Barruel, el conspiranoico que achacó la Revolución Francesa a los templarios


‘Fake news’ históricas

Francisco Martínez Hoyos
21/01/2021 07:00

El exiliado Augustin Barruel se hizo de oro en el siglo XVIII con un ‘best seller’ que achacaba la Revolución a unos supuestos herederos de la orden

Ampliar imagen
El asalto a la Bastilla es considerada el inicio de la Revolución Francesa – (Terceros)

A lo largo de la historia, los que han difundido teorías conspiratorias presentan con frecuencia un perfil común: acostumbran a ser los perdedores en algún proceso histórico y buscan las causas de su derrota en los turbios manejos del enemigo o de traidores en el propio bando. Echar la culpa a los demás siempre es más fácil que plantearse la autocrítica.

Tras la Revolución Francesa, esta actitud proliferaba entre los partidarios del Antiguo Régimen. Anonadados por la victoria de los principios progresistas, muchos responsabilizaron del hundimiento de la monarquía absoluta a las maquinaciones de oscuros personajes.

En 1791, por ejemplo, el religioso Jacques-François Lefranc publicó El velo alzado para los curiosos, un libro en el que acusaba a la Asamblea Nacional de seguir los dictados de la francmasonería. La Cámara, en su opinión, no hizo más que copiar la organización de los masones cuando estableció la división del país en departamentos.

Lefranc mantuvo correspondencia con el ultramontano Augustin Barruel (1741-1820), un antiguo jesuita que había buscado refugio en Inglaterra tras el estallido de la Revolución. Influido por el trauma del exilio, no dudó en atribuir todo impulso democratizador al proyecto maléfico de una sociedad ultrasecreta.

De película

Veamos de dónde surgió esta imaginativa historia, digna de un relato al estilo de El código Da Vinci. En 1797, el Terror revolucionario estaba aún muy presente en la mente de los franceses. Todos recordaban cómo se habían multiplicado las ejecuciones de disidentes en la guillotina.

Ese año, Barruel publicó sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo, denunciando a los partidarios de Robespierre por sumir al país en “la más horrorosa anarquía”. Los jacobinos, a su juicio, formaban una secta que se dedicaba a difundir valores nocivos, como la igualdad y la libertad.

Ampliar imagen
Retrato de Augustin Barruel, por Auguste Pidoux – Dominio público

Según el exjesuita, nada había sucedido en la Revolución que no estuviera planificado al detalle de antemano. Las convulsiones políticas que habían sacudido Francia se debían a una conspiración que hundía sus raíces en la Edad Media.

Todo apuntaba a los templarios, unos caballeros, decía Barruel, que habían prestado inicialmente grandes servicios a la Iglesia, pero que después, con la adquisición de grandes riquezas, habían degenerado en sus costumbres hasta extremos indecibles. Se convirtieron en renegados y blasfemos, y el papa, ante el alud de pruebas en su contra, hizo muy bien en suprimir la orden en 1312.

Sin embargo, sigue Barruel, la abolición del Temple no constituyó el fin de su historia. Algunos de sus antiguos miembros continuaron sus actividades en la clandestinidad, ansiosos por vengarse del papado y de los reyes, culpables de haber decretado su extinción.

Estos antiguos religiosos habrían conseguido adeptos que trasmitieron, de generación en generación, su odio contra Dios y las monarquías, a las que pretendían destruir a toda costa. Formaban un grupo secreto con el objetivo de dominar el mundo, que se organizaría a través de una república mundial que ellos gobernarían.

Ampliar imagen
Retrato de Voltaire (1694-1778), uno de los acusados por Barruel de formar parte del grupo secreto que pretendía dominar el mundo – Fuente de la imagen: GETTY IMAGES

Estos herederos de los templarios, a partir del siglo XVIII, se habrían hecho con el control de la masonería. Los grandes intelectuales del momento, como Voltaire, Diderot o Condorcet, se reunían supuestamente para destruir la influencia de la Iglesia católica. A ellos se refiere Barruel cuando habla, con indisimulada acritud, de “ciertos personajes que se daban y hacían dar el tratamiento de filósofos”.

El gran error del “filosofismo”, indicaba el exiliado, consistía en despreciar la autoridad de la revelación bíblica y basar todo el conocimiento en la razón. En esta conjura contra el cristianismo, Voltaire habría sido el patriarca y Federico II de Prusia el gran protector.

Un ‘best seller’ dañino

Parece que Barruel, además de en Lefranc, se inspiró para su teoría conspiratoria en un escocés, el matemático John Robinson, que por entonces preparaba un libro en el que pretendía demostrar una conspiración contra todas las religiones y todos los gobiernos de Europa. El francés comprendió que debía darse prisa si quería ser el primero en publicar un volumen sobre el tema.

Tuvo éxito, y sus Memorias se adelantaron en un año al trabajo de Robinson. A partir de ese momento, el formidable éxito de su best seller, traducido al inglés, al italiano, al español y otros idiomas, proporcionó a Barruel suficientes ingresos para llevar una vida sin problemas económicos.

Naturalmente, la Revolución Francesa, un fenómeno de extrema complejidad, no puede atribuirse a una simple conspiración. Ni siquiera masónica, puesto que la masonería, a finales del siglo XVIII, presentaba un perfil más conservador que progresista.

El reduccionismo de las teorías del complot no impidió que se propagaran, siempre con chivos expiatorios en el punto de mira, ya fueran los masones o los judíos. Nació así el mito de la trama judeomasónica, un relato descabellado por muchos motivos.

Ampliar imagen
Grabado del siglo XVIII que representa una tenida (reunión) masónica – Dominio público

Como señala Norman Cohn en El mito de la conspiración judía mundial (Alianza, 2020), los masones dieciochescos tendían a ser antisemitas. De ahí que no resulte creíble que se aliaran con los creyentes de una religión a la que despreciaban. No obstante, como apunta Cohn, los hechos desnudos nunca han convencido a nadie que deseara creer en planes ocultos.

Barruel en un principio no culpó a los judíos, pero hacia el final de su vida cambió de opinión influido por la carta que recibió de un misterioso personaje, un tal Jean-Baptiste Simonini, que denunciaba supuestas ambiciones desmesuradas de la “secta judaica”.

La misiva de Simonini se convertía en precursora de Los Protocolos de los Sabios de Sion, la tristemente célebre falsificación que luego utilizarían los nazis para justificar el camino que condujo al Holocausto.

Lee también:

Tomado de: La Vanguardia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: