Shoji Ueda, aventurero sedentario y sutil de la fotografía japonesa

23 diciembre, 2015

Sacan a la luz en una monografía parte de los 5.000 negativos que dejó sin revelar al morir en 2000 uno de los grandes maestros de la foto japonesa del siglo XX • Surrealista, mágico y austero, Ueda trabajó durante gran parte de su vida en Tottori, la región costera que tiene la densidad de población más baja del país • ‘Sólo hago las fotografías que me gustan’, decía el artista, considerado un ‘ángel’ de la composición y la narrativa poética.

JOSE ÁNGEL GONZÁLEZ
22.12.2015 – 06:41h


DE LA SERIE SHIROI KAZE (ESCENAS BRILLANTES), 1980 A 81 / Fotografía de Shoji Ueda (© Shoji Ueda / Oficina Ueda Shoji)

Shōji Ueda era uno de esos fotógrafos insólitos capaces de componer imágenes que parecen proyecciones de estados mentales. El maestro japonés, que vivió entre 1913 y 2000 —falleció de un ataque al corazón—, apenas se movió de su región natal, Tottori, la menos poblada de las prefecturas japonesas, pero dejó un legado repleto de fotografías de mundos que parecen paralelos al real. Se consideraba un “aventurero sedentario” a quien no hacía falta el desplazamiento para viajar.

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Ébola. A la caza del asesino

23 diciembre, 2015

El Ébola no desaparece. Simplemente se agazapa hasta la próxima.

Por David Quammen
octubre de 2015

Un cazador de una aldea de la República Democrática del Congo (RDC) se ajusta la máscara que llevará durante la partida
Un cazador de una aldea de la República Democrática del Congo (RDC) se ajusta la máscara que llevará durante la partida. El consumo de carne de animales salvajes infectados es una de las vías por las que el virus del Ébola llega a los seres humanos.

Nadie podía prever en diciembre de 2013 que aquel niño que cayó enfermo en una aldea de Guinea llamada Méliandou sería la primera víctima de una epidemia atroz que devastaría tres países del África occidental causando preocupación, miedo y polémica en el planeta entero.

Nadie imaginaba que la muerte de aquel niño sería la primera de miles. Se llamaba Emile Ouamouno. Sus síntomas eran virulentos –fiebre alta, heces negras, vómitos–, pero podrían ha­­berse debido a otras enfermedades, como la malaria. Es triste, pero en las aldeas africanas todos los días mueren niños de fiebres y diarreas no identificadas. Pero pronto murió también la hermana del pequeño, y luego su madre, su abuela, una comadrona del pueblo y una enfermera. El contagio se extendió desde Méliandou hasta otras poblaciones del sur de Guinea. Falta­ban casi tres meses para que la palabra «Ébola» empezase a aparecer en correos electrónicos enviados desde Guinea al mundo y viceversa.

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