Giustiniani, el mercenario olvidado que defendió Constantinopla de los turcos


SERIE Soldados de fortuna

JORGE BENÍTEZ
jorgebmontanes
Miércoles, 12 agosto 2020 – 11:21

Estaba destinado a ser el héroe que salvara al emperador y luchó valerosamente por una ciudad que no era la suya, pero una pedrada lo convirtió en una nota al pie de la historia.

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Giovanni Giustiniani Longo.

Podría haber salido en el santoral, ser un héroe de taquillazo de Hollywood o modelo de estatuas en las plazas de pueblo griegas e italianas, pero su huída enterró a Giovanni Giustiniani Longo en el ostracismo. Una debilidad respetable, entre las llamas del fin, cuando muchos héroes se acojonan y el instinto de supervivencia de nosotros, los vulgares, suplanta cualquier deseo de gloria.

De nada valió que aquel soldado de fortuna se hubiera jugado todo, primero por fama y dinero, y luego, por convicción, en el acontecimiento más extraordinario de su tiempo. Es la crueldad de la posteridad. Tanta que hasta Stefan Zweig, cuando nos cuenta la conquista de Bizancio en sus Momentos estelares de la Humanidad (Acantilado), sólo le concede al genovés un párrafo corto: “Con desesperación de los defensores, una piedra lanzada con honda hiere gravemente al caudillo de las tropas genovesas, el arrojado condotiero Giustiniani, que tiene que ser transportado a un barco. Aquella desgracia hace que se tambalee momentáneamente la energía combativa de los defensores”.

Merecía más, la verdad.

Cuando recibió aquel impacto, Giustiniani hacía frente al alba al asalto final del ejército otomano sobre Constantinopla, la ciudad de Constantino y Justiniano, la antigua Bizancio, que acabó con el imperio más antiguo de la historia. Entre el fuego, el 29 de mayo de 1453 desaparecían 1.500 años de esplendor y decadencia, nacidos en Roma y finiquitados en la actual Estambul.

Aquel día en el que el mercenario Giustiniani abandonó la ciudad que juró proteger y dejó solo a su emperador, muerto valerosamente en el combate final, es para muchos historiadores el fin de la Edad Media.

Todo había comenzado cuatro meses antes, cuando Giustiniani y sus 700 guerreros desembarcaron en Bizancio entre vítores y aplausos. Aquel contingente suponía el único auxilio procedente de la Europa cristiana. De nada había servido que el emperador Constantino XI Paleólogo mandara mensajeros al Papado y a las cortes cristianas para defender la capital de Dios en Oriente del peligro turco.

Constantino XI, el último de los césares, hacía tiempo que desconfiaba, con razón, del nuevo líder de los otomanos, Mehmed II, un joven estudioso de las campañas militares de Julio César que soñaba desde niño con que la media luna ondeara en Hagia Sofía, el gran templo cristiano de Oriente. Para el nuevo sultán, Constantinopla era la Troya real. La conquista que no supondría la posteridad sino consolidar un trono que anhelaban muchos conspiradores de su corte.

Giustiniani fue nombrado Protostrator, capitán de la defensa, por el emperador y responsable de los 8.000 efectivos que tenían que hacer frente a un ejército de 80.000 soldados.

El tesoro bizantino estaba vacío, lejos de sus tiempos de gloria cuando era sustentado por un imperio comercial que unía el norte de África y Eurasia, y Constantino no podía ni pagar a los mercenarios. Como pago por sus servicios, y su milagro, Giustiniani recibiría la isla de Lemnos, en el mar Egeo.

No había mucho tiempo para organizar un plan. Los genoveses no tenían rivales en la lucha cuerpo a cuerpo, pero aun así necesitaban refuerzos dada su inferioridad tanto en número como en medios. Su única opción era que el enemigo, como antes otros, se estrellara contra las murallas construidas por Teodosio y la frustración y el hambre forzaran su retirada.

Mehmed sabía que para no cometer los errores de sus ancestros y cavar su tumba frente a esos muros legendarios, necesitaba un arma nueva. Contrató los servicios de Orbon, cristiano que había ofrecido su pericia a los bizantinos pero que fue rechazado por su falta de oro. Este ingeniero húngaro para derribar las defensas fundió un cañón gigante que para ser transportado necesitó de 15 pares de bueyes y 100 hombres.

Frente a la pólvora, Constantinopla era defendida por la naturaleza y la pericia humana. Por tierra contaba con un sistema de fortificaciones ramificado y, por mar, una cadena de hierro que era levantada desde un extremo del Cuerno de Oro al otro lado del estuario cuando alguna nave enemiga intentaba acercarse al puerto.

A golpe de los cañonazos de Orbon (que murió cuando explotó uno de sus escupefuegos), la victoria turca parecía rápida, pero los defensores no desfallecían. Cada noche reconstruían con sacos de arena los socavones. Cada mañana, Giustiniani y sus mercenarios repelían los ataques directos causando muchas bajas. Mehmed empezó a ponerse nervioso.

Fue una guerra entre dos genios militares. El genovés logró con sus incursiones rápidas desmoralizar a los otomanos y retrasar su victoria, mientras que Mehmed fue el autor de una gesta estratégica comparable al cruce de Aníbal de los Alpes. Mandó talar cientos de árboles y usando los troncos como rodillos hizo trasladar su flota por tierra para saltar la cadena bizantina que protegía su flota y plantarse a pocos metros de la ciudadela.

Ambos se profesaron tanto odio como admiración, pero, a pesar de lo que dice alguna crónica, es muy posible que no llegaran a conocerse. Giustiniani pertenecía a una familia noble, emparentada con los Doria, y había sido un notable pirata defendiendo los intereses de Génova, potencia marítima que lo llegó a nombrar cónsul en Crimea, por entonces territorio mongol. Este militar profundamente religioso sabía que si caía Bizancio, Europa sería el próximo objetivo otomano. Ante la ceguera de los reinos cristianos, la profecía de Giustiniani se cumplió. Un siglo después, los turcos llegaron a dominar el Mediterráneo y a plantarse en las puertas de Viena. Pero eso es otra historia.

Cuando ese amanecer Giustiniani fue trasladado a una galera que zarpó de inmediato, Mehmed entraba en Santa Sofía, la única iglesia que fue respetada del saqueo prometido a sus tropas. El sultán mandó derribar la cruz que la comandaba desde hacía un milenio y se arrodilló para dar gracias a Alá. Un gesto que estos días ha querido emular el presidente Erdogan al convertir en mezquita la joya de Bizancio tras 86 años de aconfesionalidad.

Giustiniani escapó, sí, pero murió a los pocos días por culpa de su herida, en la isla griega de Quíos. Fue enterrado en el monasterio de Santo Domingo. Cuatro siglos después un terremoto destruyó su tumba y la tierra se tragó sus restos. Y su memoria.

Tomado de: El Mundo

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