Patrimonio natural en peligro


El patrimonio natural, testimonio único de lo que fue la Tierra antes de la aparición del hombre, se ve amenazado debido a un modelo de gestión insostenible.

Por Eva van den Berg
septiembre de 2015

MACHU PICCHU
MACHU PICCHU, PERÚ. A 2.430 metros sobre el nivel del mar y encaramado en un escarpado risco de exuberante vegetación en la falda de los Andes, el Santuario Histórico de Machu Picchu es tal vez la más majestuosa de las construcciones incas que han llegado hasta nosotros. Descubierta en 1911 por la expedición de Hiram Bingham, fue declarada bien mixto en 1983.

¿Qué hubiera sido de ese increíble paraje natural ecuatoriano y de sus múltiples endemismos si no se hubiesen tomado medidas para su preservación? Afortunadamente, al poco de constituirse el Comité del Patrimonio Mundial, este órgano de la Unesco inauguró su lista de lugares naturales protegidos y en 1978 estrenaron el inventario las islas Galápagos, de Ecuador; el Parque Nacional del Nahanni, en Canadá, un territorio kárstico ubicado a lo largo de uno de los ríos más salvajes de América del Norte; el Parque Nacional de Simien, en Etiopía, cuya enorme meseta rodeada de dentados picos erosionados constituye según la propia Unesco uno de los paisajes más espectaculares de la Tierra, y el parque nacional más antiguo de Estados Unidos, Yellowstone, el lugar que más géiseres alberga de todo el planeta, poblado por una fauna y flora extraordinarias.

La Unesco, cuyas siglas en inglés significan Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, considera que un área natural puede ser incluida en el selecto registro de la Lista del Patrimonio Mundial si, entre otras cosas, alberga espacios de excepcional belleza, fenómenos naturales superlativos, muestras de procesos geológicos destacables o una elevada biodiversidad, incluyendo aquellos ecosistemas ecológicamente meritorios y considerados de valor universal desde el punto de vista de la ciencia y la conservación.En la actualidad existen 197 áreas naturales distribuidas en 161 países consideradas por este organismo bienes naturales, y otros 31 lugares han sido catalogados como bienes mixtos, es decir, que están conformados por un patrimonio natural y cultural que interaccionan como una unidad indivisible. Algunos bienes han sido in­­cluidos en la Lista en un estado de gran precariedad, como es el caso de uno de los dos sitios de Madagascar que figuran en el inventario: los arcaicos bosques lluviosos de Atsinanana, que comprenden seis parques nacionales que se extienden a lo largo de la costa oriental de esta enorme isla donde se estima que casi el 90 % de su cobertura original ha desaparecido. Ese vestigio de la foresta original de un mundo aparte que se escindió del continente africano hace millones de años fue incluido en la Lista de la Unesco en 2007, pero tres años más tarde, a consecuencia de la crisis política del Gobierno malgache de 2009, el Comité lo inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro. Y es que, en medio del caos político, se intensificaron el consumo de carne de lémur y la tala ilegal de árboles como el palo rosa o el ébano, destinados al tráfico de maderas preciosas.

En total, 19 bienes naturales están hoy clasifi­cados en esta categoría que alerta de una situación de máxima amenaza. En todos los casos, las propuestas han partido de los respectivos Estados que los albergan (o por personas individuales u organizaciones gubernamentales que lo hayan considerado necesario) y han sido aprobadas tras someterse al escrutinio del Comité. Trece se hallan en África: en la República Democrática del Congo hay cinco; Tanzania, Etiopía, la República Centroafricana, Senegal y Níger tienen uno por país; en Costa de Marfil hay dos, uno de ellos es el vasto territorio de la Reserva Natural Integral del Monte Nimba, que comparte con Guinea y Liberia, y en Madagascar se encuentra el ya mencionado bosque de Atsinanana.

La región Asia-Pacífico tiene dos lugares en grave peligro, Rennell Este, la isla más austral del archipiélago de las Salomon, y los bosques lluviosos tropicales de Sumatra, en Indonesia. En América del Norte, solo Estados Unidos tiene un área natural en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro: los Everglades de Florida. En Latinoamérica y Caribe hay dos: la barrera de arrecifes de Belice y la Reserva de la Biosfera de Río Plátano, en Honduras; el Parque Nacional de los Katíos, en Colombia, ha salido de la «lista negra» hace dos meses. Por ahora en Europa no hay ningún sitio con este rango.

Como se afirma desde la Unesco, «estar en la Lista del Patrimonio Mundial no es solo palabras sobre papel». La institución tiene la capacidad de poner en marcha mecanismos y acciones que reviertan ciertas situaciones y de coordinar campañas internacionales para sumar nuevos esfuerzos a los trabajos de restauración de los distintos sitios. De hecho, las historias de éxito son esperanzadoras. Por ejemplo, en Nepal se logró impedir a principios de los años noventa un plan para desviar el curso del río Rapti, que atraviesa el Parque Nacional de Royal Chitwan, refugio de unos 400 rinocerontes indios (Rhinoceros unicornis), lo que hubiese dañado los valiosos hábitats de ribera esenciales para esta especie.

En 1999, en colaboración con el Gobierno mexicano, la Unesco detuvo la ampliación de una salina en la laguna de San Ignacio, en Baja California, un santuario donde miles de ballenas grises se reproducen cada año. También se han conseguido grandes avances en el Parque Nacional del Monte Kenya, que 20 años atrás fue pasto de la tala ilegal y del cultivo de marihuana, y en la zona del Área de Conservación del Ngorongoro situada en el cráter del famoso volcán tanzano. En colaboración con los respectivos Gobiernos, la Unesco propició la implementación de planes de acción destinados a mejorar la salvaguarda de esos lugares únicos.

Son muchos los sitios que merecen los esfuerzos de tanta gente que lucha por su preservación, ya sea por la vida que sustentan, por el papel que desempeñan en el funcionamiento de la biosfera, por los recursos y servicios que brindan a las sociedades humanas o por su belleza primigenia, que no deja de recordarnos cuán maravillosa es la diversidad natural de nuestro planeta.

«La naturaleza no es un lugar para visitar, es el hogar», dijo el poeta estadounidense Gary Snyder, activista contrario a una humanización de la Tierra ambientalmente desfavorable. Sin embargo, todos sabemos que la tendencia global no ha sido esa. Según algunos datos extraídos del Informe Planeta Vivo 2014 de WWF, desde 1970 las poblaciones de especies de vertebrados han disminuido un 52 % a escala mundial y las especies de agua dulce, un 76 %. El 60 % de los stocks de especies marinas se han agotado y he­­mos perdido casi el 30 % de los arrecifes de coral. Otros datos emitidos por la organización alertan del peligro que corren las grandes áreas forestales. Desde hoy hasta 2030 once de ellas podrían perder hasta el 80 % de su cobertura forestal, lo que representaría la desaparición, en apenas 15 años, de una superficie de 170 millones de hectáreas, el equivalente a la extensión de Alemania, Francia, España y Portugal juntos. Un pulmón verde que comprende el Amazonas, la región sudamericana del Gran Chaco, la ecorregión del Cerrado brasileño, los bosques tropicales del Chocó-Darién (a caballo entre Panamá, Colombia y Ecuador), la cuenca del Congo (que contiene algunas de las pluvisilvas más extensas del mundo), las forestas del África oriental, las del este de Australia, la región del Gran Mekong en el Sudeste Asiático y los bosques de las islas de Borneo, Nueva Guinea y Sumatra.

El entomólogo y naturalista estadounidense Edward Osborne Wilson opina que destruir valiosos bosques –o cualquier otro ecosistema– para obtener beneficios económicos equivale a quemar una pintura del Renacimiento para cocinar una comida. Sin embargo es lo que hacemos a menudo, a veces por pura necesidad. Pero, como está ampliamente comprobado, esa depredación sobre el medio es un paradigma del pan para hoy, hambre para mañana.

Por ello es indispensable la tan reivindicada transición hacia un modelo de gestión a largo plazo. Y mientras tanto, proteger los lugares que mejor representan la excepcionalidad del único planeta con vida comprobada es una misión prioritaria. Es ahora o nunca, en muchos casos. Porque tras la extinción de una especie o la destrucción de un lugar prístino, no hay segundas oportunidades. Y ya conocemos el dicho: las sociedades se definen no solo por lo que son capaces de crear, sino por lo que rehúsan destruir.

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Tomado de: National Geographic

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