer y niño que por entonces vivía en Estados Unidos–, y cuatro millones de bombas grandes. La masa total de las bombas lanzadas fue muchas veces superior a la masa de la población de Laos, que en aquel momento rondaría los dos millones. La suma se acercaba a una tonelada de bombas por cabeza.

Durante el transcurso de la guerra, Washington anunciaba periódicamente un «cese de los bombardeos», pero la cinta transportadora que trasladaba la munición desde los arsenales de Estados Unidos a través de 12.000 kilómetros de océano Pacífico no podía encenderse y apagarse como si tal cosa. Las bombas que no caían en Vietnam se redirigían a Laos. Aquella fue la primera guerra del mundo gobernada por el abastecimiento: las municiones acumuladas generaban constantemente su propia demanda de uso. En esta fabricación en masa de muerte aerotransportada no existían los controles de calidad: se calcula que unos 80 millones de minibombas no explotaron al caer y todavía se consideran «munición viva», que puede explotar en cualquier momento. Hasta el 10 % de las bombas grandes tampoco explotaron correctamente.

El pueblo laosiano tiene una gran capacidad de perdón, pero mientras el país siga estando infestado de explosivos, nadie podrá olvidar, porque un olvido te puede matar. Por bello que sea el paisaje de la Llanura de las Jarras, ni se te ocurra olvidarte y subir a ese otero que hay al lado para verlo mejor: las bombas que esconde podrían mutilarte, o matarte. Por muchas veces que hayas avisado a los niños, ni se te ocurra olvidarte y permitir que recojan una de esas cápsulas tan graciosas: podrían desfigurarlos, o matarlos.

En el marco de unas charlas sobre los peligros de la UXO organizadas por Mines Advisory Group, una ONG radicada en Reino Unido, varias víctimas describieron sus padecimientos –psicológicos y físicos– a los niños de un colegio. Al final se preguntó a los pequeños qué dirían si por casualidad se encontrasen con alguno de los que habían lanzado aquellas bombas. Uno levantó la mano. «Le diría que tienen que pagarnos.»

En 2014 el Congreso de Estados Unidos destinó 12 millones de dólares a la retirada de UXO. La nueva embajada estadounidense en Laos costó 145 millones de dólares. Esta diferencia refleja las prioridades de Washington: un compromiso justificable con la mejora de la seguridad de los diplomáticos, pero también una despreocupación casi absoluta para con su responsabilidad histórica en Laos, donde casi todas las bombas sin explotar fueron fabricadas en Estados Unidos y lanzadas por Estados Unidos.

El espíritu laosiano jamás se ha dejado conquistar, ni por los extranjeros ni por sus propios dirigentes. En el futuro los laosianos seguirán transformando lo que les salga al paso en obras de arte de utilidad práctica y cotidiana, porque su mayor don es intuir utilidad y belleza donde otros solo ven destrucción y desecho. Durante la guerra aérea los artesanos fabricaban canoas motorizadas con los tanques de combustible de­­sechables que dejaban caer los B-52.

En esta era consumista de comida rápida y basura no biodegradable, vi una lata de Pringles convertida en portavelas en el templo budista que hay detrás del hotel Lane Xang de Vientián. Con el paso del tiempo las raíces de un árbol se han entrelazado con la estructura del templo. Además de envases de comida rápida, el santuario incorpora piedras recogidas en el Mekong y raíces arbóreas de buen agüero en una expresión de piedad cohesionada y conmovedora.

Cerca del aeropuerto de Luang Prabang me topé con otro ejemplo de cómo en Laos la vida siempre encuentra un modo de florecer: en torno a los cables desconectados de las antenas que en su día utilizó la CIA para transmitir sus secretos se enroscan hoy las enredaderas. Pero este don de la vida en ningún caso deshace el daño causado, ni el que se sigue causando.

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Tomado de: National Geographic

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