Al rescate de Mes Aynak


Un equipo de arqueólogos desentierra un espectacular complejo budista antes de que una gigantesca mina de cobre lo arrase para siempre.

Por Hannah Bloch
octubre de 2015

Santuario de piedra de Mes Aynak, en Afganistán
El efecto de la perspectiva hace que este santuario de piedra de Mes Aynak, en Afganistán, de 2,40 metros de altura parezca más alto. Los arqueólogos han excavado solo una mínima parte del extenso complejo budista, que data de los siglos III a VIII de nuestra era.

Una hora de viaje por la autopista de Gardez, al sur de Kabul, lejos de las tiendas bulliciosas, el humo de los camiones diésel y el traqueteo de los carros de burros, un pronunciado desvío a la izquierda nos lleva a un camino sin asfaltar. En este distrito de la provincia de Logar donde están muy presentes los talibanes, los lugareños han sufrido el estallido de coches bomba, ataques intermitentes de misiles, secuestros, asesinatos… El camino discurre en paralelo al lecho seco de un río, dejando atrás aldeas, controles paramilitares, torres de vigilancia y un edificio vacío, con el techo azul y vallado con alambre de espino.

Un poco más adelante el panorama se convierte en un valle desarbolado surcado de zanjas y antiguos muros excavados. Desde hace siete años un equipo de arqueólogos afganos y de otros países, asistidos por hasta 650 obreros, ha desenterrado miles de estatuas, manuscritos, monedas y sagrados monumentos budistas. Han salido a la luz fortificaciones y monasterios cuya antigüedad se remonta hasta el siglo III de nuestra era. Más de cien puestos de control rodean el yacimiento, que patrullan día y noche unos 1.700 policías.

Es la excavación más ambiciosa de la histo­ria de Afganistán. Pero semejante operativo de seguridad no se destina a la protección de unos cuantos científicos y de la población local que les asiste. Bajo las ruinas milenarias hay un depósito de cobre de cuatro kilómetros de largo que se interna al menos un kilómetro y medio en el monte Baba Wali, desde cuya cima se domina el yacimiento. Es uno de los depósitos sin explotar más grandes del mundo y se calcula que contiene unos 12,5 millones de toneladas de cobre. Los monjes budistas de la antigüedad se enriquecieron con este metal; colosales depósitos de escoria, el residuo solidificado de la fundición de la mena, tiñen de morado las laderas de Baba Wali, dando fe de una producción a escala casi industrial. El Gobierno afgano cifra en ese cobre su esperanza de que el país vuelva a ser rico, o al menos autosuficiente.

El nombre de este lugar peca de modestia: Mes Aynak, «pequeño pozo de cobre». De pequeño no tiene nada. En 2007 la China Metallurgical Group Corporation (MCC), radicada en Beijing y a la cabeza de un consorcio de garantía estatal chino, obtuvo una concesión de 30 años para extraer aquí el cobre. La empresa hizo una oferta de más de 2.700 millones de euros y prometió dotar al distrito de las infraestructuras de las que carece: carreteras, una línea férrea y una central eléctrica de 400 megavatios. Las autoridades afganas calculan que la mina inyectará 1.000 millones de euros a la frágil economía del país, que desde 2002 depende de las ayudas extranjeras y se enfrenta hoy a un déficit anual de 6.400 millones de euros.

El potencial arqueológico de Mes Aynak se conoce desde hace décadas. Cuando se hizo pública la concesión china, los defensores del patrimonio cultural afgano reclamaron que se excavasen y documentasen como es debido los tesoros históricos del lugar antes de que acabase con ellos la futura mina a cielo abierto. Pero el yacimiento y las piezas que contiene ya estaban en peligro: no por la amenaza talibán, sino por la depredación gradual de los saqueadores. «Si no lo destruye la mina, lo hará el saqueo», dice el arqueólogo francés Philippe Marquis, quien dirigió las excavaciones entre 2009 y 2014.

Pese a las medidas de seguridad, los peligros actuales han retrasado la obra de la mina. El complejo de tejado azul construido para albergar a los ingenieros chinos se abandonó tras sufrir una serie de ataques de misiles en 2012 y 2013. Las minas terrestres enterradas por los soviéticos en la década de 1980 y los artefactos explosivos dejados más recientemente por los talibanes y Al-Qaeda añaden otro peligro. En 2014 los talibanes mataron a ocho expertos en desminado. (Cuando Afganistán se hallaba bajo control talibán, Mes Aynak albergaba un campamento de élite de Al-Qaeda).

Si a ello se suman las dificultades logísticas –la falta de conexión por ferrocarril para sacar el cobre de la región y una grave escasez de agua–, a nadie le sorprenderá que la extracción minera, cuyo inicio se proyectaba para 2012, siga en el aire. En 2013, MCC comenzó a desistir de algunos aspectos de la concesión, y las dos partes tienen pendiente la renegociación del contrato. Es improbable que se extraiga nada antes de 2018.

Los retrasos han dado a los arqueólogos una sustanciosa prórroga para sus excavaciones, aunque a cambio de una drástica reducción de la mano de obra. El pasado que nos revelan ofrece un marcado contraste con la violencia y el caos de nuestro tiempo. Entre los siglos III y VIII Mes Aynak fue un centro espiritual que prosperaba en relativa paz. Al menos siete complejos monásticos budistas de varios pisos –con capillas, dormitorios y otras dependencias– forman un arco alrededor del yacimiento, cada uno de ellos con sus respectivas atalayas y murallas defensivas. Dentro de esas fortificaciones residenciales los arqueólogos han hallado cerca de un centenar de stupas de esquisto y arcilla: relicarios budistas que fueron esenciales para el culto.

Mes Aynak también fue un importante centro económico de Gandhara, región que se extendía por lo que hoy es el este de Afganistán y el noroeste de Pakistán. Gandhara era una encrucijada de civilizaciones donde se encontraban las grandes religiones del hinduismo, budismo y zoroastrismo y donde las antiguas culturas griega, persa, centroasiática e india se unían. Era «el centro del mundo», en palabras de Abdul Qadir Temory, el principal arqueólogo afgano del proyecto.

En los primeros siglos de nuestra era los budistas de Gandhara revolucionaron el arte de la región con un refinamiento estético y una sensibilidad que sintetizaban los vestigios de anteriores siglos de conquistas. Se cuentan entre los primeros artistas del mundo que representa­ron a Buda con una figura humana realista (una innovación de inspiración helenística llegada con Alejandro Magno, quien atravesó Afganistán en el año 330 a.C.). En las capillas de Mes Aynak se han encontrado estatuas de Buda del doble del tamaño natural en las que aún se aprecian los vestigios de la pintura roja, azul, amarilla y naranja que coloreaba sus ropajes; tesoros de alhajas de oro; fragmentos de manuscritos seculares, y muros decorados con frescos. En un nicho apareció una estatua de esquisto que constituye una rara representación de Siddhartha Gautama antes de convertirse en Buda.

Del yacimiento también han salido montones de monedas de cobre de entre los siglos III y VII, recuperadas del suelo de las viviendas y de erarios en los que habían sido cuidadosamente acopiadas. Muchas llevan la efigie de Kanishka el Grande, rey kushana del siglo II. Se ignora si el monarca profesaba o no el budismo, pero lo cierto es que le abrió las puertas de su imperio igual que a otras tradiciones religiosas, singularmente el zoroastrismo, originario de la antigua Persia. Muchas de las monedas halladas en Mes Aynak presentan a Kanishka en una cara y a un buda sedente o una deidad persa (como Ardokhsha, diosa de la fortuna) en la otra.

«Las monedas de Kanishka eran valoradas desde Roma hasta China –afirma Nancy Hatch Dupree, estadounidense de 87 años que reside en Kabul desde hace décadas y es una de las mayores autoridades mundiales en el patrimonio afgano–. En el dinero kushana hay 23 deidades, todo un símbolo de tolerancia».

Aunque son bien conocidos los vínculos del antiguo budismo con el comercio, poco se sabe de su relación con la producción industrial. Ahí es donde Mes Aynak podría llenar importantes lagunas de conocimiento, pues sugiere la existencia de un sistema económico budista bastante más complejo de lo que se creía. A diferencia de Bamiyán –lugar de peregrinación budista y centro caravanero de la Ruta de la Seda situado 200 kilómetros al noroeste, donde en 2001 los talibanes volaron dos gigantescas estatuas de Buda del siglo  VI–, todo apunta a que Mes Aynak prosperó sobre todo como centro de extracción y producción de cobre. Los complejos monásticos sagrados se levantan sobre la mina de cobre.

«No conozco ningún otro lugar en que los monasterios coexistiesen en perfecta simbiosis con centros productivos o industriales –afirma Zemaryalai Tarzi, un arqueólogo afgano que visitó Mes Aynak por vez primera en 1973–. No hay precedentes de este tipo de vínculos.»

Desentrañar todos los secretos de Mes Aynak llevará décadas, y se necesitará una generación nueva de arqueólogos. Tras licenciarse en la Universidad de Kabul, Sultan Masoud Muradi, de 24 años, hijo de un obrero de la construcción de Kabul, presentó una solicitud para participar en las excavaciones del yacimiento. Explica con orgullo que sus colegas y él represen­tan diferentes etnias y trabajan codo con codo sin el menor problema, lo cual no es cosa baladí en un país desgarrado en la década de 1990 por una atroz guerra civil entre grupos muyahidines divididos por cuestiones étnicas. «Nosotros tenemos 5.000 años de historia, y para la nueva generación afgana es importantísimo conocerla –dice, sosteniendo la pala con la que hace un momento estaba excavando–. Si no, solo nos conocerán por el terrorismo y las amapolas.»

El paisaje de Mes Aynak está hoy totalmente desarbolado. Es posible que las actividades de fundición que albergó hace siglos tengan que ver con esa deforestación, que a su vez quizá terminase con la producción de cobre. Para extraer menos de medio kilo de cobre a partir de su mena se necesitaban hasta nueve kilos de carbón, y para obtener carbón había que quemar enormes cantidades de madera. Cuesta imaginar el volumen de carbón que se necesitaría para poner un horno a 1.000 grados centígrados y mantenerlo a esa temperatura durante días.

En 2012, durante su trabajo de campo en Mes Aynak, el británico especialista en arqueometalurgia Thomas Eley detectó un cambio en la manera de producir cobre: lo que empezó siendo una forma relativamente eficiente de fundición devino en un proceso más lento y dificultoso, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Pero el proceso más eficiente también demanda el consumo de grandes cantidades de combustible. Conforme había menos árboles disponibles para fabricar carbón, es posible que los fundidores se viesen obligados a utilizar el método más lento.

Procesar tan enorme cantidad de cobre también requería una fuente fiable de agua con la que lavar la mena y enfriar los lingotes ardientes. El agua probablemente procedía de manantiales de montaña, riachuelos y unos arcaicos canales subterráneos de riego llamados karez que todavía se usan en algunas zonas de Afganistán. En la sección norte del yacimiento se ha excavado un karez de nueve metros de largo, seguramente parte de una red más grande. Es posible que la progresiva deforestación de la zona redujese las lluvias, agravando el problema del agua.

La escasez de agua continúa siendo un proble­ma en esta región de sequías, además de un serio obstáculo para una futura actividad minera. Integrity Watch Afghanistan, un think tank de Kabul, recogía en 2013 la queja de los vecinos de aldeas próximas a Mes Aynak: tras las perforaciones preliminares, el nivel freático había descendido más de dos metros. «Cuando empiece la producción de cobre se necesitarán siete millones de litros por cada turno de ocho horas –dice Javed Noorani, autor del informe de Integrity Watch–. Y en la zona ya escasea el agua.»

Los arqueólogos, en cambio, no se enfrentan a un problema de escasez sino de superabundancia: el ritmo de la excavación supera al de almacenaje y protección de las piezas exhumadas. «Excavar es fácil –dice Omar Sultan, ar­­queólogo formado en Grecia y exviceministro de cultura afgano–. Lo difícil es la preservación.»

Más de mil piezas de las más importantes se han trasladado directamente al Museo Nacional de Afganistán, en Kabul. «Por desgracia no podemos aceptar todas las piezas –se lamenta Omara Khan Massoudi, quien durante muchos años dirigió el museo–. No hay espacio para todo.»

Por ahora los miles de objetos de Mes Aynak que no están en el museo se almacenan en el yacimiento o sus inmediaciones. La mayoría, pendientes de análisis y estudio. Massoudi y Sultan hablan de construir un museo allí mismo algún día, aunque más factible, al menos a corto plazo, sería habilitar un museo virtual y una reconstrucción digital para preservar el recuerdo de Mes Aynak cuando la mina entre en funcionamiento.

Pero primero hay que resolver los problemas de seguridad. Y, a largo plazo, los retrasos en la explotación minera podrían suponer amenazas más acuciantes. La seguridad de Mes Aynak depende en gran parte de garantizar que los lugareños, susceptibles de sentirse atraídos –o ser coaccionados– por los talibanes, conserven un empleo remunerado. Muchos están molestos por haber sido desalojados de sus aldeas para dejar espacio a la mina de cobre. El Banco Mundial, que ha apoyado las labores arqueológicas en el marco de un proyecto conjunto con el Ministerio de Minas y Petróleo de Afganistán, calcula que la mina creará 4.500 puestos de trabajo directos y muchos miles más de empleos indirectos, aunque va cundiendo el escepticismo de que unos y otros lleguen a materializarse.

A lo largo de los años unos pocos cientos de hombres han recibido salarios generosos (para los estándares locales) por manejar pico y pala o realizar otras labores no especializadas en el yacimiento arqueológico. Pero «si no tienes comida ni salario, si tus hijos pasan hambre, haces lo que sea –dice Habib Rahman–. Como unirte a los talibanes. Ellos sí pagan un salario». En 2001 este padre de familia de 42 años perdió una pierna al pisar una mina terrestre mientras pastoreaba cabras. Hoy recorre a diario y con sus muletas las dos horas de ida y otras tantas de vuelta entre su aldea de montaña y Mes Aynak, donde trabaja lavando cerámica.

No es probable que las precarias vidas de Rahman y otros como él cambien demasiado en un futuro inmediato. Muchos tienen sentimientos ambivalentes hacia la rica historia de su pueblo que están ayudando a desvelar, pues no perciben vínculo alguno con un pasado preislámico. Tampoco ayuda el hecho de que los talibanes hayan amenazado a algunos obreros, acusándolos de hacer apología del budismo. Con todo, los logros del pasado despiertan admiración. «Mis antepasados eran musulmanes –dice un obrero de 36 años, excombatiente del ejército afgano, que solo quiso identificarse como Javed–. Pero sabemos que por esta tierra han pasado cientos de generaciones. Cuando trabajo, pienso que aquí hubo una civilización, una factoría, una ciudad, reyes. Sí, eso también es Afganistán.»

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Tomado de: National Geographic

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