La Gran Muralla China se desvanece


Las amenazas se ciernen sobre una de las obras de arquitectura militar más notables de todos los tiempos.

Por Eva van den Berg
octubre de 2015

Tramo de la Gran Muralla China
Con sus torres de vigilancia y muros almenados, la Gran Muralla muestra en Jinshanling, a 125 kilómetros de Beijing, el aspecto de fortaleza que adquirió en algunos tramos construidos durante la dinastía Ming.

En realidad no es una gran muralla. Lo que muchos han considerado la octava maravilla del mundo antiguo es más bien un entramado de muros y distintas estructuras defensivas construidas a lo largo del tiempo, bajo el mandato de diferentes dinastías y de forma dispar. Hasta el siglo XVI la construcción se hizo con tierra compactada. El propósito de tamaña obra de ingeniería y arquitectura militar fue en todo momento doble. Por una parte, protegerse de los recurrentes ataques que los pueblos nómadas del norte, a lomos de sus caballos y arreando sus ganados, perpetraban en las vecinas regiones agrícolas en busca de comida y de enseres prácticamente inexistentes en las áridas estepas que se extendían más allá de las fronteras septentrionales del Imperio. Por otra parte, establecer claramente el límite de las tierras cultivables, sobre las que el Estado chino podía imponer unos impuestos y una administración estables. La Gran Muralla sirvió tanto para no dejar entrar como para no dejar salir.

Fue hacia el año 220 a.C. cuando Qin Shi Huangdi, primer emperador de una China unificada y autor de épicos proyectos de construcción, ordenó la conexión entre las murallas septentrionales preexistentes y la construcción de otros tramos que formarían una primera línea continua y que sería la precursora de la actual Gran Muralla China, aunque la mayor parte de esta barrera defensiva data de la dinastía Ming (1368-1644), constructora de los muros más imponentes de la historia china.

Afirman los historiadores que, en realidad, esa multiplicidad de muros no sirvió de gran cosa. Aquellos pueblos nómadas, entre los que se contaban los xiongnu (cuyos orígenes siguen sin estar claros), los mongoles o los manchúes, eran bravos guerreros que hallaban siempre el modo de franquear y sortear esas barreras. Algo que se hizo evidente en el siglo XIII, cuando, tras siglos intentando repeler los ataques en las zonas fronterizas y pagando subsidios disuasorios a los pueblos del norte para detener su avance, el Imperio chino vivió sus momentos más críticos. Uno de aquellos líderes, Gengis Kan, reorganizó a los guerreros de la estepa e inició la gran conquista mongol de Asia. Una labor que en China concluiría su nieto Kublai Kan, fundador de la dinastía Yuan. Pero, como es sabido, nada es para siempre, y en 1368 los Yuan se vieron forza­dos a replegarse de nuevo en la inmensidad de la estepa. Empezaba así el esplendor de la dinastía Ming, bajo cuyo reinado se construyeron más de 6.000 kilómetros de nuevos tramos defensivos, considerados por la Unesco «una auténtica obra maestra y un ejemplo perfecto de integración de la arquitectura en el paisaje».

Los Ming fueron quienes más ataques sufrieron por parte de los nómadas: las restricciones Ming al comercio exterior fueron el origen de repetidas incursiones en el norte y de la imponente ola de piratería que asoló las costas del sur. Las tensiones llegaron a su punto álgido en 1449, con la captura por parte de los nómadas de un emperador chino. Fue entonces cuando los chinos decidieron levantar un gran muro cuyas defensas permitieran controlar los movimientos de la estepa. En 1459 el gran secretario Li Xian afirmaba que los mongoles «son una calamidad para China solo porque necesitan desesperadamente ropa y comida». Es esta gran muralla Ming, originalmente construida con la habitual tierra compactada, la que fue finalmente recubierta de piedra a mediados del siglo XVI , tras un mortífero ataque mongol que consiguió asediar Pekín y quemar sus suburbios.

Los Ming evitaron así sucumbir a manos de los mongoles, pero no lograron contener a otro de sus enemigos, los yurchen. Procedentes de Manchuria, los yurchen volverían a abrir las puertas de la Muralla para fundar en 1644 la que sería la última dinastía imperial china, Qing, que perduraría hasta el establecimiento de la República de China en 1912. El gran muro que durante siglos conjuró todos los peligros procedentes del norte acabó perdiendo su significado y su función, y dejó de crecer tras haber alcanzado más de 20.000 kilómetros de longitud. Aunque muchos tramos están en un estado tan ruinoso, que si los descontáramos del total, de­­beríamos decir que mide unos 9.000 kilómetros.

Excelente muestra de la arquitectura militar imperial china, constituida por muros, torres de vigilancia, puertas, pistas para caballos, refugios, fortalezas y viviendas adosadas a la propia muralla, en 1987 la Unesco incluyó algunas de sus sec­ciones en su Lista del Patrimonio Mundial, a la que fue incorporando otros tramos a posteriori, aunque no su totalidad. La Unesco es consciente de que este descomunal símbolo histórico y nacional que atesora más de 2.000 años de historia entre sus deterioradas piedras, capas de arcilla y ladrillo, corre hoy el riesgo de desaparecer para siempre a causa del grave deterioro producido, entre otros factores, por la erosión ocasionada por las lluvias torrenciales, el escaso mantenimiento llevado a cabo, el vandalismo, la construcción de infraestructuras anexas y la presión excesiva de un turismo que en las secciones cercanas a Beijing supera los ocho millones de visitas anuales.

La Unesco considera que «el valor universal excepcional de la Gran Muralla y todos sus atributos deben estar protegidos en su conjunto», lo que significa plantear acciones para la conser­vación de la estructura original, gestionar el tu­­rismo de forma sostenible y difundir el valor de tan valiosa estructura. «Amemos nuestra China, restauremos nuestra Muralla», sentenció en 1984 Deng Xiaoping, máximo líder de la República Popular en aquel momento, esgrimiendo un revisionismo histórico que obviaba la opresión feudal a la que se vieron sometidos los obreros esclavos que la construyeron.

Desde entonces se han restaurado varios tramos, aunque otros se han deteriorado gravemente e incluso han desaparecido. Alrededor de 2.000 kilómetros de la construcción original ya no existen. Borrados del mapa. Así lo declaró el pasado mes de junio la Administración Estatal de la Herencia Cultural de China. Además, según la China Great Wall Society (CGWS), solo un 8,2 % de la Muralla construida durante la dinastía Ming se mantiene en buenas condiciones de conservación.

En épocas de miseria, muchos campesinos han utilizado partes de la Muralla como material de construcción para sus casas, corrales y patios. Y en la actualidad no faltan quienes atentan contra el muro arrancando pedazos por los que se sacan unos yuanes en el mercado negro o vendiéndolos directamente a los turistas. Por otra parte, diversos proyectos de infraestruc­turas han horadado directamente secciones de esta reliquia para, por ejemplo, construir carreteras. En 2004 salió a la luz que en la sección de Shaanxi, construida por los Ming, había hasta 40 aberturas. Ese mismo año China se preparaba para acoger el vigésimoctavo congreso del Co­­mité del Patrimonio Mundial de la Unesco en Suzhou, y los portavoces de la nación, ante el clamor internacional, se esforzaron por demostrar sus acciones de preservación de la Muralla.

Hoy no parece que ese cúmulo de problemas esté resuelto. Las lluvias siguen derribando partes de estas paredes milenarias, las raíces de los árboles revientan su base en distintos tramos y los turistas siguen acudiendo a miles y de forma poco ordenada. Algunos incluso graban sus nombres con objetos punzantes a modo de vandálicos graffiti. Hay miles de ellos, sobre todo cerca de Beijing. No parece que las autoridades logren el cumplimiento de las normas de protección de un patrimonio cuya inmensidad es parte del problema. Restaurarlo y protegerlo no es tarea fácil. Se debería contar con el apoyo de las comunidades locales e invertir ingentes cantidades de dinero para conservarlo para las generaciones venideras. Recientemente se ha proyectado la restauración de una de las partes más antiguas, en la provincia de Shandong. Solo la renovación de 18 tramos, cuya extensión es de 61 kilómetros, costará 208 millones de yuanes (30 millones de euros). ¿Podemos imaginar el coste de la restauración de la totalidad de la Muralla?

Sin duda harán falta resoluciones contundentes si el pueblo chino quiere que su Wanli Chang­cheng («larga muralla de diez mil li», significado del vocablo moderno chino que da nombre a la Gran Muralla) siga en pie en el futuro.

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Tomado de: National Geographic

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