Tras el rastro del marfil


Colmillos falsos con localizadores GPS ocultos permiten seguir la pista a los cazadores furtivos que masacran elefantes en África.

Por Bryan Christy
septiembre de 2015

Elefantes
Una imagen anhelada regresa a Zakouma: elefantes recién nacidos. Gracias a una vigilancia redoblada, el parque no ha perdido un solo elefante a manos de cazadores furtivos desde el año 2012. Sin el estrés que les produce el furtivismo, estos animales empezaron a reproducirse de nuevo, y ya han nacido más de 40 crías.

Cuando el Museo Americano de Historia Natural se propuso actualizar la sección de mamíferos norteamericanos, marcó el teléfono del taxidermista George Dante. Cuando murió la tortuga Solitario George, icono de las islas Galápagos, fue Dante el encargado de disecarla. Pero Dante, uno de los taxidermistas más reputados del mundo, jamás ha hecho lo que yo acabo de pedirle. Ni él, ni nadie.

Quiero que Dante diseñe un colmillo artificial de elefante que no se distinga –ni a la vista ni al tacto– de los colmillos confiscados que me ha prestado el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos.

Quiero que incruste en el interior del colmillo falso un sistema de rastreo por GPS y comunicación por satélite fabricado para la ocasión. En el mundo del crimen, el marfil es moneda de cambio, así que en cierto modo estoy pidiendo a Dante que me imprima unos cuantos billetes falsos para poder seguirles la pista.

Usaré esos colmillos para dar caza a los asesinos de elefantes y averiguar qué rutas sigue su botín de marfil: de qué puertos zarpa, en qué buques navega, qué ciudades y países recorre y dónde recala. Si infiltro colmillos falsos en un país centroafricano, ¿pondrán rumbo al este –o al oeste– hacia puertos bien conectados con los mercados asiáticos? ¿Viajarán hacia el norte, siguiendo la ruta del marfil más violenta del continente africano? ¿O se quedarán donde están, descubiertos y entregados a las autoridades por un ciudadano honrado?Mientras debatimos las especificaciones del encargo, a Dante se le enciende la mirada. Para verificar que un colmillo es auténtico, los traficantes lo raspan con un cuchillo o le acercan un mechero encendido; el marfil es un diente y, como tal, no se funde. Mis colmillos deberán comportarse como el marfil. «Y tendré que lograr ese brillo», dice Dante, refiriéndose al lustre de un colmillo de elefante bien bruñido.

«George, no te olvides de las líneas de Schreger», digo. Me refiero a las rayas que se distinguen en la base de un colmillo serrado, similares a los anillos del tronco de un árbol.

Como buena parte del planeta, George Dante sabe que el elefante africano vive bajo asedio. Una floreciente clase media china ávida de marfil, la devastadora pobreza de África, unas fuerzas del orden débiles y corruptas y más métodos que nunca para abatir un elefante se conjugan para crear la tormenta perfecta. El resultado: unos 30.000 elefantes africanos masacrados cada año, más de 100.000 entre 2009 y 2012, a un ritmo que no disminuye. El grueso del marfil ilegal acaba en China, donde un par de palillos de marfil puede reportar más de 1.000 euros y un colmillo tallado se vende por cientos de miles.

El África oriental es actualmente la zona cero de buena parte de la caza furtiva. En junio el Gobierno de Tanzania anunció que el país ha perdido el 60% de sus elefantes en los últimos cinco años, de 110.000 a menos de 44.000 individuos. En el mismo lustro, indican los informes, la vecina Mozambique ha perdido el 48 % de sus elefantes. La población local, entre ellos lugareños paupérrimos y guardabosques impagados, mata elefantes para obtener dinero; están dispuestos a correr el riesgo porque, aun en el caso de que los atrapen, las sanciones suelen ser ínfimas. Pero en el África central, como descubrí en primera persona, hay algo más siniestro detrás del elefanticidio: las matanzas las perpetran paramilitares y grupos terroristas que en parte se financian con el marfil, con frecuencia fuera de sus propios países e incluso ocultándose en los parques nacionales. Saquean poblados, esclavizan a la gente y asesinan a los guardas que se interponen en su camino.

Sudán del Sur. La República Centroafricana (RCA). La República Democrática del Congo (RDC). Sudán. Chad. De alguna de estas cinco naciones, que se cuentan entre las más inestables del mundo según el ranking de Fund for Peace (organización con sede en Washington, D.C.), proceden las personas que viajan a otros países para matar elefantes. Año tras año, el camino de muchas de las masacres de elefantes más vastas y estremecedoras parte de Sudán, que ya no tiene elefantes pero da cobijo a terroristas-furtivos extranjeros y es la tierra de los yanyauid y otros criminales sudaneses transcontinentales.

A menudo los guardas de los parques son el único obstáculo en el avance de los asesinos. En inferioridad numérica y mal pertrechados, ocupan la primera línea de batalla en una violenta guerra que nos afecta a todos.

LAS VÍCTIMAS DE GARAMBA

El Parque Nacional de Garamba, situado en la esquina nordeste de la RDC y fronterizo con Sudán del Sur, es un bien natural del Patrimonio Mundial de la Unesco famoso por sus elefantes y su infinito océano de verdor. Pero cuando pregunto a un grupo de niños y ancianos de Kpaika, una aldea a unos 50 kilómetros del límite occidental del parque, cuántos de ellos han visitado Garamba, nadie levanta la mano. Comprendo por qué cuando pregunto: «¿Cuántos de vosotros habéis sido secuestrados por el LRA?».

El padre Ernest Sugule, que atiende las necesidades pastorales del lugar, me cuenta que mu­­chos niños de su diócesis han perdido familiares a manos del Ejército de Resistencia del Señor (LRA por sus siglas en inglés), el grupo rebelde ugandés dirigido por Joseph Kony, uno de los terroristas más buscados de África. Sugule ha fundado un colectivo que ayuda a las víctimas del ejército de Kony. «He conocido a más de mil niños que han sido raptados –me dice–. Los secuestran a muy tierna edad y los obligan a cometer atrocidades. La mayoría de ellos regresan a sus casas profundamente traumatizados.» Tienen pesadillas, prosigue Sugule. El recuerdo de lo vivido les persigue. Sus familias temen que se hayan convertido irreversiblemente en soldados que podrían asesinarlos en plena noche. Se da por hecho que a las niñas las violan, lo que hace difícil que encuentren marido. Los lugareños a veces se burlan de los niños retornados con la misma expresión con la que se refieren a los hombres de Kony: «LRA Tongo Tongo». «LRA corta corta», una alusión al despiadado uso que hacen del machete los militantes del LRA.

Kony, que fue monaguillo de la Iglesia católica, define su misión como el derrocamiento del Gobierno ugandés en nombre del pueblo acholi del norte de Uganda y la gobernación del país conforme a su propia versión de los diez manda­mientos. A los secuaces de Kony se les atribuyen, desde los años ochenta y comenzando en Uganda, decenas de miles de asesinatos. Se dice que rebanan labios, orejas y pechos, violan niños y mujeres, amputan los pies a quienes van en bicicleta y secuestran críos para crear un ejército de niños soldados que se convierten en asesinos.

En 1994 Kony salió de Uganda y se llevó de gira a su banda de asesinos. Su primer destino fue Sudán, donde inició un zigzagueo transfronterizo que continúa haciendo difícil su captura. En aquel momento el norte y el sur de Sudán libraban una guerra civil, y Kony ofrecía al Go­­bierno de Jartum un modo de desestabilizar el sur. Durante diez años Jartum le suministró alimento, medicamentos y armas, entre ellas rifles automáticos, artillería antiaérea, lanzacohetes y morteros. Gracias en parte a la labor de Invisible Children y su vídeo Kony 2012, su nombre se hizo conocido en Occidente. El Departamento de Estado de Estados Unidos lo declaró «terrorista internacional especialmente designado» en 2008, y la Unión Africana califica al LRA de organización terrorista.

Cuando en 2005 el norte y el sur de Sudán fir­maron un acuerdo de paz, Kony perdió su anfitrión sudanés. En marzo de 2006 huyó a la RDC y acampó en el Parque Nacional de Garamba, entonces hogar de unos 4.000 elefantes. Desde allí declaró su deseo de firmar la paz con Uganda; envió emisarios a Juba, en el sur de Sudán, para negociar con las autoridades ugandesas mientras él y sus hombres vivían tranquilamente en el parque y sus alrededores, protegidos por un alto el fuego. Incluso llegó a invitar a la prensa extranjera para que lo entrevistasen. Mientras, y saltándose el alto el fuego, sus hombres entraban en la RCA para secuestrar a cientos de niños y convertir en esclavas sexuales a las mujeres.

El padre Sugule me presenta a tres niñas, víctimas recientes de los secuestradores del LRA. Geli Oh, de 16 años, pasó más tiempo con el ejército de Kony que sus dos amigas: dos años y medio de horror. Mira al suelo mientras sus amigas mordisquean las galletas que les hemos traído. Levanta la vista al oír la palabra «elefante». Dice haber visto muchos en el Parque Nacional de Garamba, adonde la llevó el LRA. Un día el Tongo Tongo abatió dos elefantes. «Dicen que cuantos más maten, más marfil obtendrán.»

Las fuerzas de Kony han menguado de los 2.700 combatientes que eran en 1999 a los 150 o 250 soldados permanentes que se calcula son hoy. Los asesinatos de civiles también han descendido, de 1.252 en 2009 a 13 en 2014, pero el número de secuestros vuelve a aumentar. En todos y cada uno de los poblados de la carretera que une la iglesia del padre Sugule con lo que hoy es Sudán del Sur hallé víctimas de Kony que relatan haber comido carne de elefante y presenciado cómo sus hombres se llevaban el marfil.

Pero, ¿adónde?

EL SOLUCIONADOR DE PROBLEMAS

Para seguir la pista de los colmillos falsos desde la selva hasta su destino final necesito un dispositivo de localización capaz de transmitir ubicaciones exactas sin zonas muertas donde pierda la conexión. Ha de ser duradero y lo bastante pe­­queño para caber en las cavidades que George Dante ha creado en el interior de los bloques de resina y plomo que conforman los colmillos. Quintin Kermeen, de 51 años, tiene las credencia­les que busco: se inició en el radioseguimiento a los 15 años y desde entonces fabrica collares y rastreadores electrónicos para la fauna, desde osos de los Andes hasta cóndores de California o diablos de Tasmania. Hablamos por Skype.

«Debe de ser usted un amante de los animales», le digo.

«No –replica–. Lo que soy es un solucionador de problemas.»

Me río. «Entonces es justo lo que necesito.»

Tras meses de ajustes y pruebas, Kermeen me envía por correo el dispositivo de localización definitivo. Consta de una batería de más de un año de duración, un receptor GPS, un transmisor vía satélite Iridium y un sensor de temperatura.

Mientras Dante trabaja en insertar el rastreador de Kermeen dentro del molde de colmillo, el tercer miembro del equipo, John Flaig, especialista en fotografía aérea desde globo aerostático (las imágenes se toman a altitudes propias de los aviones espía, como mínimo), se prepara para monitorizar los colmillos durante su desplazamiento. Gracias a la tecnología de Kermeen, podrá programar cuántas veces al día el dispositivo del colmillo enviará su posición vía satélite. Los seguiremos con Google Earth.

«QUIERO MARFIL PARA cambiarlo por MUNICIÓN»

El 11 de septiembre de 2014 Michael Onen, un sargento del ejército de Kony, salió a pie del Parque Nacional de Garamba con un AK-47, cinco cargadores de munición y una historia que contar. Lo tengo delante, sentado en una silla de plástico, en un claro de la base que las fuerzas de la Unión Africana mantienen en Obo, en la esquina sudoriental de la RCA, donde está detenido. Onen –y otros 41 combatientes, entre ellos Salim, hijo de Kony– había participado en una operación de caza furtiva del LRA en Garamba. Kony en persona la había preparado, dice Onen. Ese verano los soldados de Kony habían matado 25 elefantes en Garamba y regresaban cargados de marfil al lugar donde se ocultaba su cabecilla.

A nuestro alrededor pasean soldados del ejército ugandés, que conforman el total del contingente de la Unión Africana destacado en Obo y tienen la misión de encontrar y matar a Kony. Los soldados reciben a Onen como uno de los suyos, y en el fondo lo es. Tenía 22 años la noche de 1998 en que los soldados de Kony saquearon su aldea de Uganda, Gulu, y lo sacaron a rastras de la cama. Su mujer, raptada tiempo después, fue asesinada. Onen relata que desde el momento de su captura se negó a portear las cargas. Se llevó muchos palos, pero se salió con la suya. En vez de obligarlo a ser soldado, el LRA lo nombró encargado de las transmisiones: técnico de radio al tanto de las comunicaciones secretas de Kony.

Durante las fallidas conversaciones de paz con Uganda, sostenidas mientras Kony se ocultaba en Garamba entre 2006 y 2008, Onen estuvo asignado a Vincent Otti, el negociador jefe de Kony. Otti tenía simpatía por los elefantes y prohibía su matanza, pero en cuanto salió de Garamba para participar en las conversaciones de paz, Kony empezó a cazarlos para hacerse con su marfil.

Otti se puso furioso, relata Onen. «¿Por qué estás acopiando marfil? –preguntó a Kony–. ¿No te interesan las conversaciones de paz?»

No, quiero marfil para cambiarlo por munición y seguir combatiendo, fue la respuesta de Kony, según Onen. «El marfil es una especie de cuenta de ahorro para Kony», dice Marty Regan, del Departamento de Estado de Estados Unidos. El ejército de Kony había llegado a Garamba en 2006 sin apenas munición para continuar su guerra, me explica Onen. «Lo único que hará fuerte al LRA es el marfil», oyó decir a Kony.

En vez de firmar un acuerdo de paz, el líder del LRA mandó ejecutar a su negociador.

Desde Garamba, Kony envió un equipo a Darfur para sondear las posibilidades de trabar una nueva relación con las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS), con la esperanza de trocar marfil por lanzacohetes y otras armas. Entre tanto, según Onen, los hombres de Kony ocultaban el marfil enterrándolo en el suelo o sumergiéndolo en los ríos. Corrobora su relato Caesar Achellam, ex jefe de inteligencia de Kony, hoy bajo custodia del Gobierno ugandés. Achellam me explicó que los hombres de Kony hacían planes de futuro. Según él, igual que entierran cubos de agua sellados a lo largo de unas rutas abrasadoras, entierran marfil para guardarlo a buen recaudo.

«Pueden coger ahora mismo lo que les dé la gana –me dijo– y guardarlo allí dos, tres, cinco años, o incluso más.»

Las fuerzas ugandesas lanzaron por fin un ataque contra los campamentos de Kony en Garamba a finales de 2008. El ataque aéreo contó con el apoyo de la RDC, el sur de Sudán y Estados Unidos, pero no logró derrotar a Kony ni socavar su liderazgo. La respuesta de Kony fue inmediata y encarnizada: sus soldados se desplegaron en equipos reducidos y se lanzaron a matar civiles. En tres semanas perpetraron más de 800 asesinatos y raptaron a más de 160 niños. El ACNUR calcula que la masacre desplazó a 130.000 congoleños y 10.000 sudaneses. El 2 de enero de 2009 el horror llegó al mismísimo cuartel general de Garamba, en Nagero, donde soldados de Kony incendiaron el edificio central y mataron a al menos ocho guardas y empleados.

Seis años más tarde, el 25 de octubre de 2014, me cuenta Onen, sus compañeros y él debían ir a Sudán para entregar a Kony el marfil acopiado en Garamba. El plan era acudir con el marfil a un encuentro en la RCA y llevarlo luego a una ciudad de Darfur llamada Songo, no lejos de la guarnición de las Fuerzas Armadas de Sudán en Dafaq. Allí, explica Onen, los hombres de Kony trocan el marfil con el ejército sudanés por sal, azúcar y armas. La relación es estrecha: «Las FAS lo avisan si hay problemas a la vista», dice Onen.
Hasta donde Onen sabía, el escuadrón de furtivos que él había abandonado seguía avanzando hacia el norte desde Garamba, cruzando la RCA en dirección a Sudán. Resulta plausible que la deserción del radiooperador ralentizase el avance de los 25 colmillos de elefante hacia Kony.

Quizá también yo podría hacer llegar a Kony mis colmillos falsos.

«¡MIENTE!»

Un funcionario del aeropuerto internacional de Dar es Salaam, en Tanzania –uno de los varios países que he explorado para colocar mis colmillos en el mercado negro–, escudriña una pantalla de rayos X cuando mi equipaje pasa por el escáner.

«Abra esa», me ordena.

Deslizo la cremallera de la maleta para dejar a la vista dos colmillos falsos y le entrego sendos certificados del Servicio de Pesca y Vida Salvaje de Estados Unidos y de National Geographic conforme son artificiales. Se forma un pequeño alboroto. Varios funcionarios discuten y señalan. Los que miran los colmillos creen que soy un traficante de marfil. Los que miran la pantalla (que revela los dispositivos de rastreo) piensan que pretendo facturar una bomba. Después de más de una hora de acalorada discusión, telefonean al experto en fauna salvaje del aeropuerto. Cuando aparece, coge un colmillo y pasa un dedo por la base. «Líneas de Schreger», sentencia.

«Exacto –digo–. Hice que las…»

Me señala con el dedo y exclama: «¡Miente, bwana!». (Bwana significa «señor» en swahili.)

En diez años no ha cometido un solo error, dice: los colmillos son auténticos. Paso bajo custodia policial una noche en la que me toca dormir sobre una mesa de oficina. El productor de National Geographic Television J. J. Kelley se acomoda en el suelo de la sala de espera. Pregunta dónde puede conseguirme agua y se lo llevan del edificio. Cuando regresa, horas más tarde, viene con tres platos de pollo y varias botellas de cerveza, todo abonado por el jefe de policía. Cenamos los tres juntos. Por la mañana, tras la llegada de funcionarios de la División de Vida Salvaje de Tanzania y de la embajada estadounidense, me ponen en libertad.

Varios funcionarios tanzanos que habían in­­tervenido en mi detención, entre ellos el experto en fauna salvaje, volvieron al día siguiente para desearnos buen viaje. «Hicieron ustedes exactamente lo que debían», les dije, con un apretón de manos.

Descubrir tamaño grado de vigilancia en las autoridades tanzanas fue tranquilizador, porque en Tanzania se registran las que quizá sean las peores cifras de caza furtiva de elefantes de toda África, y cunde la corrupción. En 2013 Khamis Kagasheki, por entonces ministro de Recursos Naturales y Turismo del país, declaró que en el tráfico ilegal de marfil «están implicados millonarios y políticos que han formado una red muy sofisticada» y acusó a cuatro parlamentarios de participar en sus actividades.

LOS GUERREROS DE GARAMBA

A mi alrededor oigo el clic-clac de varias armas automáticas al cargarse. He volado desde el cuartel general de Garamba hasta el interior del parque para unirme a una patrulla antifurtivismo. Llego a lo que para los guardas del parque es el frente septentrional, una avanzadilla vulnerable tanto a los furtivos sudaneses como al ejército de Kony. Hay una unidad destacada permanentemente para proteger uno de los activos más importantes del parque: una torre de radio en construcción. Garamba se gestiona con el acuerdo entre el Departamento de Vida Salvaje de la RDC y African Parks, una organización con sede en Johannesburgo, Sudáfrica.

Desde el ataque perpetrado por los soldados de Kony en 2008-2009, los guardas han levanta­do un nuevo cuartel general y han adquirido dos aviones y un helicóptero, pero el suministro de munición es peligrosamente precario –ni siquiera basta para el entrenamiento más básico– y su arma de mayor empaque, una ametralladora de cinta, suele encasquillarse cada dos o tres rondas. Los guardas a los que acompaño han recibido unos cuantos cargadores para sus AK-47 viejos y traicioneros, casi todos incautados a los furtivos.

Caminamos ocho horas a través de la hierba alta y densa donde es fácil perderse. Bajamos por barrancos herbosos, subimos por montículos en los que quedamos expuestos al enemigo, vadeamos una charca de agua turbia que nos llega a la cintura. Un guarda adelantado, Agoyo Mbikoyo, nos hace una señal de advertencia,

y todo el equipo nos acuclillamos y aguardamos en silencio. Caigo en la cuenta de que los soldados de Kony y otros grupos armados caminan cientos de kilómetros desde Sudán hasta esta infinita cortina de hierba para matar elefantes. Me pregunto si estarán ahí en este momento.

Las últimas cifras de matanzas de elefantes en Garamba son escalofriantes. El año pasado los furtivos cazaron al menos 132 ejemplares, y hasta este mes de junio los guardas han descubierto otros 42 elefantes muertos con orificios de bala. La mortandad total equivale a más del 10 % de la población de elefantes del parque, que según los cálculos hoy no supera los 1.500 individuos.

De marzo de 2014 a marzo de 2015 los guardas de Garamba registraron 31 contactos con furtivos armados. Entre ellos había fuerzas armadas sursudanesas (ELPS) y militares sudaneses, además de desertores de ambos ejércitos y una variopinta gama de rebeldes radicados en Sudán. Los propios soldados de la RDC amenazan el límite sur del parque, y la población de los alrededores también caza de vez en cuando elefantes. Y se cree que alguien –no está claro quién– abate presas desde un helicóptero, como demuestran los orificios de bala en la parte superior de algunos cráneos y la extracción de colmillos con lo que solo puede ser una motosierra.

En opinión de Jean Marc Froment, en ese momento director del parque, el ejército ugandés «está llevando a cabo operaciones dentro de Garamba y al mismo tiempo cobrándose algo de marfil». No obstante, añade, los furtivos podrían ser del ELPS, que usa el mismo tipo de helicóptero que se ha visto sobrevolar el parque. Un asesor del ejército ugandés niega la acusación y sugiere que quizá los furtivos disparasen a los elefantes en lo alto del cráneo tras abatirlos.

Tras haber trabajado en el África central, Froment fue trasladado a Garamba a principios de 2014, cuando los guardas descubrieron en el parque decenas de elefantes muertos. Iba a ser un destino breve, pero vio tanta muerte que no pudo marcharse. Había crecido cerca de los límites del parque en una época en la que era posible sobrevolarlo y ver un grupo de 5.000 elefantes. Hoy es raro ver una manada de 250.

Froment usa la palabra «guerra» para describir la lucha contra los cazadores furtivos en la que están inmersos los 150 guardas de Garamba. Hay fondos para equiparlos en condiciones, pero la adquisición de armas nuevas exige la aprobación formal del ejército congoleño, autorización que Froment no ha podido obtener.

A mitad de camino de nuestra patrulla llegamos a un claro junto al río Kassi, escenario de una batalla reciente en la que, me cuentan los guardas de Garamba, mataron a dos furtivos del ELPS. Encuentro un fragmento de cráneo humano, y en el lugar de acampada del ELPS a punto estoy de coger del suelo una granada de mano sin detonar, pues la confundo con una cría de tortuga. El ELPS la lanzó durante la batalla, según los guardas. Y no ha explotado… todavía.

Toda el África central es una granada de mano con la anilla arrancada por una historia de explotación extranjera de los recursos, dictaduras y pobreza. «El problema del furtivismo es un problema de gobernanza –dice Froment–. Protegemos a los elefantes para proteger el parque. Protegemos el parque para dar a la gente algo de valor.» Defiende a los elefantes porque sabe que sin ellos nadie hará nada por Garamba, y el parque –al que llama «el corazón de África»– se perderá. Garamba es una olla a presión dentro de otra olla a presión, un parque asediado en un país en frecuente guerra civil dentro de una región que casi ha olvidado lo que es la paz.

En nuestra ronda no nos topamos con furtivos ni con grupos rebeldes. Pero es cuestión de tiempo: meses después, el 25 de abril de 2015, estando de patrulla, Agoyo Mbikoyo sucumbió a los disparos de una banda de furtivos. En junio asesinaron a otros tres agentes en Garamba. Se cree que los culpables son sursudaneses.

COLOCAR LOS COLMILLOS FALSOS

Después de mi visita a Garamba, acuerdo con una fuente confidencial colocar los colmillos falsos en el mercado negro cerca de Mboki, una pequeña aldea de la RCA a medio camino entre Garamba y Sudán que ha sido diana de ataques del ejército de Kony y donde algunas víctimas han hallado un lugar seguro huyendo del LRA. Según los datos almacenados en un GPS hallado en el cadáver del comandante del LRA Vincent Binany Okumu, muerto en 2013 en un tiroteo con fuerzas de la Unión Africana cuando regresaba de una incursión de caza furtiva en Garamba, Mboki está en la ruta que sigue el marfil en su viaje hacia la base de Kony en Darfur.

VíCTIMAS CONFIADAS

Pasaban unos cuantos minutos de las cuatro de la madrugada en la colina de Heban, en Chad, a 130 kilómetros de la frontera con Sudán y a 100 kilómetros al nordeste del Parque Nacional de Zakouma, hogar de la mayor manada de elefantes que resiste en el país, con 450 individuos. Seis guardas antifurtivismo y su cocinero –la unidad Hippotrague al completo (hippotrague significa «antílope ruano» en francés)– ya estaban levantados, vestidos con sus uniformes de camuflaje y preparados para la oración matu­tina, devotos incluso en la oscuridad. Era la estación lluviosa y los guardas, como los elefantes que defendían, habían dejado el parque para ascender a cotas más altas.

Zakouma respira sus elefantes. Los inspira en la estación seca, los espira en la lluviosa. Cuando llueve, el parque es más lago que tierra, y los elefantes se escinden en dos grupos para huir de las inundaciones. Uno se desplaza al norte, hacia Heban; el otro lo hace al oeste, hacia el centro de Chad.

Los guardas de la colina de Heban tenían po­­cos motivos para temer por su seguridad. Relevaban al equipo de guardas que tres semanas antes había hecho una redada en un campamento de furtivos sudaneses y confiscado más de mil cargas de munición, teléfonos móviles con fotografías de elefantes muertos y abota­gados, un teléfono vía satélite con cargador solar, dos colmillos de elefantes, unos pantalones de camuflaje y un uniforme con las insignias de Abu Tira (la infame Policía de la Reserva Central de Sudán, a la que se atribuyen matanzas, agresiones y violaciones perpetradas en Darfur). Los guardas también se hicieron con un impreso sellado del ejército sudanés en el que se concede permiso a tres soldados para viajar de Darfur a una ciudad próxima a la frontera con Chad.

El Parque Nacional de Zakouma ha perdido casi el 90 % de sus elefantes desde 2002. La mayoría de ellos –hasta 3.000– fueron cazados ilegalmente entre 2005 y 2008. En ese intervalo los furtivos sudaneses llegaban en grupos de más de una docena de hombres armados que acampaban dentro del parque durante varios meses seguidos; en una ocasión abatieron 64 elefantes en una sola batida. Cuando en 2008 la Wildlife Conservation Society introdujo un avión de vigilancia, la caza furtiva disminuyó, pero los intrusos sudaneses se adaptaron y regresaron en escuadrones relámpago de seis o menos hombres que se infiltraban desde el exterior del parque en batidas de una sola jornada. Mataban menos elefantes por incursión, pero a cambio era mucho más difícil localizarlos y detenerlos. Hoy, explica el director del parque, Rian Labuschagne, de African Parks, «mi mayor temor es que empiecen a llegar de dos en dos».

Los hombres de la unidad Hippotrague daban por hecho que, tras la redada del equipo anterior, todos los furtivos habían huido. Pero no era así. Aquella madrugada se ocultaban entre los árboles que rodean el campamento de los guardas. Los furtivos abrieron fuego y mataron a cinco de ellos. Un sexto, un joven vigía, echó a correr colina abajo, desapareció y hoy se le da por muerto. El cocinero, también herido, recorrió 18 kilómetros a duras penas para pedir socorro. Más tarde, al estudiar la trayectoria de las balas, Labuschagne concluyó que los furtivos estaban entrenados para organizar un fuego cruzado; combinado con las pruebas halladas en el lugar, el dato apuntaba a las Fuerzas Armadas de Sudán del presidente Omar al-Bashir.

La historia habría acabado, como suele ocurrir, con el vil asesinato de aquellos guardas del parque comprometidos con la protección de los elefantes. Pero una de las víctimas, Idriss Adoum, tenía un hermano menor, Saleh, quien decidió que, cuando cesasen las lluvias, un primo suyo y él perseguirían a los asesinos en Sudán, donde confluyen tantas rutas del marfil.

LA COMPLICIDAD DE SUDÁN

Somalia es a la piratería lo que Sudán a la caza ilegal de elefantes. En 2012 hasta un centenar de furtivos sudaneses y chadianos atravesaron a caballo el África central y llegaron al Parque Na­­cional de Bouba Ndjidah, en Camerún. Acampa­ron y en solo cuatro meses acabaron con hasta 650 elefantes. Según Céline Sissler-Bienvenu, del Fondo Internacional para el Bienestar de los Animales, los furtivos pertenecían con toda probabilidad a los rizeigat de Darfur, un grupo tribal vinculado a los yanyauid (los violentos paramilitares respaldados por el Gobierno de Sudán conocidos por las atrocidades cometidas en Darfur). Los furtivos sudaneses y chadianos estaban también implicados en la carnicería que en 2013 aniquiló a casi 90 elefantes –entre ellos 33 hembras preñadas y crías recién nacidas– cerca de Tikem, Chad, no lejos de Bouba Ndjidah.

Que miembros del ejército sudanés truequen armas por marfil con el LRA genera interrogantes acerca de las altas instancias del Gobierno de Sudán. En 2009 Bashir se convirtió en el primer jefe de Estado en activo acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional de La Haya. En su escrito de acusación, el fiscal del Tribunal Penal Internacio­nal Luis Moreno Ocampo subrayaba el control que Bashir ejerce sobre los grupos a los que se atribuye el tráfico de marfil en Sudán: «Utilizó el ejército, reclutó a las milicias yanyauid. Todos fueron puestos bajo su autoridad, todos le obedecían. Mantuvo un control absoluto».

Michael Onen, el desertor del ejército de Kony, me contó que el LRA y los yanyauid se habían disputado el marfil –ambos grupos se robaban entre sí– y que fue el éxito de los yanyauid en el tráfico del marfil lo que dio a Kony la idea de empezar a matar elefantes. El LRA vende a las Fuerzas Armadas de Sudán, dijo Onen.

Pese a que Sudán es un refugio seguro para organizaciones que se sabe trafican con marfil –como el LRA, los yanyauid y otras bandas de furtivos–, este país apenas ha atraído la atención mundial como Estado furtivo. La Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), que supervisa el comercio internacional de marfil –y su prohibición vigente–, declara que ocho países constituyen una «preocupación prioritaria»: China, Kenya, Malaysia, Filipinas, Thailandia, Uganda, Tanzania y Vietnam. Otros ocho se consideran «preocupación secundaria»: Camerún, el Congo, la RDC, Egipto, Etiopía, Gabón, Mozambique y Nigeria. Tres más están cate­gorizados como «merecedores de vigilancia»: Angola, Camboya y Laos.

Sudán no figura en estas listas, a pesar de que los furtivos sudaneses son la primera razón por la que se matan elefantes en varios de los países que sí aparecen en la lista de CITES de países de preocupación prioritaria y secundaria. Está perfectamente documentado, además, que Sudán suministra marfil a Egipto y es receptor de sustanciales inversiones chinas en infraestructuras, que suelen conllevar la presencia de trabajadores chinos, origen del contrabando de marfil en muchas partes de África. Según John Scanlon, secretario general de CITES, Sudán no figura en las listas porque el criterio principal para su confección son las confiscaciones de marfil, y en los últimos años apenas se ha incautado marfil relacionado con Sudán. Ante este hecho, cabe entonces preguntarse: ¿adónde va todo el marfil del que se apropian ilegalmente los sudaneses?

UNA MADRIGUERA DE KONY

Mis colmillos artificiales están parados durante varias semanas; son dos puntos azules con forma de lágrima en la pantalla de mi ordenador, que muestra un mapa digital de la esquina oriental de la RCA. Y entonces, como la boya chivata de una caña de pescar, se desplazan unos kilómetros. De pronto emprenden una ruta regular en dirección norte, unos 20 kilómetros diarios a lo largo de la frontera con Sudán del Sur, evitando cualquier carretera. A los 15 días entran en Sudán del Sur y desde allí viajan hasta el enclave de Kafia Kingi, un territorio disputado de Darfur y controlado por Sudán.

Que Kony tiene una de sus madrigueras en Kafia Kingi es tan de dominio público que en abril de 2013 una coalición de colectivos –entre ellos Invisible Children, Enough Project y The Resolve– presentó el informe «Oculto a la vista de todos: el acogimiento del LRA en el enclave de Kafia Kingi por parte de Sudán, 2009-2013». Los desertores del LRA con los que hablé ubicaban sistemáticamente al señor de la guerra en la zona de Kafia Kingi. También las fuerzas militares de la Unión Africana. «No es ningún secreto que Kony está en Sudán –dice Marty Regan, del Departamento de Estado–. Es su santuario.»

Al cabo de unos días los colmillos llegan a Songo, la ciudad sudanesa en la que según Onen los hombres de Kony truecan el marfil. Allí los colmillos son retenidos tres días en lo que parece un claro a las afueras de la ciudad. Después avanzan 10 kilómetros en dirección sur y entran de nuevo en Kafia Kingi.

Encargo una imagen de satélite de la ubicación y solicito ayuda para interpretarla. Según el coronel Mike Kabango, de las fuerzas de la Unión Africana, la imagen muestra una tienda de campaña grande y dos más pequeñas; según Ryan Sage, especialista en teledetección de Colorado, es un camión grande y dos tiendas de campaña pequeñas. Tres semanas después los colmillos vuelven a desplazarse hacia el norte y entran de nuevo en Sudán. Ganan velocidad y mantienen el rumbo norte hasta que de pronto giran al este, hacia Jartum.

Esta no es la única ruta que conduce a Sudán, implicándola en este tráfico ilegal. Los familiares de Idriss Adoum, el guarda de Zakouma asesinado, localizaron allí a uno de los supuestos furtivos de Heban. Soumaine Abdoulaye Issa relató que estaba en Darfur cuando supo que un miembro de las Fuerzas Armadas de Sudán iba a encabezar una incursión en Chad para cazar elefantes. Issa, de nacionalidad chadiana, declaró haberse unido al grupo de sudaneses y haber viajado con ellos hasta Heban, donde mataron nueve elefantes en cuatro días. Cuando los guardas de Zakouma destruyeron su campamento y confiscaron su material, los furtivos no pudieron regresar a Sudán; al cabo de tres semanas regresaron y atacaron a la unidad Hippotrague.

Issa alegaba ser un simple centinela. En una plaza pública de Am Timan, antes de su juicio, exclamó: «¡Sé quién me ha traicionado! Escaparé de vuestra cárcel y lo mataré». Escapó, en efecto, y en Zakouma se dice que huyó a la RCA.

«Oímos que se fue con Seleka», me dice el hijo de Idriss Adoum, Issa, refiriéndose a la violenta coalición rebelde que derrocó el Gobierno de la RCA el 24 de marzo de 2013. Seleka y su rival, anti-balaka, han matado indiscriminadamente, quemando vivas a sus víctimas o precipitándolas desde puentes, y han convertido la RCA en un Estado sin ley, el lugar perfecto para que prosperen el LRA y otras organizaciones terroristas. En mayo de 2013, furtivos sudaneses apoyados por Seleka atacaron Dzanga Bai –un lodazal rico en minerales donde se congregan los elefantes–, en el Parque Nacional de Dzanga-Ndoki, en el sudoeste de la RCA, donde mataron 26 elefantes.

A principios de este año Kony sufrió la deserción de su comandante de operaciones, Dominic Ongwen, quien comunicó a las fuerzas de la Unión Africana que Seleka avivaba el hambre de marfil de Kony. «Los de Seleka tenían un acopio de unos 300 colmillos de marfil, con cuya venta obtuvieron los suministros necesarios para derrocar al presidente de la RCA, François Bozizé», dijo Ongwen a las fuerzas de la Unión Africana. Según él, el plan de Kony es obtener la mayor cantidad posible de marfil «para su supervivencia futura en caso de no lograr derrocar al Gobierno de Uganda».

Ongwen también declaró que Kony pretende formar un pelotón para establecer contacto con Boko Haram, el grupo terrorista nigeriano responsable de asesinatos indiscriminados y del secuestro de cientos de mujeres y niñas nigerianas. Boko Haram tiene su base en el bosque de Sambisa, en Nigeria, una reserva de caza al sur del lago Chad. En marzo de 2015 su líder, Abubakar Shekau, juró lealtad al EI y su grupo adoptó el nombre de Provincia del África Occidental del Estado Islámico, con lo cual el grupo terrorista de Oriente Próximo afianzó su presencia en el África occidental.

¿Y A CONTINUACIÓN?

La última señal que han enviado los colmillos falsos mientras redacto este artículo procede de Ed Daein, una ciudad sudanesa a 800 kilómetros al sudoeste de Jartum. Sé en qué casa se encuentran: con Google Earth veo su tejado azul claro en la pantalla. Están a 1,2°C menos que la temperatura ambiente; quizá los hayan enterrado en el patio trasero. Hasta el momento han viajado 950 kilómetros desde la selva hasta el desierto en algo menos de dos meses. Su ruta coincide con la que, según los desertores de Kony, recorre el marfil de camino a la base que el señor de la guerra mantiene en Kafia Kingi. Cuando usted lea estas líneas, los colmillos quizás hayan llegado a Jartum. O quizás hayan aparecido en China, el mayor consumidor de marfil ilegal del mundo.

Entre tanto, mientras los dirigentes de Europa, Oriente Próximo y Estados Unidos diseñan estrategias para poner coto a la creciente red de organizaciones terroristas internacionales, en algún lugar de África un guarda defiende su posición en un parque, con un AK-47 en una mano y un puñado de balas en la otra, ocupando la primera línea por todos nosotros.

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Tomado de: National Geographic

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