Iturbide, el Murat mexicano


Independencias americanas

Francisco Martínez Hoyos
24/02/2021 07:00

Hace 200 años Agustín de Iturbide proclamaba el Plan de Iguala por la independencia de la Nueva España. El coronado como Agustín I pasaría pronto del trono imperial al paredón

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Retrato de Agustín de Iturbide como emperador de México – (Dominio público)

A lo largo de la América española, el triunfo de los movimientos patriotas a principios del siglo XIX implicó el paso de un régimen monárquico a otro republicano. México fue la única excepción: el general Iturbide se convirtió en emperador bajo el nombre de Agustín I. El suyo iba a ser un reinado fugaz.

Como Napoleón, Agustín de Iturbide (1783-1824) también conoció los laureles del éxito militar antes de instaurar su propia monarquía. Hijo de un emigrante español, nada parecía indicar que pasaría a la historia como el artífice de la independencia del país azteca. De hecho, se dedicó a combatirla con éxito, aunque al precio de una crueldad extraordinaria.

Todo cambió en 1820 con el inicio en la metrópoli del Trienio Liberal. La Constitución de Cádiz volvía a estar vigente, y el nuevo gobierno creía que iba a bastar su aplicación para que cesara la insurgencia en los territorios ultramarinos.

En realidad, esta era una hipótesis demasiado optimista que desconocía la auténtica situación en América. El centralismo de los nuevos gobernantes, que en esto no se diferenciaban de los absolutistas, acabó por empujar al independentismo a mucha gente que hubiera apoyado gustosa una solución autonómica para México.

Iturbide, resentido porque no había obtenido de la metrópoli el reconocimiento que creía merecer por sus victorias, vio la oportunidad de cambiar de bando. En 1821 proclamó el Plan de Iguala, por el que México pasaba disponer de su propio Estado.

La idea era establecer una monarquía constitucional basada en el acuerdo entre liberales y católicos tradicionalistas. De ahí que no se tolerara otra confesión que no fuera el catolicismo romano. Las propiedades quedarían aseguradas y se confirmaría en sus cargos a los funcionarios gubernamentales adheridos al nuevo estado de cosas.

El Plan de Iguala estaba apoyado por el Ejército Trigarante, así llamado porque se proponía garantizar la religión, la independencia y la unión entre españoles americanos.

La separación de España se llevaba a cabo pensando más en términos de continuidad que de ruptura. Sus protagonistas ofrecieron el trono a Fernando VII o a alguno de sus hermanos, pero el monarca rechazó de plano la idea. La metrópoli perdió una oportunidad histórica de adelantarse al ingenioso sistema británico, todavía en vigor, por el que el rey o la reina de Inglaterra lo es también de países como Canadá o Australia.

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Proclamación de Iturbide en la noche del 18 de mayo de 1822 – (Jaontiveros / CC BY-SA 4.0)

Las autoridades hispanas, sin embargo, aún no se daban por vencidas. El virrey, que ya no ostentaba este título, sino el de “jefe político superior” tras el retorno liberal de 1820, fijó sus propias condiciones. Todos los que hubieran acatado el Plan de Iguala serían indultados a cambio de su fidelidad a la Constitución. Pero el Ejército Trigarante se impuso a unas fuerzas españolas diezmadas por las continuas deserciones.

Finalmente, el representante hispano, Juan O’Donojú, tuvo que reconocer lo inevitable y firmó con Iturbide los Tratados de Córdoba. La independencia mexicana era ya un hecho, aunque en Madrid no quisieran aceptarlo y rechazaran el acuerdo rubricado por O’Donojú.

El ascenso de Iturbide no pudo ser más meteórico. En poco tiempo fue coronado emperador como Agustín I, aunque su figura distaba de suscitar unanimidad entre sus conciudadanos. Su veloz encumbramiento provocaba demasiados recelos y envidias: la aristocracia prefería ofrecer el trono a un príncipe europeo, los generales no aceptaban que uno de los suyos se distinguiera del resto y los republicanos, lógicamente, se oponían a la monarquía en sí.

Un periódico de esta última tendencia, El Sol, afirmó que era un error político considerar al emperador un libertador del país. Nada le debía el pueblo.

El propio Iturbide era muy consciente de que se encontraba en una posición débil, en la que cualquier movimiento en falso podía precipitarle al abismo. “Carezco de la fuerza necesaria para sostener el cetro”, le escribió al libertador venezolano Simón Bolívar.

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Coronación de Iturbide el 21 de julio de 1822 – (Jaontiveros / CC BY-SA 4.0)

Cuando todavía no había cumplido un año de reinado, un movimiento opositor le obligó a partir al exilio. Se refugió en Europa, mientras en México se le situaba fuera de la ley por traidor a la patria y enemigo público. Si se atrevía a poner un pie en el territorio nacional sería fusilado de inmediato. Desconocedor de esta disposición, decidió regresar en un vano intento de recuperar la Corona.

Apenas desembarcó fue detenido. Para defenderse, argumentó que se presentaba para hacer un servicio al país, al prevenirlo de una supuesta invasión de España, en colaboración con las potencias absolutistas de la Santa Alianza. Nadie, sin embargo, creyó en sus palabras y se le condujo de inmediato ante un pelotón de fusilamiento.

“Siempre pensé que tendría el fin de Murat”, comentó Simón Bolívar. El paralelismo era evidente a los ojos de todo el mundo. El mariscal francés, cuñado de Napoleón, también había sido un militar de éxito que había ceñido una corona, en su caso la de Nápoles. Tras perderla, intentó recobrarla y acabó ejecutado por los austríacos.

El fiasco de su régimen convirtió a Iturbide en un personaje mal visto en México. En realidad, su aportación resultó decisiva. Como señaló el historiador Timothy Anna, él hizo posible la independencia gracias a su liderazgo y al Plan de Iguala. Se dio así la paradoja de que un militar al servicio de España llegara a ser el hombre que convirtió un antiguo virreinato en una nación independiente.

El propio Bolívar reconoció que Iturbide había servido a la libertad de México. A juicio del venezolano, sus compatriotas le habían tratado de una forma ingrata. Su carrera resultaba admirable porque había alcanzado éxitos para los que no parecía predestinado: “Confieso francamente que no me canso de admirar que un hombre tan común como Iturbide hiciese cosas tan extraordinarias. Bonaparte estaba llamado a hacer prodigios; Iturbide no. Y por eso mismo los hizo mayores que Bonaparte”.

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Tomado de: La Vanguardia

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